Cuando este martes Donald Trump, 45º presidente de Estados Unidos, pronuncie su primer discurso ante los congresistas republicanos y demócratas llevará 40 días en el cargo. Le quedarán 1.421 días. Si su mandato de cuatro años fuera un partido de fútbol apenas habría pasado algo más de un minuto de la primera mitad. Super Trump está en acción en la Casa Blanca. Super Trump, contra “los enemigos del pueblo”, contra todo aquel que cuestiona su asalto al poder.

En este tiempo ha firmado 24 órdenes ejecutivas y memorandos, incluida la retirada de EEUU del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica; ha visto cómo los jueces le paraban su intento de prohibir la entrada a inmigrantes de siete países de mayoría musulmana; ha recibido a los primeros ministros del Reino Unido, Japón, Canadá, Israel, y al presidente de Perú; ha forzado la cancelación de la visita del presidente mexicano con su empeño en que los mexicanos paguen la ampliación del muro; ha anunciado deportaciones masivas de ilegales; ha discutido por teléfono con el primer ministro de Australia; ha nombrado al juez Neil Gorsuch como magistrado del Supremo; ha aceptado la dimisión del consejero de seguridad nacional, Michael Flynn, y la retirada de Andrew Puzder en Trabajo: ha viajado en tres ocasiones a su club de Mar-a-Lago en Florida; ha escrito una media de seis tuits al día y ha declarado enemigo público número uno a la prensa.

Super Super Trump ha llegado para ejecutar lo que prometió a sus electores: una política basada en el “América primero”… y a toda costa.

Es una política de cóctel molotov, que se basa en la demolición sistemática. Es un asalto al poder desde dentro de la Casa Blanca”

“Es una política de cóctel molotov. Se basa en la demolición sistemática de lo anterior sin ofrecer alternativas. Quiere desmontar el Obamacare sin dar soluciones a quienes se han beneficiado del sistema, por ejemplo. Con la improvisación constante genera mucha inquietud. Es un asalto al poder desde dentro de la Casa Blanca”, afirma Pedro Rodríguez, ex corresponsal veterano en la Casa Blanca y profesor de Relaciones Internacionales en ICADE.  “Es coherente con la campaña que hizo. Trump es un instrumento de protesta y por eso no está frustrando las expectativas de quienes le votaron”, añade.

Si bien en la última encuesta de Pew Research, su índice de aprobación es del 39%, y un 42% en Gallup, la mayoría de los seguidores del Partido Republicano, un 52%, le respaldan, más que a otros líderes conservadores. Este apoyo se hizo patente el viernes en el cónclave de la  Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), donde ha sido la estrella con un mensaje en el que recordó que “nunca hay que subestimar el poder de la gente”.

En este foro, arremetió contra la prensa, a la que calificó de “enemigo del pueblo” y culpó de fabricar “noticias falsas”. Acusó a la mayoría de los medios de no representar a la gente, de confundir la agenda y de ser deshonestos. “Estoy aquí para luchar por vosotros… Nuestra victoria se basa en la libertad, seguridad, y en el imperio de la ley”, señaló con loas a la bandera americana.

Dijo también el presidente que se planteaba prohibir el uso de fuentes anónimas. Al tiempo la Casa Blanca vetaba el acceso a cinco medios de comunicación, entre ellos The New York Times, Politico y la CNN. La víspera su estratega-en-jefe, Steve Bannon, señaló que los discursos de Trump eran actos políticos, y reconoció que la batalla contra los medios sería cada día peor. También hizo un llamamiento a la  lucha para “desmontar el sistema”.

En el cónclave conservador, arremetió contra los medios y anticipó que prohibirá el uso de fuentes anónimas

La nueva andanada contra los medios respondía a una información de la CNN del viernes en la que la cadena estadounidense aseguraba que la Casa Blanca había pedido al FBI que desmintiera contactos entre el Kremlin y el entorno del presidente Trump, que respondió con críticas a la agencia en su cuenta de Twitter. “El FBI es totalmente incapaz de parar a los filtradores de la Seguridad Nacional que han penetrado nuestro gobierno durante mucho tiempo… Están entregando información clasificada que podría tener un efecto devastador en EEUU”.

Son los coletazos del caso Flynn, la crisis más grave que ha vivido la Administración Trump en este mes largo en el poder. El general retirado Michael Flynn tuvo que dar un paso atrás al desvelarse que había hablado con el embajador ruso en Washington justo el día en que el presidente Barack Obama anunciara nuevas sanciones contra Moscú relacionadas con la supuesta interferencia electoral rusa en la campaña.

