Carmen Vivas

Series y Televisión

¿Por qué el morbo y la polémica triunfan en televisión?

La polémica y la controversia se han convertido, de manera generalizada, en el ingrediente clave para el éxito de la parrilla televisiva en España

Polémicas, decibelios que superan la media aconsejable, debate constante y continuado y un bucle interminable de temas que enfrentan incluso al público más pacífico. El diálogo que la televisión genera pide a gritos que la audiencia se posicione con su controversia, en un a favor o en contra ligeramente más elaborado: ¿Eres de Kiko Rivera o de Isabel Pantoja? ¿Son los rótulos de Cachitos libertad de expresión o provocación impertinente? ¿Team José Mota o Team Juan Muñoz en la última, y ya desgastada, historia de Cruz y Raya? Siempre dos bandos, dos opiniones y una conclusión que llevaría a afirmar que, en España, el morbo y la provocación se queda con el trozo más grande del pastel.

En la televisión se conoce como share, término anglosajón que hace referencia al porcentaje que dictamina qué se ve y qué no, qué triunfa y qué desgasta. El que gana se asemeja a aquel niño que llegaba primero a los cumpleaños escolares y se encontraba con la bandeja de sándwiches de Nocilla intacta. El que pierde, se tiene que conformar con los de salchichón Revilla.

Lo critico, pero luego lo consumo. Esto pasa con los contenidos televisivos que consideramos como una vergüenza, pero que tienen un share altísimo

Ovidio Peñalver, Psicólogo Sanitario y Psicoterapeuta

Entre el amor y el odio, el litigio se erige como la opción más demandada por la televisión. «España es de los países donde el corazón y el cotilleo tiene más éxito», afirma a El Independiente Juan Carlos Jiménez Redondo, sociólogo y profesor de la Universidad CEU. Este fenómeno lo relaciona con la idea de «emulación social», pues «nos gusta compartir los cotilleos con la gente que nosotros podríamos ser, y si son un tanto frikis, mejor», puntualiza.

A la pregunta de por qué el morbo se alza como el líder absoluto en la parrilla televisiva, Jiménez Redondo lo atribuye al «entretenimiento». «Meterse con los demás es una cosa que gusta», afirma. «La televisión se ha llenado de eso porque, cada vez, es más consumida por un público que lo que quiere es oír chillar y gritar por cosas banales, pero que le son próximas». Así, la pequeña pantalla se convierte en un «espectáculo puro», como en «las andanzas de los que salen en La isla de las tentaciones o programas como el Chiringuito«.

Para Ovidio Peñalver, psicólogo sanitario y psicoterapeuta, en España hay una corriente que se agarra al pensamiento de «lo critico, sin embargo luego lo consumo, que es lo que pasa con contenidos televisivos que consideramos como una vergüenza y desastre, pero que tienen un share altísimo», apunta. «Hay una paradoja».

Y en el éxito comunicativo, también hay un porcentaje sustancial de morbo, que para Ovidio no es un término «sencillo» a la hora de definir. «Tiene que ver con temas o aspectos relacionados con lo grotesco, sucio, soez y privado; es como cuando miro con un ojo y cierro con el otro», afirma.

«Un ejemplo muy típico de morbo es cotillear. Todos tenemos un punto morboso, lo reconozcamos o no, es sustancial al ser humano y tiene relación con ver en otros lo que muchas veces temo en mí», explica. «Esto es lo que muchas veces se observa en televisión, donde veo en otra gente deseos que tengo tapados u ocultos y que ellos se permiten expresar abiertamente», añade.

Polémica, diversión y reflejo social

La controversia tiene, según Ovidio Peñalver, una connotación «negativa» que se entiende como «las discusiones y broncas donde no hay respeto, y en las que la gente no se escucha y hablan varios a la vez». «Como consumidores de la polémica nos estamos proyectando en alguna persona u opinión, es como estar hablando en boca de otro, por eso nos llama la atención», cuenta. Sin embargo, el psicólogo puntualiza que, «mientras morbosos somos todos», la polémica no tiene por qué casar como anillo al dedo para el conjunto generalizado de la audiencia.

En la televisión actual y sus tendencias, una polémica seria, rigurosa y calmada no solo no tiene futuro, sino que desaparecería de forma rápida

Juan Carlos Jiménez Redondo, sociólogo y profesor

Para Peñalver, los programas polémicos «calman y evaden» a la audiencia: «Hay mucha gente que está estresada y que, viendo algo de este estilo, no tiene que pensar mucho», admite el psicólogo. «Hay autores que dicen que este tipo de programas son para gente que tiene una vida más pobre y que necesita, de alguna manera, alimentarla mirando fuera de ellos mismos, escuchando temas que tienen que ver con el lujo, los famosos, los políticos, las celebrities, donde haya bronca, temas de pareja e infidelidades, rupturas y nuevos rolletes», enumera.

