Opinión

Una nueva ofensiva contra las democracias liberales

La imagen de Donald Trump en varias pantallas durante su discurso a la nación del jueves.
La imagen de Donald Trump en varias pantallas durante su discurso a la nación del jueves. | Efe

Esta semana Donald Trump ha vuelto a remover el fantasma del fraude electoral en las elecciones de 2020. No es una cuestión nueva, gran parte de los altos funcionarios de esta segunda administración Trump se niegan a reconocer aún hoy que Joe Biden las ganara. Además, ha acusado a China de injerencia, lo que han negado las autoridades de Pekín. No hay pruebas ni del fraude ni del papel de China.

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En multitud de encuestas los republicanos sufrirían un duro revés en las elecciones del 3 de noviembre, las llamadas midterms. La pérdida de las mayorías en la Cámara de Representantes, que se renueva por completo, y en el Senado, más de un tercio está en juego, puede abrir las puertas a un impeachment. Por esta razón, Trump busca deslegitimar el proceso electoral, pues no hay manera constitucional de no celebrarlo. Esta retórica ha servido a diferentes aliados suyos para atacar los sistemas democráticos de diferentes países como Brasil, España, Alemania o Rumanía. 

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En el caso de Brasil, el ex presidente Jair Bolsonaro sigue atacando el sistema electoral por considerar que en 2022 hubo fraude electoral. Igual que Trump alentó el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, Bolsonaro estuvo detrás de lo que ocurrió dos años más tarde en Brasilia. Ese intento de golpe de Estado promovido por la extrema derecha brasileña tuvo como consecuencia la intervención del Tribunal Supremo Electoral, y también del Supremo Tribunal Federal, contra Bolsonaro y diferentes militares implicados. La difusión de información electoral ante embajadores provocó la inhabilitación política hasta 2030. No podrá competir en las presidenciales de otoño. Su hijo Flávio se medirá con el presidente Lula da Silva.

En el caso de Alemania, los principales aliados de Trump en el país, Alternativa para Alemania (AfD), acusa al canciller Friedrich Merz de fraude electoral desde las elecciones de 2025. Dicen que no cuestionan el sistema democrático alemán sino el incumplimiento de las promesas electorales. Desde la Oficina Federal para la Protección de la Constitución los consideran una amenaza al orden constitucional y a la democracia alemana. Incluso se podría plantear la ilegalización de AfD, primera fuerza en las encuestas, por parte de la justicia electoral alemana.

En este caso no debemos pensar que España se salva de estas cuestiones. Si nos remontamos a las elecciones generales de 2023 se promovió la idea desde diferentes sectores de Vox, uno de los principales aliados de Trump en Europa, que había habido fraude electoral a través de la votación por correo, como también a través del recuento electrónico de los votos. Todo ello sin aportar ninguna prueba. Este hecho fue desmentido rápidamente por la Junta Electoral Central, como también por Correos, gestor del voto por correo. Se utilizaron los mismos argumentos que en Brasil y Estados Unidos, es decir, que el recuento no era válido, y que el voto por correo estaba manipulado.

En Rumanía, la extrema derecha buscó deslegitimar al Estado y al proceso electoral de las últimas presidenciales porque se descubrió entre la primera y la segunda vuelta de los comicios la influencia rusa del candidato ultra Călin Georgescu. Desde la formación Alianza para la Unión de los Rumanos (AUR) y la candidatura de Georgescu protestaron que se buscaba ganar las elecciones por otras vías. En la repetición electoral del año siguiente, George Simion (AUR) pidió la anulación de la segunda vuelta por supuesta injerencia de Francia y de Moldavia. El Tribunal Constitucional falló en su contra porque no había pruebas al respecto.

Trump ha convertido la sospecha sistemática sobre el recuento en un instrumento ordinario de deslegitimación de los sistemas democráticos"

En conclusión, conviene permanecer atentos a las declaraciones de Donald Trump que invocan el fantasma del fraude electoral, como ya hizo en 2020 cuando las encuestas le eran adversas. Aquel episodio marcó un antes y un después mucho más allá de los Estados Unidos: convirtió la sospecha sistemática sobre el recuento en un instrumento ordinario de deslegitimación de los sistemas democráticos. O gano, o el sistema es inválido. O gano, o hay fraude. O gano, o todo está manipulado por fuerzas extranjeras. Trasladado a unos Estados europeos que ya libran una guerra híbrida contra la desinformación, ese discurso abrasivo puede erosionar aún más, y de manera interesada, la confianza en sus instituciones.

Como dijo Alexis de Tocqueville en su magna obra La democracia en América, un déspota perdona fácilmente a los gobernados que no le amen, con tal de que no se amen entre sí. 


Guillem Pursals es doctor en Derecho (UAB), máster en Seguridad (UNED) y politólogo (UPF), especialista en conflictos, seguridad pública y Teoría del Estado.

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