El nuevo ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. en el complejo de La Moncloa.

El nuevo ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska. en el complejo de La Moncloa. EFE

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Marlaska según Marlaska

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Marlaska según Marlaska

Aproximación al nuevo ministro del Interior a través de sus propias reflexiones sobre la homosexualidad, la corrupción, el final de ETA, el papel de la Iglesia o su amor a los animales. Su lema vital, que lleva tatuado en la piel, es 'Ni pena ni miedo’

Durante años sufrió la amenaza de ETA cuando ejercía como juez y la banda terrorista estaba en plena actividad sanguinaria. Aparecer entre los potenciales objetivos del Comando Vizcaya no ha sido el único obstáculo serio que ha debido salvar en su vida. La incomprensión de su familia cuando les comunicó su condición de gay ha sido una de las experiencias más «traumáticas» vividas por Fernando Grande-Marlaska (Bilbao, 1962), el magistrado al que Pedro Sánchez ha sacado del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) para confiarle la cartera de Interior.

Nadie mejor que Grande-Marlaska para dibujar el retrato de Grande-Marlaska. Por eso El Independiente rescata las reflexiones sobre la homosexualidad, el machismo, la presión de los nacionalismos, la lacra de la corrupción, su afecto por los animales o el peso de la Iglesia católica en la sociedad del siglo XXI que el juez desarrolló en su libro Ni pena ni miedo (Ariel, 2016). No se trata sólo del título de su primera obra. Es mucho más, es un estilo de entender la vida. Y tan presente tiene este verso del poeta Raúl Zurita, que aparece en un geoglifo en el desierto chileno de Atacama, que lo lleva tatuado en su muñeca derecha. Si quisiera ser hoy guardia civil, de salir adelante la orden redactada por la dirección del Cuerpo para regular el aspecto físico de los agentes, tendría que someterse a un tratamiento para retirárselo al quedar en zona visible con el uniforme de verano.

Salir del armario. En junio de 2006, Fernando Grande-Marlaska se convirtió en una de las primeras personas de relevancia pública –era un juez conocido por los sumarios que instruía en la Audiencia Nacional– en reconocer públicamente su homosexualidad. Fue en una entrevista publicada en El País Semanal concedida a la periodista y escritora Rosa Montero, fundadora del grupo de amigos Salamandra en el que los dos ejercen activa militancia entre viajes, tertulias y comidas. Hasta aquel 11 de junio, ocho meses después de haberse casado con Gorka, el magistrado vizcaíno había vivido un infierno de incomprensión.

Hasta entonces, su condición de gay sólo era conocida en un círculo restringido. Su primera confidente fue Feli Herrero, compañera de promoción en la escuela judicial a la que se lo confesó cuando él tenía 25 años. Poco a poco fue confiándoselo a otros amigos y compañeros hasta que llegó el momento de contárselo a su madre, «uno de los pilares más sólidos» de su vida. Fue a raíz de conocer en enero de 1998 al profesor de inglés con el que comparte vida desde entonces e irse a vivir con él durante su etapa de juez en Bilbao, antes de instalarse en Madrid. «Se lo dije mientras tomábamos apaciblemente café después de comer el día 3 de febrero (¡ay, la memoria!). Yo tenía 35 años… se dice pronto. Su reacción fue la peor posible: se agarró de los pelos, se metió en la cama vestida y estuvo 15 días sin salir», relata en el libro.

La incomprensión de su familia cuando les comunicó su condición de gay fue una de las experiencias más «traumáticas» vividas por el hoy ministro del Interior

No menos dolorosa fue la reacción del hermano mayor de su marido cuando murió la madre de éste en 2002 y aquél se negaba a que apareciera su nombre en la esquela mortuoria. «La desavenencia familiar me hizo más duro, me encalleció el ánimo, pero, para hacer bueno el dicho de que no hay mal que por bien no venga, me persuadió de la necesidad de militar por causas que, aunque parecen resueltas, necesitan nuestra vigilancia y nuestra militancia. Buena parte de este libro está dedicada a ellas. Además, ya lo dice Proust: ‘La felicidad es saludable para el cuerpo, pero es la pena la que desarrolla las fuerzas del espíritu. ¡Y vaya si todo aquello estimuló las fuerzas del espíritu…!», expone.

