A primera hora del 18 de junio Pablo Casado, vicesecretario de Comunicación del PP, presentaba su candidatura a la presidencia del partido. Los pesos pesados del partido aún no habían decidido qué hacer. Todos esperaban que Alberto Núñez Feijóo diera el paso para sustituir a Mariano Rajoy, que había anunciado que se marchaba el 5 de junio, tres días después de que Pedro Sánchez ganase la moción de censura.

Como poco, el paso de Casado parecía temerario. Algunos dirigentes del partido pensaron que el movimiento del joven diputado por Ávila era una maniobra para animar al presidente gallego a pronunciarse, toda vez que el calendario marcado por la dirección del PP situaba la primera vuelta para la elección del presidente en el 5 de julio, y en las sedes de la organización comenzaba a extenderse un incómodo nerviosismo. Un partido acostumbrado a que el nombre de su líder se conociese antes incluso de que los delegados votaran en sus congresos no podía permitirse esa peligrosa incertidumbre.

Pero ese mismo día, el 18 de junio, Núñez Feijóo convocó a los medios de comunicación a las siete de la tarde para dar su respuesta. La expectación era máxima. Como si de un enviado del cielo se tratara, la militancia esperaba un gesto suyo para ponerse en marcha. Pero dijo que no, que se quedaba en Galicia, provocando una conmoción justificada. Los mecanismos de autodefensa de la organización se pusieron inmediatamente en marcha. Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal anunciaron sus candidaturas al día siguiente.

La madre de todas las batallas estaba servida. Dos fuerzas de la naturaleza, la mano derecha y la mano izquierda de Rajoy, enfrentadas durante años y con una capacidad destructiva fuera de lo normal, se postulaban para disputarse la herencia de un partido en declive ante la espantada del líder gallego, aparentemente tan dañina como la huida a Santa Pola del hombre que llevó al centro derecha en España a la cima de su poder en las elecciones generales de 2011.

Ante esa confrontación que enfrentaba al aparato (Cospedal) con el poder institucional (Santamaría), las opciones del vicesecretario parecían residuales.

Sin embargo, Casado ha dado la gran sorpresa al situarse con 19.967 votos como el candidato que le disputará el liderazgo a Sáenz de Santamaría (21.513 votos) en el Congreso que se celebrará dentro de quince días.

¿Qué ha ocurrido en apenas tres semanas para que se haya producido ese vuelco contra pronóstico? El éxito de Casado ha sido el fruto de una arriesgada apuesta que ha puesto de manifiesto que el PP no era el paquidermo que algunos dirigentes creían manejar con autoridad. Si nada se tuerce, lo que equivale a su imputación por el contencioso del máster, Casado tiene todas las papeletas para ser elegido presidente del PP el próximo 21 de julio.

Nadie parecía darse cuenta de que el PP era como el Titanic”, afirma uno de los colaboradores del candidato a presidir el partido

El anuncio de Rajoy de que abandonaba la política sorprendió a casi todo el mundo. Antes de la reunión del órgano de dirección del partido tal vez Cospedal y Santamaría eran las únicas que sabían de antemano lo que iba a anunciar.

El caso es que la marcha del, hasta ese momento, líder indiscutible, abría una reflexión inesperada: “¿Y ahora qué?” La seguridad de que Núñez Feijóo daría el paso mantuvo las aguas de la organización tranquilas durante unos días. Pero en el equipo de Casado, a medida que pasaba el tiempo, se tenía la seguridad de que el presidente gallego no lo tenía nada claro.

Uno de sus colaboradores más cercanos asegura: “Le preguntamos qué iba a hacer porque Casado le hubiera apoyado si hubiera decidido presentarse. Pero nunca nos dio una respuesta concreta. Pensamos que nos estaba tomando el pelo. Al final decidimos adelantarnos ante la convicción de que no iba a presentar su candidatura”.

Una semana antes de ese 18 de junio en el que, sin saberlo, comenzaba el cambio en el PP, el vicesecretario de Comunicación popular y sus personas más cercanas (Maroto, Levy y un reducido grupo de diputados) mantuvieron discretas reuniones para valorar los distintos escenarios. La conclusión era evidente: si Núñez Feijóo se presentaba, había que apoyarle; si no lo hacía, Soraya y Cospedal irían a la batalla, pero ninguna representaba el cambio que necesitaba el partido.

A medida que pasaban los días la opción de dar el paso adelante iba ganando terreno. Desde distintas provincias se recibieron llamadas de la gente más joven del partido reclamando aprovechar la oportunidad que se presentaba para cerrar definitivamente una etapa que había muerto con la moción de censura y que había estado marcada por la corrupción.

¿Había llegado la hora del relevo o el PP estaba condenado a una muerte lenta de la mano de las personas que habían ejercido el poder junto a Rajoy en los últimos diez años, los transcurridos desde el Congreso de Valencia?

“Todo había cambiado en España en muy poco tiempo, pero ni en Génova ni en Moncloa parecían ser conscientes de ello. El partido se había convertido en el Titanic. Estábamos a bordo de un gigante que se hundía, nadie se daba cuenta”, afirma una de las personas de la máxima confianza de Casado.

