Napoleón dijo que China es un león durmiente, y cuando despierte, el mundo se sacudirá. El león [China] ya se ha despertado, pero es un león pacífico, simpático y civilizado”. Lo era en 2014, cuando Xi Jinping, pronunció estas palabras en su visita a Francia. En este agosto de 2019 el león ruge y su eco se escucha en los mercados financieros globales.

El Banco Popular de China no se anduvo con rodeos el pasado martes para advertir a Estados Unidos de que sus últimas acciones no solo contribuirán a socavar “gravemente el orden financiero internacional, sino que también desencadenará turbulencias en el mercado financiero, obstaculizará en gran medida el comercio internacional y la recuperación económica mundial”.

Los sobresaltos registrados en los mercados financieros en los últimos días así parecen corroborarlo. El conflicto que el gigante asiático mantiene con la potencia norteamericana ha vuelto a recrudecerse en las últimas semanas, arrastrando consigo todo un espectro de riesgos que amenazan con hacer descarrilar una economía mundial que ya avanza dando tumbos desde hace varios trimestres.

Las expectativas generadas a inicios de año sobre un próximo acuerdo entre ambos países, que pusiera fin a un largo periodo de tensión, han saltado por los aires en unos pocos gestos que parecen evidenciar que lo que se presentaba como un conflicto comercial encierra una rivalidad más profunda y de más difícil solución: la lucha por la hegemonía mundial. Una batalla en la que, obviamente, ninguna de las partes parece dispuesta a ceder a las presiones de su oponente.

La decisión tomada el pasado lunes por el Banco Popular de China de permitir la devaluación de su moneda, el yuan, al nivel más bajo desde 2008 fue interpretada en los mercados como un aviso de que en este conflicto todas las cartas están ya sobre la mesa, provocando una reacción en cadena que azotó las bolsas mundiales y forzó una rápida respuesta de diversos bancos centrales internacionales, desde Nueva Zelanda a Serbia.

Lo cierto es que la amenazante guerra de divisas a la que parecía remitir el movimiento de China es considerada poco probable por parte de los expertos, que creen que el gigante asiático no se lo podría permitir. “Se trata de un arma de doble filo, ya que la devaluación del yuan puede traer inestabilidad y acelerar la fuga de capitales en un momento en el que China ha pasado de ser una economía con superávit por cuenta corriente a una economía con déficit”, explica Jean-Jacques Durand, director global de Deuda Emergente de Edmond de Rothschild.

Pero lo que parece cada vez más claro es que los puentes entre ambas partes están cada vez más rotos. “No va a haber un acuerdo a corto plazo. No puede haberlo. Esto es un problema estructural, que no va a desaparecer mañana”, defiende Alicia García Herrero, economista jefe de Natixis en Asia-Pacífico.

La experta del banco galo se muestra convencida desde hace tiempo de que el enfrentamiento que mantienen Estados Unidos y China responde a una lucha por la hegemonía mundial y cree que a partir de ahora el campo de batalla se centrará en el ámbito tecnológico. “Estados Unidos se va a esforzar cada vez más en limitar las exportaciones de tecnología a China, con la intención de bloquear el ascenso tecnológico chino”, sostiene.

China no dispone de la capacidad hoy día para sustituir a EEUU y Occidente el liderazgo occidental”, escribe Xulio Ríos

El cerco que mantiene (y que ha vuelto a estrechar en las últimas horas) el presidente estadounidense, Donald Trump, contra Huawei, punta de lanza del desarrollo chino en el ámbito de la tecnología 5G, parece apuntar en esa dirección.

Lo cierto es que el pulso planteado por Trump podría haberle llegado a China demasiado pronto. Como observa Xulio Ríos, director del Observatorio de la Política China en su obra La China de Xi Jinping, “tanto por circunstancias estructurales como por sus propias taras internas no dispone de la capacidad hoy día para sustituir a EEUU y Occidente en el liderazgo global, al menos conforme a los patrones al uso”. 