Fue precisamente el dolor de la ruptura familiar –dejó de hablarse con ellos durante años, confiesa– lo que impulsó su activismo a favor de la causa gay, que considera «imprescindible». En octubre de 2005, un año después de que se aprobara la Ley del Matrimonio Homosexual en España, Grande-Marlaska contrajo matrimonio con su actual marido. Cuando contó que se había casado con un hombre, un guardia civil se cuadró ante él y le felicitó: “¡Enhorabuena, señoría!”.

Machismo. Tener una madre que trabajaba fuera del hogar y ser el único varón de tres hijos hizo que Grande-Marlaska creciera en un ambiente donde había que compartir las tareas domésticas sin asignación de sexos, lo que le permitió no percibir actitudes machistas en su entorno más cercano. La discriminación por razón de sexo es otro de los asuntos que aborda el hoy ministro en el libro. «El machismo es la marmita que contiene todos los ingredientes con los que se cocina la injusticia de la desigualdad entre hombres y mujeres que la humanidad arrastra desde siempre y que es extraordinariamente difícil de erradicar en todas partes, también en los países desarrollados. La lucha contra esta lacra es una cuestión de principios y de derechos humanos. No es que yo esté especialmente sensibilizado en esta cuestión, sino que la considero algo tan elemental como pueda ser saber leer y escribir o no empujar al vecino cuando ambos vamos a cruzar una puerta. El machismo no es algo anecdótico ni folclórico. No es una lacra del pasado. No es algo ajeno a nuestras costumbres», escribe.

En este sentido, el juez lamenta que la mujer siga percibiendo salarios más bajos que el hombre pese a realizar el mismo trabajo, que tenga más dificultades a la hora de conciliar la vida familiar con la laboral que los varones y que aún sea escaso el número de féminas que logra llegar a puestos de relevancia en las empresas españolas. «Al ritmo que vamos habrá que esperar hasta 2056 para conseguir que el 40 % de los cargos directivos sean ocupados por mujeres», lamenta.

Grande-Marlaska, sobre el machismo: «La lucha contra esta lacra es una cuestión de principios y de derechos humanos»

Violencia de género. En los años noventa, cuando ejercía como juez de instrucción en Bilbao, Grande-Marlaska investigó un caso de abusos en el contexto familiar que le dejó marcado. El acusado terminó siendo condenado a 17 años de prisión como autor de delitos continuados de violación y agresión sexual tras abusar durante años de sus dos hijas y de una sobrina en un ambiente de «absoluto dominio, tiranía, terror y aislamiento social».

«Era terrorífico ver a aquellas criaturas totalmente perturbadas por años de brutalidad, incuria y desprotección. La situación tenía mucho que ver con aquel caso del austríaco que durante varias décadas mantuvo encerrada a una hija sometiéndola durante todo ese tiempo a abusos y violaciones, y que de alguna manera sirvió de inspiración a la película La habitación, de Lenny Abrahamson», añade. Refiere este episodio en el libro para alertar de lo «indetectable» que resulta a menudo las agresiones que se producen en el seno de la familia y la delgada línea que separa «las actitudes machistas y la violencia de género».

Tampoco olvida cuando cierta noche de 1990, estando de guardia, una mujer se presentó en el juzgado demandando protección tras haber sido agredida por su marido. Sin existir entonces legislación específica, ni policía especializada ni conceptos como el de las lesiones psicológicas, optó por ordenar al esposo que desalojara el domicilio familiar, entregarle la vivienda a la mujer e hijos y prohibirle a aquél que se acercara a ellos. «Me siento especialmente orgulloso de las decisiones que tomé aquella noche porque contribuyeron a los cambios que se produjeron más tarde, pero, increíblemente, había en ellas una buena parte de improvisación y eso no debe ser así», razona. En su opinión, la Ley de Violencia de Género -promulgada a finales de 2004- supuso un «avance muy importante», pero las estadísticas reflejan que los resultados «son insuficientes».

El maletín del ministro del Interior, instantes antes de la toma de posesión de Grande-Marlaska.

El maletín del ministro del Interior, instantes antes de la toma de posesión de Grande-Marlaska.

