El líder del PSOE, Pedro Sánchez, abrió el curso político con un desayuno organizado por Europa Press con lleno hasta la bandera en un hotel madrileño. La expectación era lógica, toda vez que España vive momentos de máxima tensión política por el desafío a la legalidad que ha planteado el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Sánchez, sin embargo, desgranó su hoja de ruta para la presente legislatura dejando a Cataluña para el postre, como si se tratara de una enmienda a ley de Aguas. Y no es que no sean importantes sus propuestas de plan de rescate para los jóvenes, el pacto de rentas, las prestaciones para los parados de larga duración o la revisión del Pacto de Toledo. No. Sencillamente, es que ahora esos temas no tocaban.

El líder de la oposición debe asumir su papel no sólo cuando critica las políticas del gobierno o cuando presenta sus propias alternativas, sino también cuando asume como propia la defensa del Estado de Derecho.

Lo que está en juego es la unidad de España y la esencia de la democracia, por cuanto los independentistas han decidido ignorar la soberanía popular que reside en el Congreso. Y ante un reto de tal calibre no caben las medias tintas, o hacer como si ese asunto fuera uno más dentro de la agenda política habitual.

Es al Gobierno y a los tribunales a los que compete la tarea de hacer que se cumpla la ley, pero es a la leal oposición a quien le corresponde defender con el mismo ardor la Constitución que es, en gran medida, obra del PSOE.

El líder del PSOE desaprovechó la oportunidad de aparecer como auténtico hombre de Estado al relegar a un segundo plano su opinión sobre el reto planteado por el presidente de la Generalitat

Que el titular de su intervención en el Villamagna sea que Sánchez admite “al menos tres naciones” en España, representa un fracaso de estrategia política y mediática. Porque, en lugar de poner el foco donde realmente debe estar, en el pulso sin precedentes que se inicia dentro de unas horas en el Parlament de Cataluña, lo sitúa en una polémica interna en la que el líder socialista no tiene nada que ganar.

Y no es que no dijera cosas serias y con sentido sobre Cataluña. He aquí algunos ejemplos:

-“Cataluña seguirá siendo España después del 1-O”.

-“El Estado tiene que hacer cumplir la ley”.

-“Vamos a decirles a los catalanes que no participen del simulacro de referéndum“.

-“Pediremos al Ayuntamiento de Barcelona y a todos los ayuntamiento de Cataluña donde estemos presentes que se cumpla la ley”.

Cada una de estas afirmaciones constituyen por sí solas un titular. Pero fue el propio Sánchez el que quiso rebajar el perfil de su discurso respecto a Cataluña. Primero, porque lo relegó al vagón de cola de su intervención; pero, sobre todo, porque circunscribió el pulso al Estado del independentismo en una especie de respuesta lógica a la intransigencia del PP y a la falta de diálogo por parte del Gobierno. “Nuestra nación está ahora más dividida que hace seis años”, dijo el secretario general del PSOE, como para justificar lo que está a punto de suceder.

El PP ha cometido muchos errores en Cataluña, pero no se pueden poner al mismo nivel la miopía política y la ruptura de la legalidad que pretende Puigdemont, con el riesgo que ello lleva consigo para la convivencia de los catalanes.

Sánchez hizo ayer una interesante confesión: haber hecho la dura travesía del desierto desde la desastrosa reunión del Comité Federal del 1 de octubre hasta las primarias que le devolvieron la secretaría general perdida, le ha hecho mejor político. “Lo que no mata, te hace más fuerte”, aseguró. Estoy de acuerdo. Sin embargo, aún le quedan lecciones por aprender. Un gran político tiene que saber distinguir los momentos históricos de los que no lo son, tiene que saber asumir riesgos y poner los valores esenciales de la democracia por encima de los cálculos tácticos. Su intervención podría haber significado un salto definitivo en la consideración de los españoles de su figura como un referente de gobierno, pero quedó en un discurso más, del que, en unas semanas, no recordaremos nada o casi nada.