Arde Minneapolis. La muerte de George Floyd, de 46 años, horas después de que un policía blanco presionara su cuello hasta no dejarlo respirar tras arrestarlo por haber pagado con un billete falso de 20 dólares, ha vuelto a hacer estallar el polvorín del racismo en Estados Unidos.

El agente y sus dos compañeros que le dejaron hacer fueron despedidos pero la hermana de Floyd, y miles de afroamericanos, piden justicia, que les juzguen por asesinato. «Estoy harta de ver cómo los negros morimos», dijo Philonise Floyd.

Este viernes ha sido por fin arrestado el agente Derek Chauvi. El fiscal del condado ha anunciado que será acusado de homicidio en tercer grado y homicidio involuntario.

Según la ley de Minnesota, la clave de los cargos sería la siguiente: sin intención de causar la muerte, pero sin consideración por la vida humana. Podría haber más cargos.

El ex presidente Barack Obama, el primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca, ha declarado: «Esto no debería ocurrir en Estados Unidos en 2020». Pero pasó y sigue pasando.

«Ahora que evocamos la vuelta a la ‘normalidad’ una vez que superemos los efectos de la pandemia hemos de recordar como para millones de afroamericanos recibir un trato diferente por razón de su raza es trágica, dolorosamente y enloquecidamente ‘normal’… Esto no debería ser normal en el siglo XX…. Si queremos que nuestros niños crezcan en un país con los más altos ideales, podemos y debemos hacerlo mejor», dice Obama en su red social.

El actual presidente ha llamado «matones» a los que han reaccionado con violencia para contestar a la violencia policial. Twitter ha apuntado su tuit como una declaración que «glorifica» la violencia.

Esta red social ha vuelto a comentar las palabras de Trump. «Este tuit viola las reglas de Twitter sobre el ensalzamiento de la violencia. Sin embargo, Twitter ha decidido que en en interés del público mantenerlo accesible».

Desde que las imágenes del abuso de fuerza del agente se difundieron por internet muchos ciudadanos de Minneapolis (en Minnesota) se manifestaron a las calles. Primero de forma pacífica, pero a medida que pasaba el tiempo sin que haya arrestos la ira fue creciendo de tono. Las protestas cada vez son más violentas: en la noche del jueves un grupo de exaltados ha quemado una comisaría cercana al lugar donde George Floyd fue maltratado salvajemente.

En el video, grabado por Darnela Frazer, se escucha a Floyd decir: «No puedo respirar». Estas palabras se han convertido en un lema reivindicativo para los manifestantes en Minneapolis, y otras ciudades de EEUU que denuncian los abusos sufridos por los afroamericanos.

Donald Trump ha condenado los disturbios y ha anunciado el despliegue de la Guardia Nacional en Minneapolis. El presidente ha asegurado que Floyd «no habrá muerto en vano». Está en curso una investigación del FBI.

Frey, alcalde de Minneapolis, ha señalado: «Lo que ha pasado no es el resultado de cinco minutos, sino que se ha construido durante cientos de años». Frey pidió ayuda al gobernador, Tim Waltz, para que se desplegara la Guardia Nacional.

A esta medida se oponía la congresista por Minnesota, Ilhan Omar. «La violencia solo engendra violencia. Más agentes solo llevará a más muertes».

Twitter y las guerras de Trump

Donald Trump libra varias guerras a la vez, cuando la pandemia del coronavirus ya ha se ha cobrado más de 100.000 muertos en Estados Unidos. Son más víctimas mortales que en todas las guerras en las que EEUU ha estado inmerso desde 1953.

Trump tiene ahora un nuevo enemigo, que hasta hace escasos días era su más fiel aliado. Ha bastado que su red social favorita, Twitter, haya puesto en cuestión la veracidad de dos de sus mensajes, después de más de tres años de continuos bombardeos de bulos, para que el presidente de Estados Unidos haya pasado al ataque.

El jueves, Trump firmó un decreto por el que amenaza a las redes sociales de acabar con su inmunidad y tratarlas como si fueran medios de comunicación, responsables a efectos penales de los contenidos que difunden.

Ordena a la Comisión Federal de Comunicaciones y a la Comisión Federal de Comercio a estudiar si es posible aplicar nuevas regulaciones sobre las empresas de internet. Retoma las quejas de Trump y sus leales de que las grandes corporaciones tecnológicas actúan siempre en favor de los intereses demócratas.

«Estamos hartos», ha dicho Trump al firmar el decreto en la Oficina Oval de la Casa Blanca. A su lado, el fiscal general, William Barr. «Firmo el decreto para proteger la libertad de expresión del pueblo estadounidense», ha señalado Trump.

Hay quienes creen que el objetivo es amenazarlas con la quiebra. Pero son numerosos los expertos legales, como señala The Guardian, que dudan de que esta orden ejecutiva realmente pueda aplicarse como pretende Trump a las redes sociales. Habría que modificar la Ley de Decencia de las Comunicaciones y tendría que hacerlo el Congreso. Pero sirve, en todo caso, como maniobra de distracción.

