La historia de Pablito es la de un simple con alguna clase (o varias) de trauma infantil. Las fotos que ha ido publicando en sus redes sociales junto a sus historias sobre protección de menores, soledades infantiles… parecen indicar la añoranza por un padre ausente. Quizás su padre, Ignacio Rivadulla Gracia, tuvo que estar muy ausente pendiente de la sentencia de la Unió Esportiva Lleida que llevó a la desaparición del equipo de fútbol. Finalmente fue absuelto junto con Tatxo Benet, socio de Roures. O posteriormente para hacer frente a la condena que le obligaba a pagar solidariamente 672.148 euros a la empresa Vitta Market. Estas cosas marcan mucho. Hay quien forja el carácter y hay quien se convierte en un débil mental y acaba creyéndose que la sociedad le debe un padre en condiciones y no un señor que allá por donde pasa no vuelve a crecer la hierba.

Ya de pequeñito le tiraba lo árabe, pues de esa literatura adoptó el alias de Hasél. En ese cuento aparecía un guerrillero que ejecutaba a una monarquía y parte de su nombre era Hasel. Nuestro niñato ya apuntaba maneras. El niño fue creciendo y acabó creyéndose que pertenecía a la clase obrera. Su abuelo, militar franquista, ya demostró afición al matarile con o sin justificante por el trabajo. Pero a él le dio por los comunistas. ¿De casta le viene al galgo?
Su padre tuvo mayor o menor fortuna, pero jamás dejó de manejar bastante dinero y en casa no le faltó de nada. Más o menos incluso le sobró. En la adolescencia, etapa complicada que unos superamos mejor que otros, le dio por las lecturas comunistas y revolucionarias ya trasnochadas para su época. Al parecer, Lenin y sobre todo el ya aburrido Che Guevara le iluminaron el poco seso que tenía y decidió que su misión en la vida era perpetrar y ejecutar eso que él considera poesía y música.

Como hijo de papá que siempre ha sido, transgredió la ley sin pensar que la ley reaccionara

Siguiendo con su complejo de padre ausente, convirtió sus letras en una forma de llamar la atención al mundo en defensa de aquellos que lo necesitan. En su delirio adolescente debió pensar que para ejemplarizar su postura todo era válido. Incluso conculcar la ley. Como hijo de papá que siempre ha sido, transgredió la ley sin pensar que la ley reaccionara. Y cuando ésta lo ha hecho, nuestro simple se muestra airado y violento creyendo que es un protomártir de la causa. Sigue siendo un muñeco del guiñol al que juegan Sánchez y Redondo. Éstos dejan que el otro Pablo, Iglesias, convierta a Hasél en un icono más con el que lanzar a los radicales a la calle. De esa manera, Iglesias (y, al rebufo, los indepes) en nombre de la libertad de expresión siembran más caos en la calle y van obteniendo ligeras concesiones.

El pueblo ve a Hasél no como el delincuente que es, sino como un mártir. Iglesias tensa la relación para obtener legislación excepcional y obtener más cuota de poder: reforma de la justicia para nombrar a dedo a los jueces, acallar la prensa, recortar derechos como el de la propiedad privada, policía maniatado… Eso ha funcionado bien en Venezuela, pero por las grandes diferencias de clase. Ahí el pobre era (y sigue siendo) muy pobre, pobre de hambre. Y encima más incultos todavía.

El error de Iglesias es que aquí no hay pobreza como allá; que no hay tanta diferencia de clases; que no hay tanto inculto. Así que solo le queda volver a la marginalidad de donde salió. Sin embargo, su cambio personal (villa Tinaja, salario, policía, prohibición de escraches, nepotismo, caciquismo…) le corta la hierba bajo los pies. Sánchez -o Iván Redondo- le dan carrete sabedores de que el propio Iglesias necesita radicalizarse para recuperar votos y que esa misma radicalización, siendo ya parte de la «casta», será el fin de Podemos. De hecho, está perdiendo muchos votos en cada elección.

No va a prisión por ausencia de libertad de expresión. Va por reincidente, violento y, sobre todo, por simple

Hasél no es más que la marioneta de un muñeco (Iglesias) manejado a su vez por Sánchez y Redondo. Eso sí, quien colecciona condenas es Hasél. Concretamente las siguientes: condena de dos años de cárcel por enaltecimiento del terrorismo en sus canciones. Condena de nueve meses de cárcel por enaltecimiento en una canción y varios tuits, además de una multa de 10.800 euros por injurias a la corona y otra de 6.750 euros por injurias contra las instituciones del Estado que suman días de cárcel por cada cuota que deja de pagar. Otras dos condenas no firmes: condena de un año y nueve meses de cárcel por obstrucción a la Justicia, nueve meses más por amenazas. Condena de seis meses de prisión por agredir a un periodista de TV3 durante una rueda de prensa en 2016 en la Universitat de Lleida. Le empujó, le insultó y le roció con un líquido de limpieza, lo que le costó un delito de lesiones y otro de coacciones junto con más condenados.

Ésa es la realidad de Hasél: es la marioneta a la que manipulan y que recibe las condenas. No va a prisión por ausencia de libertad de expresión. Va por reincidente, violento y, sobre todo, por simple.


Ricardo Gómez de Olarte es abogado.