Abril de 2017. En Twitter se registra la cuenta @CDRepublica. Pocos días después, el periódico local El Cugatenc entrevista a Marta y Óscar, dos de los impulsores del Comité de Defensa de la República que se acaba de constituir en Sant Cugat del Vallès (Barcelona). Todavía no hay fecha ni pregunta para el referéndum que quiere impulsar Carles Puigdemont y el 1-O, oficialmente, no existe. Pero ellos sí: el primer CDR. Sin saberlo, el germen del que será posteriormente el motor del independentismo más combativo en la calle.

Entonces eran unas 50 personas, procedentes en su mayoría de colectivos anticapitalistas, feministas, libertarios, de la CUP e incluso de Podem. No había nadie que procediera de ERC y la participación del espacio convergente en un movimiento de este tipo todavía era utópica. «Venimos a reforzar, no es ninguna carrera. Nos abrimos por la izquierda porque por la derecha es muy difícil», afirmaban cuando se les preguntaba por el PDeCat. 18 meses después los mensajes de este CDR local los reciben directamente por Telegram más de 1.500 personas y el espectro ideológico se ha abierto casi del todo.

La mayoría de los CDR nacieron el fin de semana del 1-O, organizando cenas y proyecciones para mantener los colegios llenos y dificultar su cierre

El carácter izquierdista del origen de los CDR lo confiesa el propio nombre, inspirado en los Comités de Defensa de la Revolución implementados por Fidel Castro en Cuba en la década de los 60. «Describe muy bien lo que somos y lo que queremos», decían sus impulsores. El de Sant Cugat es el único Comité de Defensa de la República previo al 1-O que siempre se ha llamado así. El resto nacieron como Comités de Defensa del Referéndum. Algunos en verano (Nou Barris, Alt Penedès), pero la mayoría durante el mes de septiembre y, especialmente, tras los registros de la sede de la consejería de Economía y Hacienda, los días 20 y 21 de septiembre.

Más concretamente, los CDR nacieron en los colegios. Se llamó así a los grupos encargados de atrincherarse en los centros de votación durante el fin de semana para que Mossos d’Esquadra, Policía Nacional y Guardia Civil se los encontraran llenos el domingo, cuando llegasen a desalojarlos. Básicamente se aseguraron de organizar cenas, proyecciones y talleres para mantener a la gente ocupada. Y algo más importante: se encargaron de hacer llegar a los colegios las urnas que habían viajado de forma secreta a Cataluña desde China, vía Marsella. Sólo después de aquello cambiaron de apellido y la ‘R’ de Referéndum se convirtió en ‘R’ de República.

Bunkerizados

Tanto han cambiado los CDR que entonces sus portavoces se dejaban hacer fotos, grabar vídeos y daban sus nombres y apellidos. Ahora esto es prácticamente impensable. Los portavoces rotan cada pocas semanas y generalmente hablan en condición de anonimato, si es que hablan. No es raro. En febrero, la Guardia Civil remitió un informe sobre los CDR al juez Pablo Llarena en el que se trataba de identificar a los ‘cabecillas’ de esta organización de mil cabezas. En vano.

Cada vez es más difícil que un portavoz de los CDR hable con nombres y apellidos, especialmente después de los intentos de la Guardia Civil por identificar a sus cabecillas

La lista, publicada en su día por El Confidencial, era un batiburrillo de nombres en la que se mencionaba a ocho personas como «responsables», entre ellas Antonio Baños, exdiputado de la CUP. El resto era gente más o menos anónima, pero que había cometido el error de aparecer en medios de comunicación como portavoz de alguno de los más de 300 CDR constituidos en toda Cataluña y algunas ciudades del extranjero. Eso y la posterior detención de Tamara Carrasco como ‘cabecilla de los CDR’ bajo cargos de terrorismo -difundió por WhatsApp instrucciones para sabotear un peaje- terminó de imponer el hermetismo casi total en todo el movimiento.

La famosa lista de la Guardia Civil mezclaba conceptos y hacía referencia también a «los responsables» de la organización En Peu de Pau (En pie de paz), a la que relaciona con los CDR pero que básicamente se dedica a elaborar guías bastante básicas para saber cómo actuar en una manifestación, en una acción de resistencia o, incluso, en el caso de ser detenido o tener que entrar en prisión. Y cita como cabecillas a una lista de lo más heterogénea, cuyos miembros lo son principalmente por haber participado en algún taller o cursillo. Entre otros Rubén Wagensberg (diputado de ERC), David Fernández (ex líder de la CUP), representantes de los estibadores del puerto de Barcelona, del sindicato Intersindical-CSC que convocó la huelga del 8-N o incluso líderes destacados de la ANC y de Òmnium como Ariadna Isem, Joan Vallvé o Marcel Mauri.

