Opinión

Venezuela: madurar también es aceptar una verdad incómoda

Un cartel con la imagen de Chávez y Maduro justo después de los ataques del 4 de enero pasado.
Un cartel con la imagen de Chávez y Maduro justo después de los ataques del 4 de enero pasado. | Europa Press

Una parte importante de la sociedad venezolana ha sentido, en distintos momentos de su historia, una profunda atracción por los liderazgos autoritarios. No porque necesariamente odie la libertad o rechace conscientemente la democracia, sino porque muchas veces ha llegado a creer que un "hombre fuerte" puede resolver, por sí solo, los problemas que las instituciones no han sido capaces de solucionar.

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Esa idea no nació con el chavismo y, lamentablemente, tampoco desaparecerá automáticamente cuando el chavismo deje el poder. Es un fenómeno mucho más antiguo, con raíces culturales e históricas que vale la pena reconocer si realmente queremos entender por qué Venezuela parece condenada a repetir los mismos ciclos.

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Por eso resulta cada vez más común encontrar venezolanos que sienten admiración por figuras políticas muy distintas entre sí, pero unidas por un rasgo común: el liderazgo fuerte y personalista. Algunos siguen defendiendo a Hugo Chávez. Otros ven en Nayib Bukele un modelo que Venezuela debería copiar sin cuestionamientos. Otros consideran a Donald Trump una especie de salvador. Incluso hay quienes expresan nostalgia por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Las diferencias ideológicas entre ellos son evidentes, pero la lógica que inspira esa admiración suele ser la misma: la creencia de que el orden, la prosperidad o la seguridad justifican concentrar el poder en una sola persona.

Cuando una sociedad comienza a valorar más la fuerza que las instituciones y más la autoridad que el Estado de derecho, el terreno para el autoritarismo ya está preparado"

No se trata de afirmar que todos esos gobiernos sean iguales ni de ignorar sus enormes diferencias. El punto es otro: cuando una sociedad comienza a valorar más la fuerza que las instituciones, más la obediencia que la deliberación y más la autoridad que el Estado de derecho, el terreno para el autoritarismo ya está preparado.

La democracia es incómoda. Es lenta. Obliga a negociar, aceptar límites, convivir con quien piensa distinto y respetar reglas incluso cuando no nos favorecen. El autoritarismo, en cambio, ofrece respuestas rápidas, enemigos claramente identificados y la ilusión de que alguien resolverá todos los problemas si se le concede suficiente poder. Esa promesa resulta especialmente seductora en sociedades golpeadas por la crisis, el miedo y la desesperanza.

Eso fue precisamente lo que ocurrió con Hugo Chávez. Después de liderar un intento de golpe de Estado que dejó muertos y heridos, lejos de quedar políticamente acabado, millones de venezolanos comenzaron a verlo como una esperanza. Para muchos representaba el regreso del caudillo capaz de imponer orden, castigar a los corruptos y cambiar el país desde arriba. En buena medida, esa imagen conectó con la nostalgia que durante décadas algunos sectores habían construido alrededor de Marcos Pérez Jiménez. La historia terminó demostrando que depositar el destino de una nación en una sola persona suele tener consecuencias devastadoras.

Sin embargo, sería demasiado fácil concluir que toda la responsabilidad recae sobre Chávez o sobre el chavismo. Ellos aprovecharon problemas que ya existían. El personalismo, el clientelismo, el desprecio por las instituciones, la cultura del "más vivo", la corrupción cotidiana y la búsqueda constante de privilegios no comenzaron en 1999. Son prácticas que han acompañado a Venezuela durante generaciones y que facilitaron la consolidación del proyecto chavista.

También es necesario hacer autocrítica como sociedad. En Venezuela todavía persisten actitudes profundamente arraigadas: el machismo, el clasismo, distintas formas de discriminación, el rechazo al pensamiento crítico, la desconfianza hacia los intelectuales, la intolerancia y una preocupante tendencia a creer que cumplir la ley es opcional cuando afecta nuestros propios intereses. No son características exclusivas de todos los venezolanos, pero sí patrones culturales que siguen presentes con demasiada frecuencia y que debilitan cualquier proyecto democrático.

Quizá uno de los mayores problemas sea nuestra relación con la institucionalidad. Muchas personas desconfían de las instituciones, pero al mismo tiempo esperan que aparezca un líder capaz de sustituirlas. Preferimos confiar en individuos antes que en reglas. Buscamos al "salvador" en lugar de construir sistemas que funcionen independientemente de quién ocupe el poder. Y cuando ese salvador llega, solemos justificar los abusos siempre que beneficien a nuestro grupo o perjudiquen a quienes consideramos nuestros adversarios.

Esa mentalidad también explica por qué tantas personas normalizan frases como "mientras me resuelva a mí, no importa lo demás" o "si los otros pierden derechos, es su problema". Esa lógica no fortalece una nación; la destruye desde dentro. Porque cuando los derechos dejan de ser universales y dependen de quién gobierna o de quién eres, nadie está realmente protegido.

Cambiar de gobierno será indispensable para reconstruir Venezuela, pero no será suficiente. Ninguna transición democrática podrá consolidarse si la cultura política sigue premiando el caudillismo, el ventajismo y el desprecio por las instituciones. La democracia no sobrevive únicamente gracias a elecciones; necesita ciudadanos dispuestos a defender límites al poder, exigir rendición de cuentas y respetar los derechos incluso de quienes piensan diferente.

Ninguna transición democrática podrá consolidarse si la cultura política sigue premiando el caudillismo, el ventajismo y el desprecio por las instituciones"

Tal vez por eso sigue teniendo vigencia una frase atribuida a Renny Ottolina: "El problema de Venezuela no es material. El problema es mental y emocional." Más allá de la cita, el mensaje invita a mirar hacia adentro. A preguntarnos cuánto hemos aprendido de nuestra historia y cuánto seguimos esperando que otro caudillo venga a resolver aquello que solo una ciudadanía madura puede construir.

No escribo estas líneas para señalar culpables absolutos ni para afirmar que todos los venezolanos piensan igual. Las sociedades son mucho más complejas que eso. Pero sí creo que, mientras no reconozcamos las ideas y los comportamientos que hicieron posible esta tragedia, seguiremos expuestos a repetirla con distintos nombres, distintos discursos y distintos colores políticos.

La verdadera reconstrucción de Venezuela no comenzará el día que cambie un gobierno. Comenzará el día en que dejemos de buscar salvadores y entendamos que ningún país se vuelve libre por la voluntad de un caudillo, sino por la convicción de ciudadanos que deciden defender la libertad incluso cuando resulta incómoda.


Manuel Rodríguez es fundador de Plataforma Ayuda Venezuela.

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