Aunque todavía no se creía que una moción de censura lo pudiera expulsar del Gobierno, Mariano Rajoy canceló el viaje previsto a Kiev el sábado pasado. Fue lo más parecido a tomarse en serio el órdago de Pedro Sánchez que haría ese fin de semana. El último que pasaría en La Moncloa.

Le dolía perderse la final de la Champions, ya que desde que dejó oficialmente de fumar, su único vicio conocido eran los deportes (y el whisky del bueno). No creía el presidente que su presencia en Madrid fuera necesaria, pero le convencieron de que hubiera quedado frívolo aparecer el sábado en el palco del Olímpico de Kiev celebrando goles con una moción de censura en su contra recién presentada. Como Rajoy, ante todo, siempre ha sido un hombre disciplinado, accedió a ver la final por plasma. También a través de una pantalla contemplaría atónito el jueves por la tarde el pleno previo a la votación que lo echaría de la presidencia. Ocho horas pasó en el reservado del bar Arahy refugiándose inútilmente de la realidad mientras su Gobierno se desmoronaba.

Volver a fumar para calmar el shock no es de lo que más tenía que arrepentirse al salir del Arahy, sino del desánimo que provocó su ausencia del Congreso

Haber vuelto a fumar para calmar el shock no es de lo que más motivos tenía para arrepentirse al salir del Arahy, sino del desánimo que esa tarde provocó su ausencia del Congreso de los Diputados entre las desnortadas filas del Partido Popular. Haber dejado sola a la tropa cuando más lo necesitaba era un gesto impropio de alguien que lo ha dado todo por un partido que preside desde hace 14 años y en el que ostenta cargos desde antes incluso de que existiera como tal. Entró como diputado cuando aún se llamaba Alianza Popular en las primeras elecciones gallegas en 1981. Por entonces su sucesor, Pedro Sánchez, cursaba 4º de E.G.B.

Reunirse con Rajoy en La Moncloa, según sus propios barones, era hacerlo con un hombre cercano y agradable en el trato. Se mostraba muy comprensivo cuando iban a reunirse con él y la mayoría acababa convencido de salir de su despacho habiendo logrado del presidente lo que le pedían. Luego iban pasando las semanas y los meses hasta que se daban cuenta de que no había movido un dedo por ellos. Desesperaba, pero no irritaba. Por su amabilidad, según sus oponentes políticos, siempre ha resultado muy difícil odiarle.

Pasará también a la Historia como un presidente frío y calculador. Fue el único que se atrevió a decirle que no al rey cuando en 2016 le encargó formar Gobierno, capaz de manejar los plazos que más le convenían a él y su partido aunque aquello supusiera dejar España diez meses sin Gobierno. Entonces esperó y ganó la repetición de elecciones con el ejecutivo en funciones. 314 días tardó en lograr el Gobierno y solo 7 en perderlo. La derrota más dura desde que perdió contra pronóstico sus primeras elecciones como candidato en marzo de 2004, cuando aquel socialista leonés al que llamó “bobo de solemnidad”, José Luis Rodríguez Zapatero, le ganó en las urnas tras el atentado terrorista del 11M.

Siete días antes de su desahucio exprés de La Moncloa, la vida sonreía a Rajoy. Solo la sentencia de la Gürtel empañaba el horizonte

Siete días antes de su desahucio exprés de La Moncloa, la vida sonreía a Rajoy. Acababa de aprobar los Presupuestos Generales convencido de que le garantizaban el poder dos años más. Solo la sentencia de la Gürtel, caso del que él siempre se ha sentido más víctima que responsable, empañaba el horizonte. También se había producido unos días antes la detención del ex ministro popular Eduardo Zaplana por blanqueo de capitales, cohecho y malversación, pero no veía el presidente del PP por qué iba a tener él ninguna responsabilidad. A su entender, el ex presidente de la Generalitat de Valencia era parte de la herencia recibida que le dejó Aznar y de la que él se deshizo en cuanto pudo. Ni un lamento por el amigo del partido con el que compartió cientos de mítines y varios Gobiernos que pasaba a engrosar la fría lista de “personas de las que usted me habla”, a lo Francisco Camps, Ángel Acebes y Rodrigo Rato.

Fue su fiel escudera María Dolores de Cospedal la encargada de explicar tras conocerse la sentencia de la Gürtel que la corrupción no era un problema de su partido sino de “las personas que hacen cosas”. También sería la ex ministra de Defensa, una semana más tarde, la que tuvo que salir del Arahy camino del Congreso para explicarle a los periodistas que Rajoy no pensaba dimitir. Confirmaba en diferido que el ausente prefería salir derrotado en la moción de censura que asumir ninguna responsabilidad por la Gürtel.