Del Muro de Berlín al Muro 2.0

China ha experimentado en las últimas décadas un desarrollo económico espectacular que le ha situado, sin duda, a la vanguardia de las potencias mundiales, como la segunda mayor economía del mundo y con marchamo de convertirse en la principal en un futuro no muy lejano.

Sin embargo, ese desarrollo ha sido obtenido a través de un modelo muy peculiar, en el que la economía de mercado ha ido abriéndose paso sólo al ritmo marcado por un régimen comunista que sigue ejerciendo un control férreo sobre las políticas económicas del país.

Y es, precisamente, ese desarrollo, basado en un notable impulso público a la inversión de las empresas chinas en el exterior mientras se restringe el acceso a su mercado interno, el que ha despertado los recelos de Estados Unidos, no sólo desde la llegada de Trump al poder, sino aún antes, con Barack Obama en la Casa Blanca.

En los últimos años, el Gobierno de Xi Jinping ha dado tímidos pasos para la liberalización de su economía, pero estos siguen siendo vistos como insuficientes por Occidente, que reclama un marco de competencia justo entre sus empresas en el tablero global.

El nacionalismo económico chino, no obstante, ha encontrado cierto respaldo en el bloque de los países emergentes, crítico con la intención de las economías desarrolladas de imponer unas reglas que les dejan en una situación de desventaja. Este escenario, agudizado por las políticas proteccionistas estadounidenses parece ofrecer a China una oportunidad para avanzar en el desarrollo de una globalización paralela en la que pueda ocupar un papel preponderante.

“La conjunción del retraimiento estadounidense, la persistencia globalizadora en el marco europeo o japonés, pero con importantes frentes abiertos, y la visión china que apunta esencialmente a los países en vías de desarrollo parece aventurar la configuración de dos globalizaciones simultáneas que podrán coexistir con intersecciones y pugnas varias que podrían ir en aumento en los años venideros”, indica Xulio Ríos.

Las imponentes cantidades de inversión exterior de China y sus notables esfuerzos para atraer a su órbita al mayor número de países a través de iniciativas como la de la Nueva Ruta de la Seda refuerzan las posibilidades internacionales del gigante asiático.

Mientras tanto, García Herrero advierte de que el gigante asiático está tratando de adelantarse al bloqueo tecnológico al que pretende someterle Estados Unidos, destinando cuantiosas cantidades de dinero a la compra de compañías tecnológicas europeas (se calcula que la inversión directa china en Europa ha crecido un 2.200% en seis años).

En muchos de estos casos, esa entrada de capital chino se está produciendo de manera muy discreta, sin cambios en la marca, las localizaciones ni los equipos directivos, para evitar levantar suspicacias. “Los clientes de esas empresas siguen comprando a lo que creen que es una empresa europea, aunque detrás haya capital chino”, comenta la economista de Natixis.

“No habrías querido invertir en la Revolución Industrial y el Imperio británico?… Creo que es comparable”, señala Ray Dallio

Con todos estos elementos sobre la mesa, hay quien sostiene que, pese a los esfuerzos de Trump, China puede salir victoriosa de la contienda y desbancando a Estados Unidos como la mayor potencia del mundo. El propio Ray Dallio, fundador del mayor fondo del mundo, animaba recientemente a los inversores a apostar por China como una gran oportunidad histórica. “¿No habrías querido invertir con los holandeses en el imperio holandés? ¿No habrías querido invertir en la Revolución Industrial y el imperio británico? ¿No habrías querido invertir con Estados Unidos? Creo que es comparable. ¿No habrías querido invertir en esos lugares?”.

