Tras cuatro meses de descanso y reflexión, Pablo Iglesias ha vuelto. Lo ha hecho a lo grande, como tertuliano de emisoras como la Cadena Ser o RAC1, o colaborador en periódicos como CTXT, Ara o Gara. Todavía no sabemos cómo se concretará su estreno televisivo de la mano de Jaume Roures. Pero, no lo duden, el ex líder de Podemos también tendrá su hueco en las pantallas.

Iglesias siempre ha sido un agitador, un propagandista, que forjó su carrera política precisamente como tertuliano en un canal semi clandestino financiado por Irán y en una televisión a la que él mismo llamaba «casposa» dirigida a un público de derechas.

Durante su etapa en el Gobierno, nada menos que como vicepresidente, su labor como gestor es una página en blanco. De hecho, lo que se recuerda de su paso por el ejecutivo, son sus continuas disputas con el presidente y los ministros que pretendían frenar sus dislocadas propuestas. Un miembro del Gobierno, obviamente no de la facción de Podemos, describe su marcha como «un descanso para todos».

Así que el fundador de Podemos está haciendo lo que más le gusta: opinar sin asumir responsabilidad alguna.

Él, que tanto ha criticado que los medios de comunicación estén en manos de los poderosos, llegando incluso a proponer una regulación especial sobre su propiedad, ha acabo trabajando para un grupo comandado por el conde de Godó y otro capitaneado por el empresario Oughourlian y por Telefónica. El capitalismo tiene una capacidad de adaptación que no previeron Marx y Engels y ni siquiera su admirado Lenin, a quien le gustaría parecerse.

El fundador de Podemos no se va a conformar con ser un tertuliano más. Pretende liderar el magma político a la izquierda del PSOE, que va a seguir siendo necesario para evitar un gobierno de derechas

Las opiniones del ex líder de Podemos ya las conocemos. En eso no ha habido novedad tras estos cuatro meses de retiro espiritual. Pero, como buen polemista, dará juego en las tertulias. Y sus artículos, al menos en una primera etapa, serán motivo de comentario de políticos y periodistas. De hecho, sus primeras apariciones han tenido más repercusión que todo lo que ha hecho su partido en la reentré del curso político.

La cuestión es si ese elevado perfil mediático beneficia o perjudica a la formación de la que todavía él es militante. Dicen en Podemos que esa sobre exposición les viene bien. Al fin y al cabo, el ideario de la organización es obra de Iglesias. Pero, claro, ellos qué van a decir.

Por mucho que se esfuerce Ione Belarra nunca igualará la categoría y el atractivo de su antiguo jefe. Y, por lo que respecta a Yolanda Díaz, ungida por él como cabeza de lista de la organización el mismo día de su despedida, tras la humillante derrota en Madrid, todavía no sabemos si ha aceptado o no el reto. Lo único que sabemos, al margen de su labor como ministra de Trabajo, es que sigue siendo activa militante del Partido Comunista y que ha prologado orgullosa la reedición del Manifiesto Comunista en el que se deshace en halagos a los visionarios que pusieron en marcha una ideología llamada a destronar al capitalismo.

Los que vieron en la renuncia a sus cargos, anunciada en tono de réquiem en la noche electoral del 4 de mayo, un abandono de la política se equivocaron. Quienes crean que su nueva tarea de tertuliano y columnista es el epitafio a su carrera como político profesional se confunden de medio a medio.

Si hay algo que tiene Iglesias es olfato político. En su artículo en CTXT advierte del peligro de que la derecha y la extrema derecha (PP y Vox) lleguen al poder en unas próximas elecciones. Algo que pondría a España al borde del fascismo, advierte. Para evitarlo, no hay otra alternativa que no sea la coalición del PSOE con Podemos y demás fuerzas progresistas. Es decir, la repetición, más o menos, de lo que ahora sucede.

Cuando Iglesias dimitió dijo que lo hacía porque «ya no sumaba». Es decir, porque se dio cuenta de que Podemos, echando toda la carne en el asador, había tocado techo. Por eso, el liderazgo de Podemos ha dejado de ser relevante para él. Lo que sí es importante es el liderazgo de esa amalgama a la izquierda del PSOE que sigue concitando el apoyo de entre el 10% y el 15% de los votantes.

Es ese bloque el quiere liderar Iglesias, trascendiendo a Podemos, cuya marca ha dejado de tener el brillo que tuvo en su día y que ahora es más bien una rémora para sus candidatos.

Iglesias inaugura una nueva etapa en la política española. No va a ser el Arzalluz de Podemos, porque él no pretende dirigir, como hacía el líder nacionalista, el gobierno vasco desde la sede del PNV. No, Iglesias no quiere controlar Podemos desde fuera. O, al menos, no sólo pretende eso. Su ambición va más allá. Lo que quiere es convertirse en referente de ese magma político, compuesto por diferentes siglas y movimientos en distintos territorios, que conforman la izquierda que no vota al PSOE y que tampoco vota a Izquierda Unida por ser la envoltura del Partido Comunista. Además, Iglesias tiene mano con los independentistas republicanos catalanes y con la izquierda abertzale, de ahí que haya aceptado trabajar para diarios como Ara y Gara.

No es un político en retirada o en espera de destino, como sí lo son Carmen Calvo o José Luis Ábalos, sino un líder que tiene clara cuál es su tarea como agitador en su etapa post Podemos. Iglesias no ha aceptado asumir un elevado perfil mediático sólo por ganar dinero en las tertulias o con sus artículos, sino que lo ha hecho porque quiere ser el referente de una izquierda que trasciende a Podemos. Su populismo de izquierdas, su visión alternativa de una España plurinacional y su odio visceral a la derecha tienen un mercado y él es el mejor icono para amalgamar ese batiburrillo al que repugna el sentido de Estado del PSOE.