Flynn habría ocultado información al vicepresidente Mike Pence y finalmente Trump aceptó su marcha. Sin embargo, el presidente insistió en que se estaban difundiendo “noticias falsas” y acusó a las agencias de inteligencia de filtraciones, e incluso les comparó con los nazis. Muchos empezaron a recordar cómo el Rusiagate podría ser el Watergate de Trump a medio plazo.

“Por un lado, está cumpliendo lo que prometió. Por otro, es impredecible. Llaman la atención las contradicciones con su gabinete y resulta preocupante el enfrentamiento con otros poderes, como el judicial y con la prensa, declarada ‘enemiga del pueblo americano’ por su estratega jefe, Steve Bannon”, señala Miguel Ángel Benedicto, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Europea de Madrid.

‘The Washington Post’, que estrena lema ‘La democracia muere en las tinieblas’, contabiliza las falsedades del presidente Trump

A alguien como Donald Trump se le debe atragantar el desayuno cada mañana al ver iniciativas como la de The Washington Post, que ha puesto a su equipo de fact-checkers (comprobadores de hechos) a desvelar cuánto hay de falso en lo que dice el presidente.  Cuando se cumplían 37 días en el cargo, el sábado, se habían detectado 140 falsedades, la mayoría sobre inmigración, su trayectoria o sobre empleo. Le dan puntos como si fueran Pinochos. Entre las más comentadas está la alusión a lo que estaba sucediendo una noche en Suecia… “problemas como nunca imaginaron”, cuando no sucedía nada notable.

El diario propiedad de Jeff Bezos acaba de estrenar nuevo lema para la era Trump: “La democracia muere en las tinieblas”. El senador John McCain, la voz más crítica entre los republicanos, también recordó: “Lo primero que hacen los dictadores es reprimir a la prensa”.

Según Daniel Ureña, presidente de The Hispanic Council, “ayuda a entender esta estrategia saber que hay estudios que afirman que es mayor el porcentaje de americanos que confía en Trump que en la prensa”. En el universo de Trump los medios de comunicación son parte de ese establishment contra el que combate, ahora desde la propia Casa Blanca.

Sin embargo, como dice Joaquín Pérez, asesor en campañas electorales afincado en Miami, “gobernar no es competir en una campaña. La campaña permite cualquier promesa, el gobierno tiene que cumplir y en la sociedad estadounidense existen los check and balances, es decir, los controles de poderes sobre poderes. En una campaña el candidato puede hacer lo que quiera, pero en el gobierno hay que saber cómo actuarán los otros poderes”.

En su quehacer diario Trump ataca sin piedad a los jueces por poner trabas a su orden ejecutiva anti inmigración, a las agencias de inteligencia por investigar sus conexiones con Rusia, y a la prensa por escrutar su acción de gobierno.

Según la investigadora del Real Instituto Elcano, Carlota García Encina, el arranque de Trump ha sido “acorde con su retórica y su campaña, es decir, turbulento y caótico. No es la primera vez: el primer mandato de Bill Clinton también tuvo un inicio complicado. Lo más novedoso es el uso de los medios sociales y las contradicciones con su gabinete”.

Esas contradicciones hacen que Trump hable de una OTAN “obsoleta” para más tarde su vicepresidente Mike Pence traslade un mensaje más conciliado a la Alianza. O que hable del muro, deportaciones y aranceles a los mexicanos, para luego dejar que su secretario de Estado, Rex Tillerson, y su secretario de defensa, John Kelly, vayan al distrito federal a moderar el tono. “Nos remitiremos a los hechos”, concluyó el canciller mexicano Luis Videgaray.

“Fue un candidato caótico y será un presidente caótico”, dijo su competidor Jeb Bush

El aspirante republicano Jeb Bush ha sido quien mejor atinó a describir a quien fuera su competidor. “Fue un candidato caótico, será un presidente caótico”. Por ejemplo, García Encina asegura que, independientemente del contenido de la orden ejecutiva sobre el veto a los inmigrantes destaca la forma en la que procede. “No consulta y luego se encuentra con problemas en los tribunales y caos en los aeropuertos. Así no se puede implementar la política que quiere hacer”.

Para Javier Redondo, autor de Presidentes de Estados Unidos, Trump no tiene parangón con ninguno de sus antecesores. “Es compulsivo, efectista y plenamente autónomo. No rinde cuentas ni al partido, ni a su gabinete, ni a sus asesores… Es él y su Twitter, él y sus formas. Algo nunca visto en la Presidencia de EEUU”.

