Opinión

Burnham hereda la casa en llamas

Andy Burnham se dirige a sus seguidores tras ganar el escaño en Makerfield, en junio.
Andy Burnham se dirige a sus seguidores tras ganar el escaño en Makerfield, en junio. | Europa Press

Si nadie se interpone en su camino, Andy Burnham será proclamado líder laborista el 17 de julio. Y poco después será primer ministro del Reino Unido. El séptimo en una década. Llega precedido por una buena reputación: el rey del norte, le llaman. Es el alcalde que ha devuelto al control público los autobuses y los tranvías de Mánchester. Los ha integrado en una sola red, la Bee Network. Llega también, y esto se dice menos, en el peor momento posible. Hay varias cuestiones que se tienen que resolver antes de las próximas elecciones.

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Primero, los problemas en el Partido Laborista. El laborismo no ha cambiado de líder: ha derribado al suyo. El 14 de mayo Wes Streeting dimitió como ministro de Sanidad. Dijo que había perdido la confianza en el Gobierno del que formaba parte. El 11 de junio se marchó John Healey, ministro de Defensa, de manera súbita, y a continuación Al Carns y Pamela Nash, por desacuerdos con el plan de inversión en defensa. Burnham tendrá que formar un gabinete con los restos de una crisis que él mismo alimentó y con un grupo parlamentario que acaba de descubrir lo fácil que es descabalgar a un primer ministro. Los 200 diputados que lo respaldan hoy son los mismos que hace dos años apoyaban a Keir Starmer.

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Segundo, pujan Reform UK por la derecha y los Verdes por la izquierda. La aritmética británica no admite más bipartidismo, pues hay siete partidos en dos bloques, y la competencia dentro de cada bloque es tan brutal como la que hay entre ellos. Por un lado, Nigel Farage. Por el otro, Zack Polanski, que ya lanzó advertencias a Burhham cuando Starmer anunció su renuncia . Starmer probó la estrategia de imitar el discurso de Reform con aquel largo discurso de 2025 sobre la "isla de extraños". Burnham no puede repetirla. Tampoco puede ignorarla.

Tercero, la cuestión de Gales y Escocia. El laborismo galés ha perdido el Senedd después de un siglo de dominio y ha quedado tercero, por detrás de Plaid Cymru y de Reform UK. En Escocia, el laborista Anas Sarwar rompió públicamente con Starmer antes de las elecciones y lo calificó de distracción. Un primer ministro que se presenta como el hombre de las regiones tendrá que demostrar que su descentralización no acaba en el norte de Inglaterra.

Cuarta cuestión, el Tesoro. Aquí está el muro. La promesa de Burnham de trasladar el modelo de Mánchester a escala nacional, gastar en transporte, en vivienda, en servicios que la gente note en la semana en que se aprueban, choca con las reglas fiscales, con un crecimiento anémico y con el coste de la deuda. Es exactamente el mismo muro contra el que se estrelló su predecesor. Es osado arriesgar a que esta vez sería distinto. La explicación no puede consistir en que ahora el que manda es de Wigan.

Quinta cuestión, las relaciones con Washington. Un analista citado por la NPR ha apuntado un detalle que suena frívolo pero no lo es: Burnham necesita reconocimiento, y le dolerá más que a Starmer que Donald Trump escriba sobre él a las tres de la mañana. La conducción de la relación con Estados Unidos exige una piel que todavía no le hemos visto debido a su perfil próximo, y poco técnico. Es un salto considerable pasar de alcalde a primer ministro, en lo que se refiere al manejo de las relaciones con el exterior.

Aún hay tiempo para que Burnham consolide una obra de gobierno estable después del caos provocado por Starmer"

Y por último, la gestión diaria. La lista de agravios que llevó a Reform a los ayuntamientos no es ideológica: son autobuses que no pasan, listas de espera, vivienda inalcanzable, pueblos costeros que se inundan y comarcas industriales que llevan quince años esperando cambios. Burnham dijo que Makerfield no sería un trampolín hacia Westminster sino una piedra de toque de la política británica. Podría haberse tendido una trampa a sí mismo: en Makerfield la austeridad, que es la tónica desde 2010, se ha llevado por delante casi todo.

La suerte que tiene Burnham es que cuenta con una mayoría absoluta de diputados laboristas para empreder cualquier reforma necesaria, como también puede buscar lazos de entendimiento con las fuerzas progresistas nacionalistas de Escocia y Gales. Además, las próximas elecciones si no se avanzan serán en 2029. Es decir, aún hay tiempo para poder consolidar una obra de gobierno estable después del caos provocado por Starmer en sus dos años de mandato.

Tal como dijo G. K. Chesterton, "no es que no vean la solución, es que no ven el problema". Es quizás una frase que puede ayudar a los laboristas a pensar sobre su propia situación. 


Guillem Pursals es doctor en Derecho (UAB), máster en Seguridad (UNED) y politólogo (UPF), especialista en conflictos, seguridad pública y Teoría del Estado.

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