La cumbre del G7 celebrada en Évian-les-Bains esta semana bajo presidencia francesa no se limitó a Oriente Medio ni a Ucrania. Su declaración sobre cuestiones geopolíticas volvió a fijar la mirada en el Indo-Pacífico, y lo hizo en unos términos que Taiwán recibió con evidente alivio. En el documento, los líderes reafirmaron su oposición a cualquier intento unilateral de alterar el statu quo, en particular por la fuerza o la coerción, en los mares de China Oriental y Meridional y en el Estrecho de Taiwán, así como su defensa de un Indo-Pacífico libre y abierto basado en el Estado de derecho.
Conviene precisar el alcance de esa formulación. No es una novedad de Évian ni un punto arrancado en el último minuto: es prácticamente el mismo lenguaje que el G7 viene repitiendo desde la cumbre de Hiroshima de 2023, pasando por Apulia en 2024 y por varias declaraciones de 2025, incluida la de Kananaskis. Lo que Évian aporta no es una ruptura, sino la confirmación de que la preservación de, statu quo en la zona se ha asentado ya como consenso del club. Y en ese consenso, Japón ocupa un lugar singular: como único miembro asiático del G7, Tokio es el promotor más constante de la perspectiva indopacífica, aunque su primera ministra, Sanae Takaichi, optara en su debut por un perfil de continuidad antes que de protagonismo.
Como único miembro asiático del G7, Japón es el promotor más constante de la perspectiva indopacífica
El sello propio de Takaichi en Évian llegó por otra vía. La japonesa propuso a sus socios un marco para coordinar reservas estratégicas de minerales críticos, la iniciativa que ha bautizado como Power Asia, con el objetivo de reducir la dependencia respecto de China, y planteó reforzar las reservas de petróleo en cooperación con la Agencia Internacional de la Energía. También trasladó su preocupación por las restricciones chinas a la exportación de minerales esenciales. Son las piezas que mejor explican qué buscaba Japón: blindar cadenas de suministro y reforzar la resiliencia del bloque frente a la presión económica de Pekín. Todo ello con un telón de fondo tenso, pues las relaciones entre ambos países atraviesan su peor momento en más de una década desde que la mandataria advirtiera, en noviembre, que una eventual crisis en torno a Taiwán podría constituir una amenaza existencial para Japón.
El Gobierno taiwanés celebró el resultado de la cumbre. El presidente Lai Ching-te agradeció a los líderes del G7 su rechazo a modificar el equilibrio de la región por la fuerza, y el ministro de Exteriores, Lin Chia-lung, leyó el gesto como prueba de que mantener ese equilibrio se ha convertido en un consenso internacional. No es un matiz menor, porque Lai procede de una organización política, el Partido Democrático Progresista, históricamente independentista, que en su ideario contempla la soberanía de Taiwán como Estado. Su mensaje, sin embargo, es hoy el de la prudencia: preservar el statu quo y buscar acuerdos de igual a igual con Pekín en los intereses comunes, siempre que se respeten la dignidad y la igualdad entre ambas orillas.
Esa moderación sintoniza con el estado de la opinión pública isleña, aunque las cifras exigen leerse con cuidado. Según el sondeo de referencia del Election Study Center de la Universidad Nacional Chengchi, en torno al 88% de los taiwaneses prefiere mantener el statu quo en alguna de sus variantes; apenas un 4% reclama la independencia inmediata; y alrededor de un 6% la unificación. Mientras, cerca de un 25% aspira a una independencia gradual. Otros institutos, como la Taiwan Public Opinion Foundation, ofrecen cifras muy distintas cuando plantean una disyuntiva directa entre independencia, statu quo y unificación. La conclusión robusta es que el apoyo activo a la unión con la República Popular es marginal y que la continuidad del statu quo concita un respaldo amplísimo.
La asociación cada vez más estrecha entre China y Rusia en plena guerra de Ucrania, y el respaldo de Pekín a Corea del Norte, sitúan a Taiwán como un actor difícilmente prescindible para la Unión Europea y para socios como Japón o Filipinas, que ven cuestionadas sus aguas. Que casi todos los Estados sostengan una “política de una sola China”, fórmula que, conviene distinguir, no equivale al “principio de una sola China” que reclama Pekín, no ha impedido seguir comerciando con la isla ni darle presencia en foros internacionales. La guerra de Ucrania ha reordenado, además, prioridades enteras de la política exterior europea y estadounidense.
De ahí que merezca seguir de cerca lo que ocurra en las próximas semanas. Sobre la mesa hay un paquete de armamento estadounidense de gran calado: un conjunto valorado en torno a 14.000 millones de dólares, con misiles interceptores avanzados, pendiente del visto bueno del presidente Trump, dentro del presupuesto especial de defensa de unos 40.000 millones que Lai ha previsto desplegar entre 2026 y 2033. La declaración de Évian es, en el fondo, un respaldo político; la verdadera prueba será si ese aval se traduce en capacidades concretas sobre el terreno.
Te puede interesar
-
Por qué China y su ejército de ingenieros no basta para ganar la guerra de la IA
-
Nunca adivinarás qué país es la mayor sorpresa de la economía mundial: Xi ha ido a verlo
-
China pidió a Zapatero información privilegiada sobre gobiernos y acuerdos comerciales
-
La conquista silenciosa de las carreteras: ¿Por qué los coches chinos ya triunfan en España?
Lo más visto
Comentarios
Normas ›Para comentar necesitas registrarte a El Independiente. El registro es gratuito y te permitirá comentar en los artículos de El Independiente y recibir por email el boletin diario con las noticias más detacadas.
Regístrate para comentar Ya me he registrado