Dicen que habla mucho dentro del consejo de ministros. Y ha escogido no decir prácticamente nada fuera. Manuel Castells, ministro de Universidades en la XIV legislatura y decano del Gobierno más amplio de la historia de España se ha estrenado esta semana, por fin, ante la opinión pública. Ha concedido su primera rueda de prensa como ministro, 40 días después del inicio de la crisis y cuatro después de la toma de posesión.

En ella Castells ha vuelto a sorprender por su absoluto desapego por la cartera ministerial que ostenta. Vino a reconocer que su ministerio no tenía sentido más allá del reparto de poder entre socialistas y podemitas: las universidades son autónomas y las competencias son de las autonomías, señaló. Un criterio que se contradice con el lema con el que hasta ahora ha argumentado su mutismo político -aunque mantiene su tradicional columna en prensa y encuentra tiempo para su obra académica-.

“Yo no comunicaré, lo hará mi obra” le dijo a una responsable de los comuns cuando le echaron en cara que no sacara lustro a su papel en el Gobierno en favor del partido que le había encumbrado hasta el ministerio. Su primer día en Moncloa ya dejó clara su apuesta por presentarse como un outisder. “Me han dicho mis asesores que no podía hacer esto” aseguró ante los fotógrafos levantando la voluminosa cartera de ministro.

Nada extraño si se tiene en cuenta los motivos expuestos por Castells hace medio año para anunciar su intención de votar a Ada Colau. “En primer lugar, porque son personas como nosotros” aseguró. Ernest Maragall, con el que en tiempos compartió militancia socialista, le debe parecer ahora un extraterreste.

Votaré a Colau porque son personas como nosotros, no son burócratas y especuladores»

“No son burócratas y especuladores» añadía refiriéndose a Colau y su equipo. «Vienen de movimientos de la sociedad civil que dijo basta al proyecto de destrucción de nuestra ciudad por parte de los fondos buitre y las multinacionales del turismo”. Las mismas capacidad de oponerse a la economía especulativa que hace dos años creyó ver en Pedro Sánchez, cuando le visitó en California tras ser violentamente apeado de la secretaría general del PSOE.

Precisamente Ernest Maragall y otros ilustres representantes del antaño sector catalanista del PSC como Montse Tura lo escogieron como abanderado en julio de 2010, cuando publicó «¿Independencia?» en La Vanguardia. Tras la masiva manifestación en contra de la sentencia del Estatut -de la que José Montilla, entonces president, tuvo que salir escoltado- Castells animaba a Artur Mas, predestinado a ganar las elecciones autonómicas de ese otoño, a subirse al carro del independentismo. También le pedía que lo hiciera buscando el consenso de Montilla, del que aseguraba que «es mucho más catalanista de lo que se cree».

«Cataluña sabe que puede ser, en el marco europeo, un país productivo y competitivo hoy lastrado por una España montada, en buena medida, en una economía especulativa de la finanza y el ladrillo, eslabón débil de la economía europea. La necesaria solidaridad económica y social de Cataluña hacia una España en crisis requiere como contrapartida un respeto a valores fundamentales de una nación hoy en día negada y vilipendiada por quienes, en parte, viven a su costa. Así no, señores o señoritos. Pasó el tiempo del ordeno y mando», escribía Castells tras una encuesta en la que los favorables a la independencia superaban por primera vez a sus detractores, aunque sin llegar al 50%.

La necesaria solidaridad económica y social de Cataluña hacia una España en crisis requiere como contrapartida un respeto a valores fundamentales de una nación hoy en día negada y vilipendiada por quienes, en parte, viven a su costa»

«¿Adónde lleva esta exacerbación nacionalista? ¿Y cómo podrían conseguir la independencia? Este realismo ramplón olvida dónde germinan los cambios sociales: en las mentes de las personas. La psicología política y la experiencia histórica coinciden en señalar que cuando una mayoría social piensa algo contrario a lo proclamado en los frontispicios institucionales y cuando este pensar se hace práctica, son las instituciones las que cambian» advertía a quienes entonces menospreciaron el crecimiento de la pulsión independentista.

Falló, sin embargo, en el resto de su augurio. Tras el tripartito el PSC y ERC se hundieron, Alicia Sánchez Camacho consiguió los mejores resultados históricos del PP catalán y Mas la escogió como socia prioritaria hasta que en 2012 el movimiento del 15M le llevó a unir sus fuerzas con el independentismo. Para Castells «mientras desde las instituciones españolas niegan la especificidad nacional de Cataluña, con anteojos de leguleyos que de tanto legajear se olvidaron de mirar a la sociedad, lo que se ha planteado en la conciencia colectiva es el derecho a ser quien se cree ser y decidir lo que se quiere ser. Esta afirmación nacional no se trapichea en los pasillos de una política desprestigiada.»

Castells escogió el camino contrario, y se aproximó cada vez más al movimiento del 15M en el que vio el reflejo de sus experiencias juveniles como espectador en primera fila del mayo del 68 francés. Una elección que le llevaría a transitar desde la órbita de los socialistas catalanes que había cultivado en tiempos a la de los Comunes de Colau. Aunque mantuvo su aprecio por los socialistas en la figura de Pedro Sánchez, según relata él mismo en «Ruptura».

«Yo, que tengo una debilidad romántica por las causas perdidas, como bien saben mis amigos, le animé a que no se rindiera», narra Castells. “Yo fui testigo de esa reflexión y de su decisión final por uno de esos azares de la vida» explica el ahora ministro, que no duda en atribuirse parte del mérito de la decisión de Sánchez de seguir adelante tras su encuentro en California. “Hablamos y hablamos, paseando entre el rumor de las olas (…) Me quedó claro que él tenía la fuerza suficiente para resistir y, sobre todo, se había dado cuenta de que no sería posible la política progresista en la que él creía sin enfrentarse a los poderes fácticos y a quienes le representaban”.

Fue ese poder último de los militantes del PSOE lo que permitió la resurrección de Pedro Sánchez contra viento y marea»

“Fue ese poder último de los militantes del PSOE lo que permitió la resurrección de Pedro Sánchez contra viento y marea. En lugar de adoquinarse y desengañarse ante la brutalidad de un golpe de Estado interno por sus compañeros de partido, incluidos algunos de sus más directos colaboradores, se reafirmó en sus convicciones”. Una rendición que a ojos de Castells hubiera sido “el fin del PSOE, que sería fagocitado en las fauces históricas de la gran coalición, devoradora de la socialdemocracia europea”.

Aunque su fascinación por Sánchez y Colau no le ha cerrado las puertas del independentismo, como demostraba en un encuentro con Oriol Junqueras organizado por el think tank de Esquerra, la Fundació Irla. «Es importante saber cómo reconstruir formas identitarias no xenófobas y aquí es cuando tienes razón, la imagen de Cataluña es la de una identidad abierta y justamente nada xenófoba, que da lecciones a España y al mundo» aseguraba en la transcripción del diálogo publicado en 2017, a las puertas del referéndum ilegal de independencia.

Unos precedentes que explican su cuidadoso empeño por marcar distancias con casi todo en el Gobierno, desde la propia cartera ministerial a su supuesta deuda con Catalunya en Comú o Podemos. Mientras Pablo Iglesias se esfuerza en ajustar su indumentaria al protocolo ministerial, Castells se presenta en camiseta en el Senado exhibiendo el lema “Equal Rights” bajo la mirada socarrona de Rafael Hernando. Una camiseta, por cierto, a la que tiene especial aprecio. Ya la utilizó cuando ejerció de portavoz de la plataforma de apoyo a Colau hace un año.