Ayer Pablo Iglesias estaba feliz. Llevaba ya recaudados casi 200.000 euros para su nuevo canal de televisión (Canal Red) y, además, logró, por fin, una plaza de profesor asociado en la Complutense tras dos intentos fallidos.

Iglesias es -para lo que quiere- transparente. En su cuenta de Twiter celebró la plaza de profesor en la Facultad de Políticas y Sociología: «Me han apuntado como el mejor candidato en honor a los méritos curriculares. Mi mayor ilusión siempre ha sido ser profesor».

Empecemos por el final de su confesión. En realidad, la mayor ilusión de Iglesias es ser presidente del Gobierno; o, en su defecto, vicepresidente. Por eso dejó hace años la Complutense para dedicarse a la política. No sé cómo algo tan obvio le ha pasado desapercibido al fundador de Podemos, que pasa por ser un monstruo de la comunicación. En fin, le pasaremos esa mentirijilla.

El recuperado profesor saca pecho al afirmar que el tribunal ha apreciado en él unos «méritos curriculares» mejores que los del resto de candidatos (un total de seis). Pero no dice nada de quiénes forman parte de ese tribunal. De los cinco miembros, uno es un dirigente de IU (Gonzalo Caro); otra fue profesora de un master de Podemos (María Bustelo), y un tercero (José Manuel Ruano), que es el presidente del tribunal, es el director de un master que dirige Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno.

Si se tratara de un tribunal jurídico, sus competidores tendrían razones más que sobradas para recusar a tres de sus miembros. Pero eso no va a pasar.

El fundador de Podemos quiere ocupar espacio para marcarle el terreno a Yolanda Díaz. La vuelta a la Facultad es sólo un episodio de su agitada campaña de imagen

Tampoco creo que Iglesias le dedique mucho tiempo a su labor docente. Además de sus tertulias en radio y televisión y de su podcast La Base, ahora está dedicando toda su energía a lanzar su nueva cadena de televisión para contarle a la gente lo que otros quieren ocultarle.

¿Qué busca en realidad el ex vicepresidente del Gobierno? Muy sencillo: volver a la arena política para que Podemos siga siendo la muleta necesaria de Pedro Sánchez.

No nos engañemos. Iglesias nunca dejó la política. Cuando ungió con su dedo a Yolanda Díaz, sin que la mayoría de los dirigentes de Podemos lo supiera, e incluso sin que ella le hubiera dado su nihil obstat, estaba proyectando su figura en otra a la que creía que podía manejar desde la sombra. La operación le salió mal. Yolanda quiere volar sola y pretende montar un proyecto (Sumar) en el que Podemos sólo será una herramienta más, porque los partidos, en su opinión, tienen que estar en un segundo plano. Y el colmo de los colmos ha sido que la vicepresidenta («a la que puse yo», repite una y otra vez), no haya salido en defensa de Irene Montero por el desastre de la «ley del sí es sí».

Como advirtió en su proclama en la Universidad de otoño, «no hay discurso más reaccionario que el que dice que el problema son los partidos». Iglesias tiene un partido, Yolanda no.

Sabe Iglesias que Podemos sigue teniendo votos en las encuestas. Quizás no para alcanzar 33 escaños (ahora en coalición con IU), pero sí para llegar a 15 o 20 escaños. ¿Podrá prescindir Sánchez de ese apoyo si logra sumar más que la derecha?

Si Yolanda Díaz no cede y acepta a Podemos como «nave nodriza», Iglesias irá a por ella y Podemos se presentará a las elecciones generales en solitario.

La carrera del líder morado tiene esa meta. Y todo lo que haga a partir de ahora será con la vista puesta en volver al Gobierno.

Las clases en la Complutense sólo serán la excusa para aparecer de nuevo en las aulas como si fuera un profesor normal. Es decir, un pequeño sketch en su campaña de imagen.