«En la televisión actual y sus tendencias, una polémica seria, rigurosa y calmada no solo no tiene futuro, sino que desaparecería de forma rápida», indica Jiménez Redondo. Según el sociólogo, la fama se obtiene a golpe de controversia, como ocurrió con el episodio de Elena Cañizares y sus compañeras de piso. «La forma de hacerte mínimamente famoso en el espacio público es generar una polémica, siempre me ha fascinado que a alguien mínimamente sensato le importe si Juan Perez García se ha acostado con Ana Monmárquez», relata de forma cómica. «Pues importa, y las televisiones lo saben».

La reina de la polémica y audiencia televisiva es Sálvame, el programa de Telecinco «que ha pasado a relatar elementos políticos y sociales porque se está comiendo a esos contenidos de la parrilla televisiva», indica el profesor. «Están creando un nuevo modelo de comunicación basado en el exabrupto y en las tertulias sin grandes referentes intelectuales, pero que sabe conectar con el público español que quiere puro espéctaculo y diversión», afirma.

La audiencia quiere divertirse «y eso hay comunicadores que lo han entendido realmente bien», apunta Jiménez Redondo, que ejemplifica el argumento con dos formas de concebir el marco informativo de manera diversa. «Vicente Vallés, que hace de la credibilidad su carta de credibilidad, y Ferreras, que parece que nos está retransmitiendo los antiguos tableros deportivos, no deja de gesticular permanentemente y es el espectáculo hecho presentador», señala. «Son dos modelos de éxito sustancialmente diferentes».

Una polarización constante

Una vez se produce el fenómeno de la controversia, el público ha de elegir su bando. O así se pretende. «La televisión está siendo comida por internet, que está cambiando el ecosistema periodístico de forma extraordinariamente importante», indica Jiménez Redondo. Así, la pequeña pantalla se convierte en el medio «que mejor refleja los extremos de una sociedad que está polarizada y dividida». Según el pensamiento del sociólogo, España cuenta con «una sociedad profundamente polemista, desinhibida y exacerbada en su división» y las cadenas televisivas saben que «sacando provecho de esa polarización obtienen audiencia».

La sociedad española es profundamente polemista y exacerbada en su división. Sacando provecho de esa polarización las televisiones obtienen audiencia

JUAN CARLOS JIMÉNEZ REDONDO, SOCIÓLOGO Y PROFESOR

«Es increíble ver una tertulia política donde la derecha se sienta a la derecha y la izquierda a la izquierda, y en la que antes de que hablen ya sabes perfectamente lo que van a decir», relata el sociólogo. Este ejemplo «responde al modelo de polarización de un público que quiere oír exclusivamente aquello con lo que está de acuerdo, y que tiende a denigrar las opiniones diversas».

Ovidio coincide y admite denotar «una polarización en la población» que achaca a la coyuntura actual que «nos tiene estresados y desanimados». Consumir polémicas televisivas es «como un anestesiante». «Puedes fumar, puedes beber o puedes ponerte a ver un programa de este estilo que, no te aporta gran cosa, pero que cultiva tu morbo».

En paralelo, el psicólogo admite que hay público que no es satisfecho con el contenido que se oferta en la pequeña pantalla «porque le da vergüenza ajena» y decide «ver la televisión a la carta, leer o ver películas en Netflix». «Hay una polarización y eso es peligroso, porque se están generando dos mundos muy bipolares y opuestos», sentencia.

El «aborregamiento» de la audiencia

«Se ha perdido la idea de que los medios se afianzan por su credibilidad y por el peso de sus informaciones», indica Jiménez Redondo, que afirma que la televisión ya no cuenta «con referencias intelectuales y sólidas». «No sé si el público general querría eso», relata resignado ante la preferencia del ruido por encima de la información rigurosa.

Ovidio Peñalver prefiere hacer un «llamamiento al aborregamiento del colectivo» que se nutre de la controversia y el morbo audiovisual. «La mejor vacuna es estar bien informado y desarrollar el pensamiento crítico, ser tú el que genera debate y no adherirse a un pensamiento bronco o de alguien con poca información».

Gracias a su éxito, el psicólogo afirma que este tipo de consumo y contenido televisivo «va a seguir existiendo porque tiene su público, audiencia y da dinero». «Va a haber pan y circo para parte de la población, como ocurría en su momento en la Grecia Antigua o en Roma, y eso calma al pueblo».

Así, el futuro se dirige hacia dos claras vías: la audiencia que se alimenta de la controversia, y «otra gente con otro tipo de sensibilidad que buscará canales diversos, o que sencillamente dejará de ver la televisión tradicional porque no cubre sus necesidades», concluye Peñalver.

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