Mientras tanto, lo que queda es una lucha, presumiblemente prolongada, entre las dos grandes potencias, cuyas consecuencias, sin duda, serán globales y, por supuesto, negativas. “Hay más posibilidades de que la guerra comercial perjudique el crecimiento global a través de efectos indirectos sobre la confianza, las condiciones financieras y la inversión. Si bien ha habido muchos factores en juego, el crecimiento de la inversión se ha desacelerado sorprendentemente en la mayor parte del mundo durante el año pasado”, advierten los expertos de Capital Economics, quienes subrayan el impacto que esta cuestión ha tenido ya sobre la evolución de los productores de recursos básicos y el endurecimiento de las condiciones financieras globales.

Así, “habíamos estimado previamente que el coste total de la guerra comercial, incluida la mayor escalada que estamos pronosticando, supondrá aproximadamente el 0,5% del PIB mundial para fines de 2020. Pero el coste es más probable que sea mayor que menor que esta estimación tal vez en un 0,2%”. Y lo que es más preocupante es que puede marcar un completo cambio de sistema: “El marco más amplio implica que todo esto probablemente marca solo la primera fase de un cambio hacia una economía mundial menos globalizada”

Sin ser agoreros, los datos apuntan que estamos al borde de un precipicio del que ya hemos caído antes y aún nos contamos las cicatrices. El 9 de agosto de 2007 el S&P 500 cayó un 2,96% debido a que los préstamos interbancarios en Europa se congelaron por el eco de la crisis hipotecaria en EEUU. Era el preludio del abismo que sobrevino con la quiebra de Lehman Brothers. El pasado lunes 5 de agosto el S&P 500 perdió un 2,98%. La razón: el choque entre dos titantes, China y Estados Unidos.

Hay riesgo de que se fracture el sistema global que ha traído al mundo más paz y prosperidad en los últimos 70 años que nunca antes en la Historia”, dice Friedman

Si no se impone la cordura, Xi Jinping y Donald Trump pueden conducir al mundo a una crisis global de consecuencias incalculables. Confluye un cambio en las relaciones comerciales y el hecho de que los dos líderes sean ultranacionalistas. Según escribe Thomas L. Friedman, en The New York Times, corremos el riesgo de que “se fracture el sistema global que ha traído al mundo más paz y prosperidad en los últimos 70 años que nunca antes en la Historia”.

Treinta años después de la caída del Muro de Berlín, Xi y Trump estarían construyendo, a juicio de Friedman “un muro digital que dividiría dos mundos tecnológicos, dos mundos en internet: uno dominado por China y otro por Estados Unidos”. Como resultado, América sería más pobre, China también, y el mundo más inestable.

De Tiananmen a Hong Kong

Este momento de turbulencias económicas coincide con la peor crisis vivida en Hong Kong desde 1997, cuando los británicos transfirieron la soberanía de este territorio a China, después de siglo y medio de dominación. Pronto se alzó como uno de los centros financieros más importantes del mundo.

Hong Kong, modelo del lema “un país, dos sistemas” como región administrativa especial, plantea ahora una grieta en el sistema. La presión de quienes reclaman una democracia plena choca con el régimen chino que rechaza de plano un cambio del sistema político.

Desde hace diez semanas, miles de manifestantes salen a las calles sábados y domingos para pedir una auténtica autonomía judicial, amnistía para los arrestados y la dimisión de la jefa del Ejecutivo local, Carrie Lam. También exigen que el sucesor de Carrie Lam sea elegido por sufragio universal. Este sábado han organizado una sentada en el aeropuerto.

China da muestras de que su paciencia está agotándose. En rueda de prensa, la oficina china en Hong Kong ha advertido a los manifestantes que “no han de confundir nuestra contención con debilidad”. Hasta ahora la estrategia de China es calificar como criminales a los radicales y dejar claro que la mayor parte de la población tiene buena intención y muchos han sido engañados.

“Quienes juegan con fuego mueren quemados”, advierte China a los manifestantes de Hong Kong

“Nos gustaría decir al pequeño grupo de criminales sin escrúpulos y violentos y a las fuerzas que están detrás que quienes juegan con fuego mueren quemados”, añadieron los funcionarios, según la BBC.