Batalla por el control de la calle

Sin embargo, la distancia entre estas organizaciones y los CDR siempre se ha hecho evidente en la calle. Con especial énfasis el pasado 30 de enero, cuando el Parlament rechazó investir a Carles Puigdemont tras las elecciones del 21-D. ANC y Òmnium habían convocado una concentración para jalear el posible regreso del president, pero acabaron desconvocándola tras la decisión de Roger Torrent de suspender el pleno. Los CDR no acataron esa desconvocatoria y provocaron incidentes dentro del parque de la Ciudadela, tratando de superar las vallas y llegar hasta el Parlament. A diferencia de este lunes, en la conmemoración del 1-O, entonces no lo consiguieron. ANC y Òmnium condenaron los hechos.

Los CDR escapan al control de ANC y Òmnium, de los partidos políticos y de las fuerzas de seguridad

Ese y otros actos sirvieron a la Policía Nacional para elaborar un informe de más de 300 páginas sobre su funcionamiento en el que se aseguraba que podían llegar a provocar un «enfrentamiento civil» en Cataluña. Decía el dossier que ANC y Òmnium habían perdido el control de la calle y que los CDR, sin embargo, habían demostrado «poseer capacidad para activar una respuesta con cierto grado de violencia, pasando de un perfil bajo a una violencia de carácter insurreccional».

Los CDR son un dolor de cabeza para la ANC y Òmnium, que no pueden ejercer sobre ellos el control social con el que han dominado las movilizaciones independentistas en la última década. Con un agravante: la mayoría de los que participan en los CDR son también socios de alguna de las dos entidades mayoritarias, si no de ambas. También son un dolor de cabeza para el independentismo político, que se encuentra ahora presionado por una militancia combativa y sin carné, después de años de activismo teledirigido desde el Palau de la Generalitat. Especialmente son un dolor de cabeza para tribunales y fuerzas de seguridad, incapaces de identificar a su cúpula, porque oficialmente no existe.

Funcionamiento autónomo

Los más de 300 CDR que operan en Cataluña lo hacen de forma autónoma entre ellos. Se organizan con asambleas abiertas que se celebran, como norma, semanalmente. Identificar a sus miembros es tan sencillo como acudir a una, y no es tarea difícil. Se publicitan con fecha y hora por los grupos de difusión de Telegram de cada CDR, también abiertos a cualquiera que se quiera sumar. Una vez allí, se puede apreciar un panorama que ha evolucionado mucho respecto al del embrionario CDR de Sant Cugat. La izquierda activista sigue teniendo una presencia protagonista, pero hay de todo. Este lunes, en la concentración frente a la Bolsa en Barcelona, había abuelas convergentes junto a cachorros de Arran. En Sant Jaume, donde los CDR han llamado a concentrarse para evitar las manifestaciones de Jusapol o Hablamos Español, se juntaron antisistema con señoras tejiendo a ganchillo bufandas amarillas.

En esas asambleas abiertas se decide todo: qué van a decir las pancartas, qué van a corear los cánticos, quién va a llevar los megáfonos, quién va a grabar los vídeos, cuándo se van a rotar los portavoces… La única jerarquía responde a una estrategia básica de coordinación para que las acciones de unos CDR no se solapen o se anulen con las del resto. Y eso no siempre sucede. Durante el primer mes de vida de estos grupos sí se celebraron varias asambleas de organización a nivel global, aunque la última relevante se celebró hace ya casi 11 meses en Manlleu. Allí se decidió establecer una base mínima de comunicación para canalizar mensajes y centralizarlos en el ‘CDR Cataluña’, que da voz a los más relevantes.

Las acciones de los CDR, que dan el referéndum por celebrado, se niegan a la negociación con el Estado y apuestan con firmeza por la vía unilateral, son contundentes. Nada de performances. De la infiltración de la izquierda activista en sus filas surgen acciones clásicas de la guerrilla urbana y laboral como las que hemos visto intensificadas en los últimos meses. Cortes de carreteras, piquetes, contramanifestaciones o movilizaciones al uso. La transversalidad de estos grupos es suficiente como para abarcar todas las variantes.

Su ventaja, sin embargo, va más allá. Si hay violencia, nadie se la puede imputar oficialmente porque no hay carnés ni números de socio. Si las cosas se salen de madre también basta con desconvocar, como el lunes, para que los Mossos luego les exculpen de responsabilidad, aunque los exaltados que se enfrentaron a los agentes estuvieran en primera línea de la manifestación convocada por ellos mismos. Eso sí, a diferencia de lo que ANC y Òmnium hicieron con ellos en enero, los CDR no condenaron nada. Tampoco tienen nada que perder.