El peso de la Iglesia. No es creyente y defiende la necesidad de acometer con urgencia «transformaciones» en materia de separación Iglesia-Estado, de lo que se considera un «ferviente defensor». «En España siguen vigentes los leoninos acuerdos con la Santa Sede de 1979 que nadie se ha atrevido todavía a revisar por miedo a la influencia enorme que todavía en nuestros días ejerce la Iglesia católica entre nosotros», argumenta para justificar por qué dedica a esta cuestión un capítulo en el libro. Y añade: «La religión es un poco como el gas: en cuanto te descuidas, acaba ocupando todo el espacio disponible y organizando las relaciones entre los humanos y las de los humanos con el universo entero hasta donde se les permite en algunas sociedades. Y la organización social, como reza nuestra Constitución de 1978, debe ser aconfesional».

Grande-Marlaska pone la vista en el caso de Francia, con la célebre ley promovida por el diputado Aristide Briand -uno de los fundadores del Partido Socialista Francés (PSF)- en 1905, que está vigente más de un siglo después y que constituye un «referente mundial en estas cuestiones». «Allí se toleran todas las creencias pero lo público no es confesional», recuerda. A su juicio, la Iglesia no debe vertebrar sus valores en la educación, sino en el resto de actos «en los que expresen opiniones respecto de los distintos asuntos públicos». «El altar no puede modificar la escala de valores de la ética pública, que es la argamasa de la cohesión social», zanja.

El juez se define como «ferviente defensor» de la separación Iglesia-Estado y cree que ha llegado el momento de revisar los acuerdos suscritos con la Santa Sede en 1979

Afecto por los animales. En la casa de los Grande-Marlaska no hubo tradición de tener animales, insustituibles hoy para el titular de Interior. Y eso que sus primeras experiencias no fueron precisamente agradables. Cuenta que, viviendo ya con su marido, había preparado un pollo asado que esperaba el momento de ser degustado en un plato colocado encima de la mesa de la cocina. En un descuido, el gato siamés Ursicio -contribución de su pareja al hogar en común- se hizo con la presa y se disponía a darse un banquete alejado de fisgones bajo la cama del dormitorio principal. El juez sorprendió al felino y no sólo recuperó el pollo sino que condenó a Ursicio con pena de ‘destierro’.

En otra ocasión, reconoce que propinó una «paliza» a una perra llamada Thera por miccionar en un sitio inadecuado. Son páginas ya pasadas y el libro es un canto al afecto que siente por los animales, que forman parte de su día a día y condicionan hasta sus vacaciones. «Aportan sentido de la responsabilidad, de la lealtad, cariño. En estos momentos no me puedo imaginar lo que sería mi vida sin ellos. Merece la pena compartir con ellos la vida, de verdad. Llenan muchos espacios de tu existencia», proclama.

La corrupción. Tampoco pasó por alto en su ensayo la lacra de la corrupción, cuya persecución ha permitido a la Justicia -en su opinión- recuperar «notoriamente el aprecio de los ciudadanos». Grande-Marlaska lamenta la «gran tolerancia» con la que la corrupción es vista todavía por muchos ciudadanos y advierte del perjuicio a los «valores sociales» cuando se produce en el ámbito público. Y aporta su particular receta: «Es necesario atajar la corrupción desde la sanción, desde luego, pero sin olvidar la prevención posible de las conductas corruptas (…). Todo lo que hemos padecido relacionado con la corrupción estaba ya en nuestra sociedad: banqueros que se enriquecían en un tiempo récord, empresarios que se hacían poderosos magnates… Todos ellos eran modelos a imitar. Y aquí es donde la prevención habría sido necesaria. Para empezar, en la escuela, con una educación en los valores democráticos. Esto es absolutamente fenomenal. Siempre llego a la misma conclusión se trate del tema de que se trate. También hacen falta más jueces que se organicen para una mayor eficiencia a la hora de castigar ese tipo de delitos», propone.

