Como se decía hace años en los colegios a propósito de los alumnos que obtenían buenas notas pero a juicio de sus profesores podían dar más de sí, Pablo Casado «progresa adecuadamente, pero tiene que esforzarse más».

Efectivamente, el nuevo equipo de dirección que se hizo cargo el partido hace tres años ha conseguido anudar de nuevo los lazos que se estaban soltando de manera evidente en los últimos tiempos del liderazgo de Mariano Rajoy. Y eso era así hasta el punto de que el propio Rajoy se resistió siempre a renunciar a ejercer la presidencia del PP porque tenía la seguridad de que su marcha habría supuesto la desintegración de esa formación política en pequeños reinos de taifas que habrían acabado con su fortaleza como alternativa de gobierno.

Ahí la tarea de Pablo Casado y de Teodoro García Egea se ha saldado con un éxito indudable. Ahora mismo el Partido Popular es una organización unida, no sin discrepancias y tensiones, pero básicamente unida en torno a su líder y a un proyecto común que todavía necesita perfilarse más.

La renovación del partido es un hecho y las nuevas generaciones van ocupando puestos de responsabilidad en las organizaciones territoriales del PP, una tarea que ha acometido el secretario general con determinación y eficacia indiscutibles.

Les queda por perfilar el proyecto que deberán presentar a los españoles para que su pretensión de vencer al Partido Socialista en las próximas elecciones generales concite el apoyo de la mayoría de los electores porque hayan considerado creíbles las promesas que se les hagan de aquí en adelante.

Casado tiene todavía que ofrecer al electorado un proyecto propio y diferenciado de Vox»

Y eso es lo que está aún por perfilar porque, aunque Pablo Casado dejó muy claro en octubre del año pasado su firme propósito de no caminar por el mismo sendero de Vox, no consigue librarse de la preocupación por atraer el votante de los de Santiago Abascal, lo cual le sitúa a veces demasiado próximo a los planteamientos del partido verde.

No es que tenga nada de censurable esa recurrente inclinación que se le detecta a Casado en ocasiones, pero tiene todavía que ofrecer al electorado un proyecto propio y diferenciado de Vox. Le será muy útil en ese sentido el poso liberal que le va a proporcionar la absorción de Ciudadanos, que ya es un hecho, por más que Inés Arrimadas y Edmundo Bal sigan haciendo esfuerzos ímprobos por no resultar engullidos por el PP.

La Convención celebrada este fin de semana pasado por Ciudadanos vino a constatar que el recorrido del partido naranja está llegando a su fin, y no porque sus planteamientos no sean enormemente válidos, que lo son y mucho, sino porque el electorado piensa mayoritariamente que no es ese partido el llamado para llevarlos a cabo sino otro mayor, más fuerte, mejor implantado territorialmente y con más posibilidades de llegar al poder. Y ese partido es el Partido Popular.

La batalla por el electorado de centro, el que le dio a Albert Rivera 57 diputados en abril de 2019 la puede ganar Pablo Casado con facilidad, si no es que la ha ganado ya casi en su totalidad. Más difícil le va a ser avanzar entre las filas del votante de Santiago Abascal para lograr llevárselos de nuevo a la casa madre. Y en ese esfuerzo es donde tiene su riesgo mayor el presidente del PP.

En cualquier caso, el pacto con Vox estaría asegurado tras las elecciones generales si los populares alcanzan el porcentaje de votos que les auguran hoy los sondeos. Pacto que requeriría que el partido verde no planteara exigencias imposibles de asumir para su potencial socio de gobierno. Pero esto son ya especulaciones a dos años vista y eso es siempre, y más ahora, algo muy arriesgado.

Tiene el PP un lastre formidable en forma de procesos judiciales abiertos por una corrupción que arrasó el prestigio de ese partido, lo cual explica la catástrofe padecida en las elecciones de abril de 2019.

Tiene el PP un lastre formidable en forma de procesos judiciales abiertos por una corrupción que arrasó el prestigio de ese partido»

Aquellos escuálidos 66 diputados que subrayaban la pérdida dramática de otros 71 escaños respecto de la anterior legislatura y la fuga de más de tres millones y medio de votantes pueden hacer pensar, puesto que en noviembre de ese mismo año el PP recuperó 23 escaños hasta los 89 que tiene ahora, que este partido ha pagado ya el precio de la corrupción.

Pero eso no está claro y no lo estará hasta que se celebren nuevas elecciones generales. Mientras tanto, ya puede Pablo Casado y la cúpula dirigente de su partido negarse a hablar de los procesos abiertos y del desfile constante de antiguos responsables del PP ante los tribunales en calidad de investigados, que la estrategia del silencio elegida no va a ser capaz de borrar los oscuros episodios del pasado. Y ahí están los partidos de la izquierda para recordárselo e intentar que la nueva dirección page también la factura de los desmanes cometidos.

Si el presidente del Partido Popular es capaz de conseguir que el electorado asuma que los delitos y las irregularidades cometidos por sus antecesores no deben lastrar su proyecto de gobierno para el futuro de España, habrá puesto una pica en Flandes. Es decir, habrá alcanzado un éxito muy considerable y desde luego liberador para su partido.

Por eso la Convención nacional que el PP va a celebrar en Valencia en el mes de octubre no es una convención cualquiera. Será la prueba de que ese partido ha conseguido, o no, renacer de entre sus escombros y se ha vuelto a poner de pie. Entonces se verá de verdad si tiene las hechuras de un ganador de elecciones y la fuerza y la solidez para recibir la confianza mayoritaria de los españoles. Así que habrá que esperar para comprobarlo.