Pablo Casado cerró el Congreso del PP de Andalucía, un paseo militar para Juanma Moreno Bonilla, con un toque de atención a los que quieren convertir la política en un «talent show de megalomanías», se supone que en referencia velada a Isabel Díaz Ayuso.

El líder del PP sentenció: «Somos un gran equipo, una gran orquesta, aquí no caben los solistas». Para concluir que «el personalismo no cabe en el PP».

Casado fue muy aplaudido. Nadie se acordó, en ese momento de éxtasis, de que el vicepresidente de la Junta de Andalucía, Juan Marín, que estuvo presente también en el Congreso, había acusado tres días antes a Fran Hervías, mano derecha de Teodoro García Egea, de estar detrás de la filtración de una conversación suya para, según su versión, forzar un adelanto electoral que pretende Génova y que no quieren ni él ni Juanma Moreno. Pero dejemos eso ahora.

El foco sigue estando situado sobre Madrid. Casado, en lugar de buscar una solución al conflicto con la presidenta de la Comunidad, se empeña en reafirmar su autoridad, como si ella la estuviera cuestionando. El conflicto, por tanto, continúa, y corre el peligro de enquistarse, lo que no es bueno ni para el presidente del PP ni para Díaz Ayuso.

En política, Casado bien lo sabe, los personalismos existen. Y no hay que remontarse a otras épocas. Basta con echar la vista atrás, un poco atrás, para comprobar que esto es así. Cuando se convocaron las elecciones en Galicia, la dirección nacional del PP pretendía que Núñez Feijóo presentara una lista de consenso con Ciudadanos. Eran los tiempos en los que entre Casado y Arrimadas había buen rollo. El presidente de la Xunta se negó a aceptar un acuerdo impuesto desde Madrid porque sabía que el PP en solitario podría lograr la mayoría absoluta.

Hubo que dejarlo por imposible. La jornada del 12 de julio de 2020 le dio la razón al presidente gallego. El PP logró 42 escaños, con un 47,96% de los votos, doblando al segundo partido, el BNG.

En las elecciones generales, que se celebraron tan sólo nueve meses antes (el 10-N de 2019), el PP obtuvo en Galicia el 32,28% de los votos: quince puntos menos de los que consiguió Núñez Feijóo en las elecciones autonómicas.

¿Eso qué quiere decir? Que a veces las personas están por encima de las marcas. Eso hay que admitirlo. No escandalizarse, ni pensar que hay una operación política detrás, sino analizar la realidad y tratar de sacarle provecho.

En política hay ocasiones en que las personas están por encima de la marcas. Eso le pasa a Núñez Feijóo y también a Díaz Ayuso. ¿A eso llama Casado «personalismo»?

Núñez Feijóo sigue gobernando en Galicia y nadie le discute que sea él el presidente del partido. ¿Puede llamarse a eso «personalismo»?

Algo parecido sucede con Díaz Ayuso. No sólo sacó un excelente resultado en las elecciones del 4 de mayo en la Comunidad de Madrid, sino que, según el último sondeo publicado la semana pasada por El Confidencial, si ahora hubiera elecciones lograría incluso mejorar sus resultados, con un 47,3% de los votos y 67 escaños, uno solo por debajo de la mayoría absoluta. El mismo sondeo hace una proyección sobre la hipótesis de elecciones generales y resulta que el PP en Madrid obtendría un 32,8% de los votos: quince puntos menos de los que conseguiría Ayuso.

Núñez Feijóo me lo explicó muy bien en una ocasión: «Para sacar mayoría absoluta yo tengo que convencer a gente que en las generales no vota PP. Esos votos prestados son los que me permiten gobernar sin necesidad de alianzas».

A Ayuso, como a Núñez-Feijóo, la ha votado mucha gente que no vota al PP y esa es la virtud de los «personalismos».

Seguramente, si hubiera elecciones ahora en Andalucía, Moreno Bonilla lograría un resultado mejor que el del PP en las generales. Tal vez no con la diferencia que consiguen el presidente de Galicia y la presidenta de la Comunidad de Madrid, pero seguro que suficientemente holgada. Es el premio a una buena gestión.

Un partido grande, como lo es el PP, que aspira a gobernar España lo que debe hacer es atraer la mayor cantidad de talento posible. Y el talento implica personalismo. La gente brillante es siempre más complicada que los que ofrecen sólo fidelidad y sumisión.

Otra cosa es que desde la dirección del partido se percibiera una operación de desestabilización, un golpe de mano. Entonces, es lógico que el aparato se defienda. Pero, hasta ahora, lo único que ha hecho Díaz Ayuso ha sido reclamar su derecho a presentarse a las elecciones a la dirección del PP en Madrid, algo de pura lógica.

La presidenta de la Comunidad de Madrid no tiene la intención -no para de repetirlo- de arrebatarle a Casado el liderazgo del PP. Sabe, además, que no contaría con apoyos suficiente en el partido para aspirar a ello.

Casado, en fin, se equivoca en empeñarse en situar a la que fuera su apuesta personal en Madrid como si fuera su enemiga, en una guerra que, desde luego, ni los militantes, ni los votantes del PP entienden. La solución depende de él.