Si bien Trump no ha dado muestras de apoyo a los manifestantes en Hong Kong, algo que sí ha hecho la presidenta de la Cámara de Representes, Nancy Pelosi, esta semana China ha acusado a EEUU de estar detrás de las protestas con otras potencias extranjeras. Joshua Wong, el dirigente más conocido del partido Demosisto de la oposición democrática, se reunió con una diplomática estadounidense, Julie Aedeh, y se difundieron fotos del encuentro.

Wong dijo que había pedido a la diplomática que intercediera para que el Congreso bloqueara el suministro de balas de goma a Hong Kong. Quedaron expuestos datos de Aedeh, como el colegio de sus hijos, algo que EEUU interpretó como un gesto de régimen mafioso. China negó cualquier relación con esta filtración y respondió que la retórica estadounidense era “gangsteril”. Wong asegura que los opositores prodemocracia no van a rendirse.

Hong Kong ha sido hasta ahora un enclave seguro que garantizaba a China una vía de escape a los aranceles de Washington a los productos tecnológicos. El Congreso de EEUU otorgó a Hong Kong un estatus especial como “entidad no soberana”, lo que garantiza al territorio un sistema propio de control de exportaciones.

Muchas empresas chinas están registradas en Hong Kong desde 1997, para beneficiarse de este estatus especial. Si EEUU derogara este estatus especial, dañaría mucho a China. Hay senadores de EEUU que apuntan a que habría que dar este paso, si se recrudece la represión en Hong Kong.  Xi Jinping está dejando de momento actuar a las autoridades locales, pero si este levantamiento tuviera éxito, la llama prendería en otras regiones, lo que las autoridades de Pekín no están dispuestas a tolerar.

Tensión en el Mar de China meridional

También inquieta a China que la Administración Trump venda armas a Taiwán, que considera una provincia rebelde, un hecho que califica como provocador y que rompe con su teórico apoyo a la política de “una sola China”. Está ultimándose una transacción de vehículos blindados Hércules, 250 misiles Stinger y material militar sofisticado por valor de 2.000 millones de euros.

Trump ya comenzó su mandato con un gesto que indignó a las autoridades chinas. Aceptó una llamada de la presidenta taiwanesa, Tsai Ing-wen, quien le felicitó por su victoria. Incluso reconoció que jugaría la carta de “una sola China” en la guerra comercial con Pekín. Ahora lo está haciendo con estas ventas de armamento. “La venta de armas de Estados Unidos a Taiwán constituye una interferencia grave en los asuntos internos de China y socava su soberanía e intereses de seguridad”, dijeron fuentes del Ministerio chino de Exteriores, según las agencias internacionales.

A China también le indigna que el secretario de Estado, Mike Pompeo, anuncie el despliegue de misiles convencionales de alcance medio en Australia que apuntarían a China. “Si EEUU despliega misiles en esa parte del mundo, a las puertas de China, China se verá forzada a responder”, ha señalado un portavoz del Ministerio chino de Exteriores. Pekín ha advertido a Australia, Corea del Sur y Japón que obrará en consecuencia si lo aceptaran.

Es en esa zona del mundo, donde la fricción entre las dos potencias podría derivar en una conflagración. Así lo cree Bannon, quien ha vaticinado una guerra en cinco o diez años en el Mar de China meridional. El ex asesor de Trump incluía a China en el llamado “eje del mal”.

Como escribe Xulio Ríos, en La China de Xi Jinping, en el Libro Blanco sobre Políticas de Cooperación para la Seguridad en Asia-Pacífico, lo que subyace son “los esfuerzos de Pekín para establecerse como la potencia dominante desalojando la influencia estadounidense, utilizando para ello como principal instrumento la fortaleza económica del país”. En esta región Rusia y China mantienen una buena colaboración.

