Si el peor enemigo que tiene el PP para rozar la mayoría absoluta mañana en Andalucía es que la gente se quede en la playa, esa es la mejor prueba de que la izquierda ha fracasado a la hora de construir una alternativa seria al gobierno moderado de Juanma Moreno.

El lema de PSOE para estas elecciones, «Si votamos, ganamos», no puede ser más inapropiado. Si los andaluces votan el domingo en masa, el que ganará por goleada será el PP.

La campaña, como casi todas, ha sido tediosa, pero sí que ha servido para despejar varias incógnitas. En primer lugar, confirmar el cartel de favorito para el actual presidente de la Junta, del que sus enemigos decían que «su mejor virtud es que no ha hecho nada»; en segundo lugar, también ha servido para subir la autoestima de Juan Marín, que, a pesar de las malas perspectivas de Ciudadanos, ha sido el mejor en los debates y ha conseguido algo que parecía imposible, tener perfil propio; y, en tercer lugar, y esto es lo más importante, ha sido muy útil para comprobar que Vox tiene un techo, que está en relación inversamente proporcional a la fortaleza del PP. Esto, por lo que respecta al bloque de la derecha.

En cuanto a la izquierda, el PSOE ha cometido justo el mismo error que le llevó al desastre en Madrid. Juan Espadas, como Ángel Gabilondo, es un hombre tranquilo, católico practicante y socialdemócrata a la vieja usanza. Poco conocido fuera de Sevilla, fue elegido por Pedro Sánchez para borrar de la memoria de los andaluces a su antagonista Susana Díaz. El problema es que en lugar de incidir en su perfil de hombre dialogante y sensato, su partido se ha empeñado en disfrazarle de lobo. Sánchez se ha volcado casi hasta el final, sabe lo que se juega en este envite, aunque luego reculó para que el tsunami del PP le afecte lo menos posible. Ha habido ministros a troche y moche en los mítines; se ha echado mano de todo con tal de evitar lo que parece inevitable. Y en los últimos días, la infatigable Adriana Lastra y el inoportuno Rodríguez Zapatero han acabado de darle la puntilla a su compañero Espadas. Lastra, esgrimiendo la amenaza de las movilizaciones en la calle si gana la derecha. El expresidente, reivindicando el legado de Chaves y Griñán, la «honestidad» de dos ex líderes del PSOE condenados respectivamente a nueve años de inhabilitación y seis años de prisión por corrupción. ¿Qué ocurrirá si el Tribunal Supremo confirma en breve las condenas?

El PSOE ha reivindicado el pasado negro del fraude en los ERE y ha dejado libre el espacio de centro para el PP

Con esos aliados, no hacen falta enemigos. Porque si Espadas podía representar un cambio respecto al pasado de un Partido Socialista lastrado por el fraude masivo en los ERE, Zapatero se ha encargado de frustrar esa esperanza: el candidato no es sino el continuador de una etapa negra de la que el ex presidente del Gobierno dice sentirse «orgulloso». Había que recordarle a Zapatero las barbaridades que decía de sus también compañeros Vera y Barrionuevo cuando se hizo con los mandos del PSOE. ¡Qué fallo tan grande para un hombre tan preocupado por la memoria!

Respecto a la extrema izquierda, qué decir. Las encuestas dan a los dos partidos que presentan ese espacio poco más de la mitad de los votos que logró Teresa Rodríguez en 2018. Sin embargo, en medio de la debacle va a ser interesante el resultado que obtenga el partido Por Andalucía, que es el que apoya Yolanda Díaz. A ver cómo digiere el fiasco. Rodríguez, a la que algunos daban por muerta, ha resistido bien la campaña, ha sido mejor que Inmaculada Nieto en los debates televisivos y ha jugado con astucia la baza de su andalucismo sin dependencias.

En fin, lo que los andaluces no quieren es volver al pasado. La mayoría social, incluidos muchos votantes socialistas, han comprobado que un gobierno de centro derecha no ha supuesto, como le auguraban sus líderes, un retroceso en sus derechos y libertades, y también para ver como las exigencias de Vox se arrinconaban hasta hacerse irrelevantes.

La gente ha visto como la economía ha funcionado algo mejor que antes y como se iba recuperando empleo a un ritmo más alto que la media de España. No ha habido milagros, pero tampoco despilfarro… ni corrupción.

La apelación ideológica («orgullo rojo del PSOE», llegó a gritar Sánchez en un mitin sin que le entrara la risa) tiene un recorrido limitado. En lugar de intentar conquistar el centro, el PSOE le ha dejado expedito ese granero al PP, que no sólo va a recibir el voto útil de los simpatizantes de Ciudadanos, sino que va a lograr atraer para sí a un porcentaje importante de personas que en las últimas elecciones generales votaron a Vox.

«Detectamos una oleada», dicen en el PP. Tienen en Génova algo de vértigo, pero confían en acercarse a los 55 escaños. Puede suceder, pero es mejor ser prudentes. No me imagino vacías las playas andaluzas a media tarde del caluroso 19-J.