Nada de esto podían imaginarse hace tan solo una semana en Moncloa, cuando lo más parecido a un contratiempo era tener que cancelar el viaje a Kiev. La mejor estrategia para desactivar la moción de censura de Sánchez que se le ocurrió al todavía jefe de Gobierno fue acelerar la votación lo más posible. Quería Rajoy pasar el trámite cuanto antes. Y pasar pasó, pero en la dirección contraria a la que esperaba. Y hasta al propio socialista le tiene que costar entender cómo se ha podido convertir en presidente cuando menos apoyo le daban las encuestas.

Un sábado ve ganar a su equipo la Champions con un whisky on the rocks en el sofá y, al sábado siguiente, aparece de sopetón otro señor viviendo en su casa

Ana Pastor, presidenta de la Cámara y amiga íntima de Rajoy, miembro clave de su guardia pretoriana más leal hasta el final, anunciaba el lunes que el pleno sería tan solo cuatro días después. Tic tac. El gran manejo de los tiempos que siempre se le ha atribuido al gallego en sus siete años como presidente del Gobierno, esa capacidad de esperar sin hacer nada que tanto desestabilizaba a sus contrarios, fue paradójicamente la clave de su derrota. No midió Rajoy que dejando que con el PNV negociaran terceros se estaba jugando su puesto. Ni calculó que precipitando los acontecimientos lo que le quitaba al PSOE no era margen para encontrar apoyos entre los demás grupos, sino tiempo para que se pelearan entre ellos. La moción de brocha gorda prosperó.

Es difícil ponerse en su lugar. Un sábado ve ganar a su equipo la Champions tranquilamente con un whisky on the rocks en el sofá y, al sábado siguiente, aparece de sopetón un señor 17 años más joven viviendo en su casa al que el servicio de Moncloa también le llama presidente. Paradójico final para un hombre con fama de tranquilo al que no le gustan los imprevistos ni las prisas. Solo corre por deporte, cada mañana, desde que caminar rápido le dijeron que le vendría bien para la salud.

Normal que con lo vertiginoso de su semana maldita Rajoy no entienda bien lo que ha pasado, pero ya hace tiempo que vivía perplejo con los nuevos tiempos políticos

Normal que con lo vertiginoso de su semana maldita Rajoy no entienda bien lo que ha pasado, pero ya hace tiempo que vivía perplejo con los nuevos tiempos políticos. Esta legislatura ha tenido momentos en los que parecía un extraño crossover en el que se mezclaban La Regenta y Al salir de clase. Hay universos paralelos que tienen muy difícil encajarse. Y el encanto de su pose de señor respetable de provincias, como recién salido de una heroica ciudad que dormía la siesta narrada por Clarín, iba camino del anacronismo también entre sus electores. Sobre todo desde que en enero de 2016 entraron los millenials en las Cortes Generales de las que él era diputado desde 1989.

Retirado Rubalcaba, Rajoy era el líder político que peor llevaba que Ciudadanos y Podemos hubieran mandado al bipartidismo al rincón de pensar. Si Sánchez le parecía un “marciano”, como él mismo dijo alguna vez, lo de ver a sus señorías vistiendo en vaqueros y comiendo una manzana en el escaño ni siquiera le cabía en la cabeza. Cómo sería la cosa que hasta llegó a echar de menos a Zapatero. Y más lo van a añorar a él quienes se habían acostumbrado a vivir divinamente contra Rajoy.

Si se queda al frente del PP, chupando oposición una vez consumada su derrota, será porque Rajoy sabe que si se marcha ahora el partido se rompe. Se considera así mismo la bóveda de piedra que lo sostiene. Estar en la oposición le puede servir al partido que llevaba siete años en el Gobierno para preparar el asalto al poder. Si sale mal se arriesga a descomponerse del todo. Dependerá en gran parte de lo capaz que sea Rajoy de tutelar su propia sucesión.

Esta legislatura ha tenido momentos en los que parecía un extraño crossover que mezclaba ‘La Regenta’ y ‘Al salir de clase’

Le gusta el queso, el albariño y la empanada de su tierra, a la que ahora podrá volver más a menudo. En su nueva vida como ex presidente volverá incluso a tener tiempo de ver la televisión, aunque de ella apenas le interese nada más que los deportes. Ya no tendrá que temer que un sobresalto de la crisis catalana le arruine una tarde de Tour. Y lo que seguro no se perderá mientras el presidente Sánchez lidia con los desafíos independentistas son los partidos de la Roja en el Mundial. En vez de hacerlo con todos los honores desde el palco presidencial, ahora podrá verlos desde su querido Sanxenxo.