En respuesta al desafío en los océanos que plantean China y Rusia, Trump prometió en 2017 “una de las mayores expansiones militares en la historia estadounidense”. China sigue incrementando su presupuesto de defensa y modernizándose, aunque sus capacidades son menores que las de EEUU. Trump, con su empeño en descolgar a EEUU de todos los tratados internacionales y renegociarlos sobre la base de relaciones bilaterales, se retiró del TTP (Tratado de Asociación Transpacífico), que incluía a 12 países (pero no a China). De esta manera, inexplicablemente, dejó la pista libre a Pekín.

Un reto para la UE

“Estados Unidos está destruyendo el orden internacional” con “unilateralismo y proteccionismo”. El órgano del Partido Comunista Chino ha acusado a Trump de tener como rehenes a sus ciudadanos, que serán los perjudicados por sus políticas. Trump con su proteccionismo a ultranza está llevando a Estados Unidos a verse aislado. China y Rusia comparten intereses estratégicos. Con Putin, Xi Jinping suma músculo militar. Con Xi, Putin gana un aliado mucho más avanzado tecnológicamente y con una economía más sólida.

En Venezuela se enfrentan las tres potencias de forma clara. El régimen de Maduro se sostiene gracias al apoyo de la inteligencia cubana, pero sobre todo cuenta con el respaldo financiero de China y Rusia. Por ello, el asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, advirtió esta semana a Pekín y Rusia que Washington no negociará con aquellos países que comercien con Maduro.

El presidente Trump fue el primero en reconocer a Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, como presidente encargado, el pasado 23 de enero. China teme que si hay cambio de régimen pierda parte de la deuda contraída por el régimen chavista. También están en juego los recursos naturales de un país riquísimo totalmente empobrecido.

La Unión Europea asiste a este choque de gigantes justo cuando está a punto de hacerse realidad la salida del Reino Unido con Boris Johnson al frente, a quien el presidente Trump intenta atraer con la promesa de una relación comercial sin precedentes. Los Veintisiete son conscientes de la relevancia de China en el nuevo escenario internacional, sobre todo, dado el aislacionismo de Trump.

En el informe UE-China: una perspectiva estratégica, elaborado por la Comisión Europea, se señala que China es para la UE un socio, un competidor económico y un rival que promueve un modelo de goberanza alternativo. La UE busca desde hace tiempo que China abra su mercado a las inversiones europeas, lo que hace a paso de tortuga. Con el coloso estadounidense enfrente de China y la UE, sería un buen momento para que los Veintisiete se acercaran a Pekín. El dilema es si a los Veintisiete les conviene ser un socio ninguneado por Estados Unidos o diseñar su propia estrategia como potencia.

A vueltas con Tucídides

Durante más de 2.000 años fue un imperio dominante en Asia oriental. El Imperio del Centro sucumbió en el siglo XIX con las Guerras del Opio. El mundo era una sucesión de anillos concéntricos y en el centro se encontraba el poder imperial. Pero la revolución industrial y el empuje del comercio global acabaron con esa sociedad feudal y cerrada. China quedó sometida a Occidente, y a Japón.

China se reincorporó a la economía mundial en 1972, tras el viaje del entonces presidente de EEUU, Richard Nixon. Con las reformas de Deng Xiaoping la economía china despegó. En 2014 su PIB en paridad de poder adquisitivo superó al de EEUU.

En la actualidad es la segunda potencia económica global. Ha duplicado su gasto militar desde 2008. Hasta ahora ha sido “civilizada”. Pero Trump no lo es y por eso Xi ha pasado a la acción con el arma de la economía. Queda muy lejos aquella noche en Mar-a-Lago, Florida, cuando Xi y Trump cenaron juntos en armonía en abril de 2017. Las divergencias eran grandes pero había voluntad de acercamiento. Ahora queda la desconfianza y el miedo.

