El decreto ley es gótico, principesco y hasta alimenticio, viene con algo de códice, con algo de sello papal y con algo de menú de parador, ostentando autoridad, jerarquía, sacralidad, tradición y una cursiva providencia de alivios, matahambres y quitapenas. Una ley es como una lenta obra municipal, llena de peritos, braceros, papeleo, saneamientos y cemento, mucho cemento legislativo y mucho cemento político. Pero un decreto ley amanece sin más un día, como un poema compuesto por Sánchez en vela, presa de la inspiración, el arrebato o la tragedia. Un decreto ley llega como una ley de Moisés o como una paloma mensajera, escrito en piedra o en el aire, pero ya con el vozarrón divino de las alturas, que la cosa es que al poeta, al profeta o a la paloma se les vea bajar de las alturas. Y, desde luego, no hay nadie que baje de las alturas como Sánchez, algo así como Mary Poppins.

Todos los presidentes han usado decretos leyes, pero ninguno tan ardiente y vaporosamente como Sánchez. Incluso cuando se los tumba el TC quedan ya ahí, en la eternidad, como cuartetos de Beethoven, cartas a los corintios o globos de los Montgolfier. Yo creo que sus decretos son más arte que leyes, o sea que Sánchez es un príncipe artista, el mejor desde, por lo menos, Nerón. La gente lo puede llamar improvisación, pero es sólo inspiración y genio. Sánchez tiene unas urgencias más estéticas que legislativas, como eso de quitarse la corbata como si fuera Cocodrilo Dundee en una fiesta de los señores de los puros, unas urgencias que son equiparables a la urgencia amorosa, que enseguida requiere el poema, el despelote o el suicidio de una manera inmediata, inaplazable y sublime.

Eso no se puede hacer con una ley, que necesita esa especie de hormigonera que son las Cortes, ese runrún de agua, ceniza y centrifugados que no sólo es que dure semanas o meses, sino que el principesco Sánchez piensa que sólo sirve para manchar de pringue obrera y salchichón democrático el papel perfumado gubernamental.

Eso no se puede hacer con una ley, que necesita esa especie de hormigonera que son las Cortes»

Todos han hecho decretos leyes, pero en Sánchez el decreto ley, opúsculo de madrugada, iluminación en camisón, temblor de la mano entre las sábanas, no sale de una urgencia del país, sino de una urgencia suya, del artista. Por ejemplo, la necesidad de colocar a Pablo Iglesias en la comisión de control del CNI le llevó a colarlo en un decreto ley de insomne igual que en un soneto de insomne. O sus viernes sociales, que eran como el milagro de los jueves de Berlanga llevado al viernes, una manera de promocionar el balneario prodigioso de la Moncloa.

Siempre es la urgencia de Sánchez la que gana, como la del artista o la del niño. Verbigracia, la urgencia del país durante la pandemia hubiera justificado un estado de excepción, pero la urgencia de Sánchez lo dejó en estado de alarma, cosa que le permitía mantenerse más alejado aún de esa hormigonera del Parlamento, por cosas de la timidez de los artistas. El estado de alarma y el soneto secreto de Iglesias fueron declarados ilegales, pero yo creo que todo esto le hace sentir a Sánchez incluso más poeta, como si fuera un rapero perseguido.

La democracia es lenta, pesada y ferroviaria, que el Congreso hasta tiene algo de Orient Express, pero Sánchez es una pluma al aire y un suspiro nerudiano a las estrellas. Con esto de las medidas de ahorro de energía, por ejemplo, el personal sigue comportándose como si Sánchez fuera un ingeniero de frío y calor, en vez de ser el poeta que ha hecho la oda definitiva a la primavera, a los muslos en bicicleta y al sudor sobre el labio como aquel sol en el membrillo.

Andan ahora diciendo que el Gobierno no ha rectificado nada, que todo estaba en el decreto / poema que la oposición no se ha leído, pero el primero que no se lo había leído era el Gobierno, que no sabía / sabe explicarlo y aún va a montar campamentos con las autonomías para intentar hacerlo. Claro que el Gobierno no sabía explicarlo, porque es como explicar a T.S. Elliot. El decreto / poema sólo había que disfrutarlo, en su belleza y en su decadencia, como a Sánchez sin corbata.

El decreto ley dice la Constitución que debe limitarse para casos de “extraordinaria y urgente necesidad”, pero seguramente todo lo de Sánchez es de “extraordinaria y urgente necesidad”, más cuando al poeta de las noches insomnes no le sale nada bien, ni poner un termostato, que a ver quién ha visto a un poeta programar termostatos, como someterse a los burócratas. Cuando Sánchez tiene urgencia o inspiración, las escribe en papel personalizado o pautado, allí sentado al piano blanco que uno imagina junto a su colchón, dándole inspiración de claro de luna o de cabaré. Toda esa inspiración y esa pasión no están hechas para acabar en un feo y vociferante Parlamento, sino para acabar en unas schubertiadas presidenciales o algo así. No, al final no creo que sea por ostentación ni autoritarismo, lo que pasa es que la democracia es complicada y lenta y Sánchez tiene prisa, la prisa de todos los poetas y todos los niños.

Casos de extraordinaria y urgente necesidad, dicen. Como si llenar el alma, incluso antes que su colchón, no fuera la más perentoria de esas necesidades. Sánchez hace los decretos como autógrafos, como haikus o como testamentos, entre la vanidad, la sensibilidad y el mal presagio. Sánchez podría escribir los decretos más tristes esta noche, en realidad. Ya lleva más de 120 decretos de amor, sextuplicando a Neruda. Más su eterna canción desesperada.