El presidente del Gobierno ha tenido la delicadeza -este no era un acto de partido- de no mencionar en su primer discurso del curso político, pronunciado ante una audiencia VIP, a Ciudadanos ni al PP, pero su apelación a la «unidad» no tenía otros destinatarios.

El miércoles recibirá en Moncloa a Pablo Casado y a Inés Arrimadas y, ya en persona, se supone que a ellos mismos les intentará convencer de que «arrimen el hombro». Pero cuando los líderes de los partidos del centro derecha se reúnan con el presidente el ambiente ya estará preparado para que, en caso de fracaso, todo el mundo sepa a quién apuntar con el dedo.

Una ex diputada, miembro de la Ejecutiva del PSOE, presente en el acto celebrado en Casa de América, resume en cuatro palabras el leit motiv de la intervención del presidente: «Es una llamada de auxilio».

Tiene razón. Si separamos el grano de la paja de los 45 minutos que duró la exposición de Sánchez, lo que queda es la necesidad de que la oposición asuma junto con el gobierno la responsabilidad de hacer frente a una crisis de proporciones hasta ahora desconocidas.

«Cuando ves que el cielo se te va a caer encima, no tienes más remedio que pedir ayuda a todo el mundo», argumenta uno de los fontaneros de lujo que seguramente habrá aportado su granito de arena para que la llamada a rebato del presidente no caiga en saco roto.

Por supuesto que Sánchez no hizo referencias concretas a la orientación de los presupuestos -su preocupación principal ahora- pero sí dejó caer que el programa del gobierno de coalición firmado hace nueve meses con Podemos «ya no se puede llevar adelante». Cuando dijo esto, el vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, sentado en la tercera fila junto a su enemiga íntima, Carmen Calvo, ni se inmutó.

La apelación a la «unidad» sólo tiene dos destinatarios: PP y Cs. «Cuando ves que el cielo se te viene encima, tienes que pedir ayuda a todo el mundo», dice un asesor del presidente

Para esta llamada a la «unidad», palabra que repitió más de veinte veces, Sánchez eligió un público muy especial. Claro que había gente del mundo de la cultura, presidentes y presidentas de empresas públicas, líderes sindicales y patronales, periodistas y una pléyade de asesores; pero, sobre todo, estaba el Ibex, la crema del empresariado español: Botín, Florentino, Álvarez-Pallete, Sánchez Galán, Fainé, Entrecanales… Todos ellos en primera y segunda fila, para que no cupiera ninguna duda sobre quiénes eran los invitados de honor.

Disciplinados, educados, siempre atentos a las indicaciones de quien ocupa el poder, sus opiniones habría que agruparlas en el hemisferio del escepticismo: «Un discurso necesario, pero ya veremos…».

Pasados los primeros meses de asentamiento de la coalición, ahora empieza de verdad la política. Sánchez dejó claro que este gobierno durará 40 meses más, como si las discrepancias ya estuvieran pactadas con Iglesias. Y apuntó al futuro con ese giro a la moderación que puede convertirse en el anzuelo para lograr una nueva mayoría en el Congreso, ya sin independentistas ni proetarras, sino con gente de orden.

«No nos engañamos», dice una persona próxima al presidente. «Sabemos que el PP no va a apoyar el presupuesto. Confiamos en que lo hagan Ciudadanos y el PNV, con eso será suficiente porque se sumarán otros partidos pequeños. Creemos que con Casado podríamos llegar a un acuerdo en la renovación del CGPJ o del TC, aunque no ahora mismo. Eso va a llevar más tiempo».

El balón está, pues, en el tejado del centro derecha. La decisión no es fácil: lanzarle un salvavidas a Sánchez, u optar por dejar que los partidos de la coalición se coman el marrón que se nos viene encima. Más que nunca, ahora lo importante no es la táctica, sino la estrategia.