En su relato sobre la Guerra del Peloponeso (siglo V a.C.), Tucídides relata cómo Esparta (léase EEUU) se sintió amenazada por Atenas (China).  “Fue el ascenso de Atenas y el temor que ese hecho inculcó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”, escribe Tucídides, quien creía que las potencias se rigen por tres factores: miedo, honor e interés. Ese miedo a perder la hegemonía fue lo que condujo al enfrentamiento. Es lo que llevaría hoy a Trump a enfrentarse a China. Solo así se mantendría su predominio.

Graham Allison, autor de Con destino a la guerra: ¿es posible que EEUU y China escapen de la trampa de Tucídides?, explicaba a la BBC cómo para esta generación esta cuestión resulta clave. “Cuando las partes evitaron la guerra en el pasado, lo lograron gracias a grandes y dolorosos ajustes en las actitudes y en las acciones de los dos contendientes”.

Para los ‘halcones’ de Trump, el principal problema no es lo que China hace, sino lo que China es”, escribe Eugenio Bregolat

Ayuda poco el hecho de que los halcones que rodean a Donald Trump en la Casa Blanca están dispuestos a todo para evitar que China desplace a Estados Unidos como primera potencia mundial en 2049, centenario de la revolución maoísta. Creen que si China logra controlar las empresas objeto del plan Made in China 2025, EEUU habrá perdido la batalla y la guerra. Ven posible que China tenga un PIB un 50% mayor al de EEUU a mediados de este siglo.

El diplomático Eugenio Bregolat, que fue embajador de España en China en varios periodos (1987-1991;1999-2003:2011-2013), explica en su Carta de China, titulada Grandes Murallas, publicada en Política Exterior, cómo fue Steve Bannon, el ex asesor de Trump, el gran defensor de “la guerra contra China”. Bregolat evoca cómo Bannon está convencido de que “hay que concentrarse en China con fanatismo”, ya que “está a cinco años, a lo sumo 10 años, de llegar a un punto de no retorno”.

Como subraya el diplomático español, “para ellos el principal problema no es el déficit comercial, ni las prácticas económicas abusivas utilizadas por China, sino su potencial económico y tecnológico; no lo que China hace, sino lo que China es”.

Escenarios probables

China insiste en que no son una amenaza existencial para EEUU. Lo decía claramente un editorial del Diario del Pueblo de mayo pasado: “China no quiere cambiar a EEUU ni ocupar su puesto. EEUU y China deben valorar correctamente las intenciones estratégicas de la otra parte; si se equivocan en esta cuestión fundamental cometerán un error tras otro”.

Eugenio Bregolat plantea cuatro escenarios en este pulso entre EEUU y China. “El escenario de enfrentamiento abierto en lo económico y lo tecnológico no es el único posible, aunque parezca el más probable hoy día. No puede excluirse la posiblidad de que la negociación se reconduzca… el acuerdo favorecería los intereses de empresas y consumidores estadounidenses”, afirma el diplomático. Recuerda con acierto cómo Trump está ya en campaña electoral, se juega su reelección en 2020, y no le favorece un escenario de crisis económica.

Un tercer escenario nos llevaría a una etapa de guerra fría, en la que Trump mostraría puño de hierro en lo comercial para dejar claro que sabe cómo enfrentarse al peligro chino, seguida por una negociación una vez reelegido para no perjudicar más a las empresas y los consumidores.

El cuarto escenario que plantea el ex embajador español en China es el peor, que el conflicto económico “rebasara el marco económico para extenderse a cuestiones geopolíticas como Taiwán, el mar de China Meridional, o la desnuclearización de Corea del Norte“.

En realidad, lo que está pidiendo Xi Jinping es total reciprocidad, ya que ha dejado de ser el abastecedor de ropa barata para convertirse en un gigante tecnológico. Sería cuestión de buscar normas de coexistencia pacífica entre leones en una selva cada vez más inexpugnable.