Según el artículo 230 de esta ley, que está vigente desde 1996, exime a las redes sociales de responsabilidad sobre el contenido publicado por sus usuarios. Es lo que pretende modificar este decreto de Trump, que asegura ahora que Twitter pretende acallar a los políticos conservadores.

Trump, «el mejor», según Trump

Estados Unidos acaba de superar el umbral de los 100.000 muertos, más que en las guerras de Corea, Vietnam, Irak y Afganistán, por el coronavirus. La pandemia ha provocado una convulsión histórica en la economía de todo el planeta. Y esto sucede en el año en el que Donald Trump se juega su reelección.

El paisaje era floreciente cuando empezaba este año 2020 y todos los pronósticos apuntaba a que Trump sería fácilmente reelegido. Salvo gran catástrofe o tsunami global. Y lo nunca imaginado sucedió: una pandemia tan letal como silenciosa.

Los datos de la economía de Estados Unidos ha dado un giro de 180 grados. Del pleno empleo a cerca del 15% de desempleo. Cada semana aumenta por decenas de miles el número de parados. Cuarenta millones de estadounidenses han integrado las colas del paro en las últimas diez semanas. Las empresas cierran y los hogares se empobrecen. En la primera potencia del planeta.

Pero Donald Trump sigue tuiteando: «Soy el mejor presidente de la historia de Estados Unidos». Y retuitea a todo aquel que traslada ese mensaje. Como si al repetir una idea una y otra vez se hiciera realidad. O lograra el efecto de ocultar los hechos.

El problema para Trump es que no hay manera de ocultar 100.000 cadáveres. La contundente portada de The New York Times con 1.100 nombres de esos más de 100.000 es un golpe de realidad. Tampoco pueden ignorarse las colas de personas que necesitan ayuda para abastecerse de lo más básico.

Por eso Trump libra mil y una guerras como forma de distraer la atención: la última es con Twitter, la primera fue una reedición del choque comercial con China. El enfrentamiento con China lo ha recuperado con vigor. Empezó con las alusiones reiteradas al «virus chino», y luego con las amenazas por la responsabilidad de Pekín, a juicio de Trump, en la propagación del coronavirus.

De paso, arremetió contra la Organización Mundial de la Salud (OMS), que considera que está manejada por China. Por ello, ha suspendido la aportación de EEUU a esta organización global.

A estas batallas se suma su inagotable pulso con los demócratas. Incluso rescata ahora a Hillary Clinton o a Barack Obama para arremeter contra cualquier icono del partido rival.

Twitter lo que hizo esta semana por primera vez fue incluir un apunte en un mensaje de Trump en el que decía que el voto por correo favorecía el fraude.

El magnate sabe que los demócratas tratan de que la participación el 3 de noviembre sea lo más alta posible, y que eso haría más difícil su reelección. Solución: los acuso de fraude. Es una maniobra trumpiana y tramposa.

Cuando Twitter cuestionó la veracidad de su acusación (en este caso referida a California), con una nota que decía «potencialmente engañosa», el presidente se lanzó al ataque el miércoles por la noche. La red social recomienda al lector que compruebe lo que dice Trump. Primero el presidente amenazó con cerrar Twitter. Luego recurrió a la orden ejecutiva.

En un tuit, el presidente añadió: «Los grandes de la tecnología están haciendo todo lo que está en su considerable poder para censurar por adelantado las elecciones de 2020. ¡Nunca dejaré que pase!».

Discrepa el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, con lo que ha hecho Twitter. En una entrevista en Fox News, Zuckerberg señala que las redes sociales no pueden actuar como «un árbitro de la verdad o de lo que dice la gente en internet… Las empresas privadas no estamos en posición de hacer esto».

La presidenta de la Cámara de Representantes, la demócrata Nancy Pelosi, ha señalado que es lógico que Zuckerberg defienda las falsedades. «Unos ganan dinero así, otros obtienen rentabilidad política», ha dicho Pelosi.

En su propia red social, ha contestado el director ejecutivo de Twitter, Jack Dorsey, quien ha defendido esta política de transparencia. Ha defendido que sus empleados puedan advertir sobre la necesidad de comprobar los hechos y dejar que los lectores juzguen por sí mismos.

En las elecciones de 2016, que ganó Trump por votos electorales, no en voto popular, las redes sociales sirvieron como plataforma para la difusión de mensajes que eran pura propaganda, muchas veces alentada desde el exterior, sobre todo Rusia, para fomentar la polarización política. Zuckerberg incluso tuvo que comparecer en el Congreso para asegurar que su empresa controlaba este tipo de mensajes que trataban de alterar las elecciones.

Así Trump, como suele ser su norma de comportamiento, se sirve de las redes sociales cuando le conviene, pero va contra ellas en cuanto cuestionan mínimamente su realidad, esa posverdad que es su identidad.