La convicción de que Soraya y Cospedal disputarían la presidencia del partido se vio más como una oportunidad que como un obstáculo. Si había algo que Casado y su equipo tenían claro era que las bases del partido temían, por encima de todo, la división, el cisma, la ruptura. En la guerra de bloques que se vaticinaba, la tercera vía de Casado era percibida como la baza de la cohesión. Y de ahí nació el lema que ha sido el eje central de su campaña: “Si yo gano, nadie pierde”.

El sector más joven del partido ha optado nítidamente por Casado. Como ocurrió en el PSOE, al final se ha demostrado que los aparatos no controlan tanto como ellos creen. Cuando los militantes tienen la palabra es difícil adivinar lo que puede ocurrir.

Eso no quiere decir que esos aparatos no hayan actuado a fondo. Lo ocurrido en Andalucía o en Castilla La Mancha es la mejor prueba de ello. En gran medida, Sáenz de Santamaría le debe su triunfo a la magia de Javier Arenas, un viejo zorro que ha demostrado por qué ha sido capaz de sobrevivir a las circunstancias más adversas.

Las informaciones sobre su máster en la URJC se van a convertir en el arma favorita de sus enemigos para evitar que llegue con opciones de ganar al congreso

La rueda de prensa que dieron los candidatos en la noche del 5 de julio fue tan breve como reveladora. La ex vicepresidenta del gobierno, saboreando un éxito que le sabía a gloria al haber hecho morder el polvo a su íntima enemiga, María Dolores de Cospedal, ofreció abiertamente un pacto a Casado. Sáenz de Santamaría hará todo lo posible por evitar llegar al Congreso sin una lista única. Incluida la apelación a Rajoy (como explica Cristina de la Hoz). Sabe que tendría muy difícil ganar en un Congreso abierto, donde los compromisarios, aunque sólo sea por descarte, pueden darle una holgada victoria a su rival.

¿Es posible ese pacto? Contesta alguien que ha vivido intensamente la campaña al lado de Casado. “Soraya no está en la órbita de Casado. Al margen de algunas cuestiones ideológicas, no ha compartido algunas decisiones que ha tomado en el gobierno y, además, hemos sufrido su soberbia y la de su equipo. No hay química. Eso lo saben las personas que han estado en la dirección del PP en los últimos años”. Por ello, no hay que sorprenderse de que Casado haya rechazado la oferta de asumir la secretaría general del partido que le ha puesto sobre la mesa Santamaría si aceptaba una lista conjunta.

Sáenz de Santamaría no es sólo una persona que ha demostrado sobradas dosis de astucia política unida a una enorme capacidad de trabajo. Conserva multitud de conexiones, sigue siendo una mujer de poder y, por tanto, maneja información sensible. Ese es uno de los temores que inquietan al equipo de Casado. Los próximos quince días van a ser muy intensos. Cualquier información que ponga en duda la honorabilidad de Casado sería letal para él y le daría el triunfo indiscutible a Soraya.

La política se ha encanallado hasta el punto de que nadie duda en el PP de que la caída de Cristina Cifuentes (¿quién se acuerda ahora de que era, junto a Núñez Feijóo, una de las llamadas a sustituir a Rajoy?) ha sido víctima del llamado fuego amigo.

Casado es consciente de los riesgos que ha asumido al postularse como líder del partido mas votado de España. La tensión que ha sufrido (y que le ha costado algún disgusto de salud) no será nada en comparación con lo que le espera a partir de ahora. Cada día tendrá que resolver una crisis, como mínimo. Por ello, ha sido fundamental a la hora de dar el salto el apoyo de su mujer, Isabel, y de sus padres, que le han arropado en todo momento y animado a que diera la batalla.

Hemos sufrido su soberbia y la de su equipo. No hay química”, dice de Santamaría un colaborador próximo de Casado

Como piedras van a caer sobre él no sólo las dudas sobre su máster de la URJC, o sobre su licenciatura de Derecho, sino sobre su supuesto padrino, José María Aznar. Casado, él no lo ha ocultado, representa los valores más arraigados en la derecha conservadora, lo que le ha hecho ganar ciertas simpatías, como la de la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Pero el ex presidente de gobierno no ha tenido nada que ver en su decisión de optar a la presidencia del partido. Es más, su entorno le ha pedido a Aznar que no le apoye, al menos públicamente.

Quince días de infarto como no se recuerdan en el PP. Eso es lo que le espera a Pablo Casado. Si sabe aguantar la presión; si, como mantiene, no ha cometido ninguna irregularidad o ilegalidad que pueda estallarle entre las manos, tiene una oportunidad histórica para cambiar un partido que ha dejado de ser atractivo para la mayoría de los jóvenes.

Un ex ministro lo resume así: “Pablo tiene que ganar, no sólo porque lo merece, sino porque es lo correcto, porque es lo mejor para el PP”. Puede ser… Si la guerra sucia no lo impide.