Una vez desaparecido el terrorismo en Euskadi, la ciudadanía ha perdido el miedo a participar en política y a hablar», sostiene el juez bilbaino

La situación de la Justicia. Hace dos años, Fernando Grande-Marlaska defendía en las páginas de Sin pena ni miedo la necesidad de abordar un pacto de Estado con el resto de fuerzas políticas para mejorar el funcionamiento de la Justicia. Ahora tendrá ocasión de plantearlo en las reuniones semanales del Consejo de Ministros. «Un Estado moderno y de derecho que pretenda garantizar la paz social y los derechos y libertades del conjunto de ciudadanos no puede apoyarse en el mayor o menor voluntarismo de los jueces: vaya por delante mi admiración por su esfuerzo, pero deben ponerse en funcionamiento las herramientas necesarias para lograr más eficacia», planteaba. En su opinión, «se han realizado importantes esfuerzos» pero «queda mucho por hacer».

No lo sitúen en el bando de los que reivindican que los miembros del CGPJ sean elegidos por los jueces en lugar de por el Parlamento, como sucede ahora. Él lo explica así: «Quienes adoptan esta postura afirman que con su modelo se garantiza necesariamente la independencia. Yo creo que en esa opinión late lo que podríamos llamar intereses endogámicos. Nosotros entendemos, en cambio, que la intervención del Parlamento no sólo no pone en tela de juicio dicha independencia, sino que además tiene la gran ventaja de legitimar el gobierno de los jueces porque implica la intervención de la soberanía popular».

ETA, el final de la pesadilla. «Para los que vivíamos en el País Vasco, el terrorismo formaba parte del paisaje desde que tenías uso de razón. Lo vivías de una forma extraña, era algo aberrante, como una tara, como una patología social, pero era un fenómeno que, como la lotería, les tocaba siempre a los demás: en este caso policías, militares y guardias civiles. Y esa actitud de la sociedad civil que miraba para otro lado cuando se estaba produciendo toda aquella infamia nos hacía a todos un poco cómplices de lo que ocurría. En Donosti y en Sevilla», reflexiona el hoy ministro. Habla con conocimiento de causa. Creció en el País Vasco en los años de plomo y, ya como magistrado, se convirtió en blanco de ETA.

«A veces se detuvo a gente del entorno de ETA que vigilaba nuestra vivienda en Bilbao, se descubrieron en poder de ETA planos del portal con el ascensor y finalmente se supo que planeaban poner una bomba lapa debajo de nuestro coche aprovechando nuestras salidas a Ezcaray [La Rioja], a una casa que tiene mi familia. Aún hoy me estremece pensar que de haber viajado allí uno de aquellos fines de semana de 2008, como solíamos hacer, probablemente habríamos tenido muchos posibilidades de recibir en carne propia el golpetazo de la barbarie, como se supo después por la confesión de una detenida», recordaba entonces. Con ETA ya disuelta, la amenaza terrorista que tendrá que combatir hoy como ministro del Interior es la yihadista.

Nacionalismos vasco y catalán. Grande-Marlaska reconoció que abandonó Bilbao en el año 2003 «cansado de la presión del nacionalismo rocoso e inevitable» que sentía allí. «Debo decir que a mí me resultaba y me resulta tan agobiante el ambiente nacionalista como el mismísimo terrorismo, que ya es decir. Este último es más expeditivo, es verdad, pero no es la desesperante gota malaya del patriotismo diario», sostenía el juez, convencido de que la apuesta de las élites catalana y vasca por el independentismo «se les ha ido la mano y es absolutamente inviable». Cuando escribió este libro, el soberanismo catalán no había echado todavía el órdago al Estado pero el escenario ya empezaba a cambiar en el País Vasco ante el fin de la actividad de ETA: el sentimiento nacional en esta comunidad -precisaba entonces- estaba por debajo del 25 %, en una tendencia claramente en retroceso.

«Una vez desaparecido el terrorismo en Euskadi, la ciudadanía ha perdido el miedo a participar en política y a hablar. De cada diez ciudadanos vascos, seis entienden que es compatible ser vasco y ser español. Y eso incluso entre los votantes del PNV», señala Grande-Marlaska. Con todo, lanzaba un mensaje de prudencia: «No hay que fiarse de que las cosas vayan a estar para siempre así en el País Vasco. El nacionalismo y el independentismo sufren siempre variaciones en su intensidad según el momento histórico. Pero es innegable que esa áspera manera de entender la nación vasca que se daba antes ya no se da (…) Una salida independentista a la catalana es absolutamente inviable actualmente en el País Vasco».

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