Opinión

EL GOLPE

La hija del emérito, cuestión de Estado

El emérito ya subido en el Bribón

El emérito ya subido en el Bribón EUROPA PRESS

Salen hijos del emérito como pisos de Sánchez, de entre palacios o cabañas donjuanescos, de los cajones, el aire o los parterres. Don Juan Carlos, pródigo y pichabrava, tiene leyenda de hijos como otra leyenda de cazador, que ambas son leyendas regias, de muchos bastardos y muchos jabalíes. Los Borbones han cazado más mozas que osos, aunque mozos también, que Isabel II tampoco era manca borboneando en sus camas rollizas y altas como capachos, con dosel de trono y escupidera de posada. El escándalo, como el asco, no se contemplaba entre la realeza, que en Versalles había amantes residentes, como cocineras residentes, y se fornicaba en la Galería de los Espejos con la peste de los bajos disimulada por pomadas y perfumes. Todo este frufrú de pelucas, pubis y vellocinos sería sólo curiosidad, morbo o vicio si no fuera porque los hijos de los reyes, concebidos en pajares o en camas finas y sucias, están destinados a ser también reyes o abejeo de reyes. El problema no es la picha velera ni la papada cardenalicia de este u otro rey, sino cómo afectan al Estado.

Unos periodistas de El Confidencial le han sacado al emérito una hija, que no sería el primer ni el segundo hijo que le endilgan al rey zumbón, que parece un rey de Miami, entre Julio Iglesias y Pitbull. La hija, según su investigación, se llamaría Alejandra, aunque todos le han sacado el pedigrí completo y hasta los tapices familiares, donde ya aparece como con cara de salir en los billetes o en jaca de porcelana de Victoria Federica. Como digo, no es el primer bastardo real que nos sacan, que los ha habido presuntos y los ha habido oficiales, como Leandro de Borbón, reconocido por los tribunales mucho después de que lo reconocieran los barberos, que lo hacían Borbón ya por las patillas. Pero la cosa, ya digo, no es que los reyes estén con hijo en el Hola o con amante en el bidé, ni que copulen con la santa o con la molinera, con las botas de montar puestas o delante del confesor y de la custodia de la Catedral de Toledo. La cosa es que aquí los hijos de los reyes tienen un papel constitucional y no son lo mismo que hijos de un cura o hijos de Ana Obregón

La monarquía es literalmente una cuestión de encamamiento, una jerarquía arborescente alrededor del falo reinante, como una vid. Y no es sólo porque las naciones fueran un día sólo herencia familiar. El nacimiento establece un orden arbitrario pero suficiente que minimiza los conflictos, ya sea para determinar la posesión de un labrantío o de todo un país. Se sacrifica el mérito, la valía, la razón y la justicia, pero se gana en paz, comodidad y estabilidad. No siempre funcionó, ni mucho menos, como sabemos, pero esa legitimidad de la sangre, burda y práctica, llega desde la Biblia al Rey León, desde Egipto al capitalismo. Aún hay algún salvaje que mete a Dios en la cama o en la canana de los reyes, pero lo que sabemos es que, con superstición o con Constitución, los genitales de los reyes son cuestión de Estado, o no serían reyes.

La monarquía es literalmente una cuestión de encamamiento, una jerarquía arborescente alrededor del falo reinante, como una vid"

Al emérito le han sacado una supuesta hija ilegítima y parece que el personal no sabe muy bien si ponerla en la estantería en la que está el elefante de Botsuana, en la que está Bárbara Rey o en la que están los centollos, todas cosas que ponen coloradote a don Juan Carlos. Desde luego, la legitimidad ya no es lo que era, y la única diferencia entre Leonor y la hija de una panadera no sería la voluntad morbosa de los dioses, sino que a la hija de la panadera no la han educado como princesa, esa dura educación para decir sólo obviedades y parecer que no se tiene hambre ni muslos. Si miramos al pasado y aceptamos, por ejemplo, que Fernando VII, el rey aciago, era hijo de Godoy, resulta que el destino de la modernidad de España, o sea su ausencia de modernidad, se decidió por un revolcón ilegítimo. En realidad no tiene mucha importancia, porque ese revolcón sería indistinguible de cualquier otro revolcón, o incluso preferible al revolcón endogámico y hemofílico. Como los reyes ya no son la mano o el falo con encajito de Dios, sino funcionarios educados para ser reyes como si a pobres niños se les educara para ser carteros, la preocupación del Estado no debería ser la legitimidad de la sangre, sino la aptitud para el cumplimiento de su función constitucional. 

Yo creo que don Juan Carlos va a ser el último rey a la antigua, con Felipe VI en una especie de interregno entre la legitimidad, el carisma y un republicanismo con el rey como un cartero. O el republicanismo sin más, si el pueblo se da cuenta de que los reyes ya no le sirven ni para llevar las cartas de Navidad. El emérito ha negado que la tal Alejandra sea hija suya y luego se ha vuelto hacia su Galería de los Espejos, donde hará lo que le plazca, como sus antepasados, bufando entre gorgueras de papada. Pero esa hija o no hija no es cotilleo ni una cuestión privada, sino algo fundamental. Y no porque el Estado tenga que ser guardián de la moral, el ADN o el ácido úrico de los reyes, sino porque nada en los reyes es privado, o no serían reyes. Los hijos del rey tienen una función constitucional y la tal Alejandra, o la hija de la panadera, o quien sea, quizá debería estar ya en esa escuela de cruzar las piernas y sonar como una pianola.

El Estado debería saber dónde están los hijos del rey, biológicos o heráldicos, como debería saber dónde están los dineros que ha manejado, no por puritanismo sino porque afecta al funcionamiento y a la salud del propio Estado. Pero para que la legitimidad de sangre, de lecho o de dedazo divino y lubricante se convierta en otra legitimidad de funcionariado, no ejemplar sino transparente y responsable, hay que acabar con eso de la inviolabilidad del monarca, algo tan absurdo como la inviolabilidad del bombero. Un rey no tiene vida privada, todo lo suyo es cuestión de Estado, hasta los polvos, o sobre todo los polvos, que es donde se fundamenta todo, en esa misma cama, alta y desparramada como un copete, de sus antecesores. Al menos mientras no elijamos a los reyes o los hagamos, siquiera, carteros.

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