Lo cierto es que Trump ganó las elecciones, o mejor dicho, que las perdieron los demócratas, que se quedaron noqueados por el inesperado golpe, pese al consuelo de haber obtenido más votos populares. “Los demócratas aún se están preguntando qué pasó”, afirma Pedró Rodríguez. “Perder un concurso de belleza frente a Donald Trump es muy duro”, añada con sorna David Sarias, profesor de Pensamiento Político en el CEU. Este fin de semana el Comité Nacional Demócrata ha elegido por primera vez a un hispano como presidente, el ex secretario del Tesoro Tom Pérez, que venció al congresista afroamericano musulmán Keith Ellison, que será su número dos.

Lo más preocupante es si el caos trumpiano se instalará en el sistema y si la democracia entra en otra fase. Hay quienes hablan de un cambio de ciclo, y muchos se preguntan si el desafío que plantea un presidente así debilitará al sistema o lo fortalecerá.  “Supone un desafío a la democracia americana y al equilibrio de poderes. Ha declarado la guerra a las instituciones. Es outsider y antiestablisment. Sigue marcando distancias con el establishment desde la Casa Blanca”,  señala Redondo, profesor de Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid.

No rinde cuentas ni al partido, ni a su gabinete, ni a sus asesores.. Es él y su Twitter. Algo nunca visto en la Presidencia de EEUU”

Lo que se le puede reconocer a Donald Trump es coherencia, a juicio de Daniel Ureña. Gobierna para los suyos y se guía por lo que el pueblo, según su criterio, le demanda. “Lo mejor de Trump es que ha cumplido lo que prometía, mientras que lo peor han sido algunas de las cosas que prometía… Me preocupa especialmente que Estados Unidos deje de ser percibido por muchos como el principal referente de libertad y democracia; junto con la enorme incertidumbre que Trump genera a nivel internacional”.

En un artículo reciente en Politico, Francis Fukuyama, autor de El fin de la Historia y el último hombre, se plantea precisamente si la democracia americana es lo suficientemente fuerte como para detener a Trump si es preciso. “Este sistema nunca se ha visto ante el desafío de un líder que busca acabar con las normas existentes. Estamos ante un experimento que probará si EEUU es una nación de leyes o una nación de hombres”, escribe Fukuyama. Al contrario del economista Daron Acemoglu, que sólo confía en la fuerza de la sociedad civil, Fukuyama se muestra esperanzado en que funcione e incluso se refuerce la democracia liberal, que se había quedado en cierta forma anquilosada. Esa paralización explica en parte que surja el fenómeno Trump.

Fukuyama dice que “este sistema nunca se ha visto ante el desafío de un líder que busca acabar con las normas existentes”

Según David Sarias, “Trump es como un niño que señala con el dedo. No es una enfermedad. La enfermedad es la élite liberal, que se ha olvidado y ha despreciado a gran parte de la población. Obama ha creado a Trump. Trump somos nosotros”.

Curiosamente son mayoría los expertos que no creen que Trump acabe su mandato. “Sobre el impeachment la clave es que los republicanos quieran hacerlo y eso dependerá de cómo evolucionen los votantes. Creíamos que los republicanos le cambiarían pero se está viendo que no es así. Se ha peleado con todo el mundo. Sobre sus negocios personales habrá datos comprometedores. Creo que habrá impeachment, es cuestión de tiempo”, afirma Sarias.

Allan Lichtman, el profesor de historia de la Universidad Americana en Washington que predijo contra pronóstico la victoria de Trump -y lleva acertando desde 1984- está escribiendo un libro titulado The Case for Impeachment. Reconoce que se basa en una corazonada para argumentar que los lazos de su campaña con Rusia y los conflictos de interés con sus negocios privados le llevarán a un juicio político sin precisar cuándo sería.

El problema es quizá que intentamos explicar a Trump con una lógica que no encaja con Trump. Ha roto con las leyes de la lógica electoral y de la ciencia política. Es un presidente cuyo sueño era el reconocimiento total. “¿Quieres saber lo que es el reconocimiento total?”, le dijo al periodista Mark Singer. “Estás seguro que lo tienes cuando a los nigerianos de la esquina, que no hablan inglés, que no saben dónde están…. les pasas en la calle y te gritan: ¡Trump, Trump! Eso es el reconocimiento total”. Alguien dijo de Trump que lo que quería realmente es ser Madonna. Ahora está sentado en el Despacho Oval, cuando le deja su hija Ivanka,  y controla el maletín nuclear.