Quim Torra tomó posesión como presidente de la Generalitat hace menos de dos años, en mayo de 2018, con la promesa de llevar a Cataluña «de la restitución a la Constitución». A dos meses de la disolución del Parlament -su cumple con lo anunciado ayer y convoca elecciones tras la aprobación de los presupuestos catalanes- el presidente catalán presenta una hoja de servicios muy poco lucida en lo que se refiere a sus promesas personales. No ha cumplido su promesa de investidura, pero no es la única de sus propuestas que se quedará en el tintero.

Con la promesa de «restitución» Torra se refería a la restitución del «gobierno legitimo» como durante el inicio de la legislatura se refería al ejecutivo de Carles Puigdemont, cesado por el Gobierno en aplicación del 155. Pero no hubo restitución de Puigdemont, aunque durante meses el Grupo de JxCat en el Parlament maniobró para aprobar una reforma del reglamento que permitiera la investidura a distancia que Roger Torrent había rechazado, por orden del Tribunal Constitucional, el 30 de enero.

Tampoco restitución de los consellers, como aseguró en su investidura. Torra se proponía nombrar como consellers a Josep Rull y Jordi Turull, entonces en prisión preventiva en Estremera, y a Toni Comin y Lluís Puig, fugados en Bruselas, todos ellos miembros del anterior ejecutivo. Pero después de un tira y afloja con sus socios de Esquerra por el nombramiento de los consellers de Junts, se impuso el criterio de los republicanos y se formó un «gobierno efectivo» para empezar a gestionar la Generalitat.

Llach tira la toalla

Si los fracasos sobre la «restitución» puede atribuirlos a la «deslealtad» de sus socios de Esquerra, que sistemáticamente se han negado a desobedecer las advertencias de los tribunales en «gesticulaciones estériles», el de la prometida constitución catalana es atribuible en exclusiva a la falta de opciones reales de llevarla a cabo. Torra intentó impulsar este proyecto al inicio de su mandato creando el Consejo asesor para el debate constituyente.

Un grupo liderado por el cantautor Lluís Llach que debía impulsar el debate sobre la futura república y poner las bases de una constitución para la Cataluña independiente. Menos de un año después, Llach tiraba la toalla y anunciaba la disolución del grupo entre críticas por la “falta de unidad estratégica entre los partidos y las organizaciones de la sociedad civil”.

Consumida la promesa de la constitución catalana, el presidente catalán anunció el pasado octubre la celebración de un nuevo referéndum de independencia. Fue ante el pleno del Parlament, en una sesión monográfica de la que debía salir una respuesta unitaria a la sentencia del procés -otra de las promesas nunca realizadas- que se había hecho pública días antes. Sin haberlo consultado con sus socios de gobierno ni con sus compañeros de partido, Torra anunció que la única respuesta posible era «votar» abriendo la puerta a la celebración de un nuevo referéndum unilateral.

Nadie, más allá del círculo íntimo de Torra, sabía que el president propondría un nuevo envite al Estado, y el anuncio encendió a Esquerra y descolocó a su partido. Días después Torra aparecería como protagonista del programa de TV3 «30 minuts» en el que a parte de escenificar los infructuosos intentos de llamar a Pedro Sánchez, aparecía preparando el debate en el Parlament y hablando con sus colaboradores de la posibilidad de un referéndum.

Una promesa que no ha reaparecido hasta que Esquerra ha pactado una mesa de diálogo con el Gobierno a cambio de la investidura de Pedro Sánchez. En ese momento fueron los republicanos los primeros en reclamar un referéndum pactado, que todos los independentistas siguen señalando como la salida soñada para alcanzar la independencia.