Sociedad UNA REALIDAD DESCONOCIDA

En las tinieblas de Cañada Real: 15 meses sin luz a 20 minutos del corazón de Madrid

Accedemos al mayor asentamiento irregular de Europa. Se cumplen más de 450 días sin electricidad en el sector más poblado de Cañada Real, de 6 kilómetros de largo. En uno de sus tramos, de kilómetro y medio, se concentra el principal mercado de la droga del continente. "Esto es un castigo colectivo, una tortura", dice una de las vecinas

Hassan, un marroquí que vive en el sector 6 de la Cañada Real, abre la chimenea con la que calientan su casa ante la falta de luz y gas

Hasan, un marroquí que vive en el sector 6 de la Cañada Real, abre la chimenea con la que calientan su casa ante la falta de luz y gas Ignacio Encabo

Hace quince años Tamara se instaló en el último tramo de los 15 kilómetros por los que discurre Cañada Real, una vía pecuaria convertida en el mayor asentamiento irregular de Europa, a las puertas de Madrid. “Nos hicimos una chabola y cada mes fuimos mejorándola. Ahora tengo un salón, dos habitaciones, un cuarto de baño y una cocina”, narra la joven. Desde hace 15 meses, sin embargo, la electricidad brilla por su ausencia. Los electrodomésticos agonizan, arrumbados y huérfanos de uso. Por los grifos solo corre la nostalgia del agua.

“No disponemos de agua potable y, sin electricidad, los 3.800 litros que nos facilita el ayuntamiento cada semana no pueden llegar hasta la casa”, explica Tamara, de etnia gitana. El 2 de octubre de 2020 la luz se desvaneció del distrito en el que reside. El corte afectó primero al sector 6, el más populoso y extenso de los que componen Cañada Real. Semana después, la interrupción también golpeó al sector 5, un área más acomodada que se extiende al otro lado de la A-3, en paralelo a las urbanizaciones del municipio de Rivas-Vaciamadrid.

Dos inviernos y una Filomena después, el suministro no ha sido restablecido. En el sector 6 -donde a lo largo de kilómetro y medio se ubica el mayor mercado de la droga de Europa- la luz es un lujo para sus más de 4.000 habitantes, entre los que figuran 1.200 menores de edad. En el número cinco, el distrito anejo, no obstante, los vecinos han logrado organizarse y disfrutan de luz en días alternos. “En realidad lo que se ha producido es una limitación de la tensión. El sector 6 es muy complejo a nivel eléctrico. En el 5 tenemos solo dos centros de transformación. Desconectamos uno de ellos y logramos electricidad para la otra mitad”, reconoce Ángel García, un vecino de la zona donde el corte ha resultado más benigno.

«Estamos sobreviviendo»

“No se lleva una vida sin luz. Estamos sobreviviendo”, murmura Houda Akrikez, presidenta de la asociación Tabadol. “Es un castigo, una tortura y un atentado político contra una población extranjera”, esgrime una de las voces más combativas del páramo. “En Cañada Real hablar de luz es hacerlo de algo lujoso que nos ha sido prohibido y se nos niega por más que hemos tocado puertas. Seguimos a oscuras”, arguye quien atribuye la falta de soluciones a la especulación. “Es el gran motivo, las nuevas construcciones del Ensanche de Vallecas que se ven perfectamente desde nuestras humildes viviendas”.

Sin soluciones a la vista, los miembros de la plataforma vecinal han llevado sus demandas hasta la Asamblea de Madrid y a las oficinas de la eléctrica Naturgy. Los terrenos por los que se expande el asentamiento comienzan en Coslada, cruzan los términos municipales de Madrid y Rivas y desembocan en Getafe. Un marasmo de realidades convive en la carretera que enlaza los seis sectores, con una población total que supera los 10.000 habitantes. “El principal problema del sector 6 es que, posiblemente por la lejanía a los núcleos poblacionales, hace tres lustros comenzó a instalarse allí, en una pequeña parte, el mayor mercado de la droga de Madrid. De los seis kilómetros y medio que tiene el sector, el problema está concentrado en kilómetro y medio”, detalla Ángel.

Una casa del sector 6 de la Cañada Real en la que viven Hassan, su mujer, su hija de dos meses y su suegra
Una casa del sector 6 de la Cañada Real en la que viven Hassan, su mujer, su hija de dos meses y su suegra Ignacio Encabo

La administración culpa a la droga y las plantaciones de marihuana del corte de la luz, pero no intervienen para darle una solución

ÁNGEL GARCÍA, VECINO DE CAÑADA REAL

Es primera hora de un domingo del pasado diciembre. El mercadeo es perceptible en el kilómetro cero del narcotráfico, en un tramo del sector 6 donde se agolpan los coches. “¿Qué quieres?”, pregunta uno de los vendedores cuando el periodista asoma por la ruta. “La administración culpa a la droga y las plantaciones de marihuana del corte de la luz, pero no intervienen para darle una solución. Nos han reconocido que saben dónde se encuentra, pero alegan que los procesos para que un juez autorice el acceso a un domicilio son muy largos. Una justificación que no se sostiene”, lamenta.

«Se cogieron parcelas como en el oeste»

La geografía urbana de Cañada Real nació en la década de 1960 cuando el tránsito de ganado dio paso a la aparición de pequeñas huertas y construcciones de aperos sobre terrenos de propiedad estatal. “Se corrió la voz, sin documentos de por medio, los primeros pobladores cogieron grandes parcelas y colocaron cuatro palos como en el oeste. Y poco a poco fue derivando en lo que tenemos ahora, para uso residencial”, evoca Ángel. “Todos los suministros que tenemos están conectados ilegalmente, aunque las compañías son conocedoras. Durante seis décadas hemos tenidos luz y agua gratis. No se han cortado porque existen unos derechos”.

María, sector 6

Tiene 60 años y vive con su prole en el sector más poblado de Cañada Real, el que discurre desde el cruce de Cañada con la A-3 hasta el término municipal de Getafe. «Aquí se han casado mis hijos y mis nietos. Toda la familia la tengo aquí. No voy a mentar a nadie pero aquí nunca ha habido problemas», narra. «Cañada Real ha cambiado a peor».

Los más veteranos del lugar, como Pilar, llevan años reclamando que les instalen contadores y expidan los contratos oportunos, una reclamación a la que el pasado noviembre se sumó el Defensor del Pueblo. “Guardamos las peticiones escritas. Son años de solicitudes, pero la respuesta de la eléctrica siempre ha sido la misma: que el ayuntamiento no concede el permiso para la instalación de los contadores”, relata la sexagenaria, residente en una parcela que linda con los bloques de apartamentos de Rivas.

“Con Filomena lo pasamos realmente mal. Este último año lo hemos podido mitigar con unas placas solares”, admite. La falta de luz es, recuerdan sus afectados, un incumplimiento del Pacto Regional por la Cañada Real Galiana, firmado en 2017 por el Gobierno central, la Comunidad de Madrid, los ayuntamientos afectados y los grupos políticos con representación en la Asamblea. En el documento, las administraciones se comprometían a garantizar el suministro mientras se buscaba una solución al asentamiento.

Una realidad poliédrica

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A lo largo de sus 15 kilómetros de recorrido, Cañada Real es una realidad plagada de aristas. Sus moradores se quejan, con razón, de que sea reducida al título del «mayor supermercado de la droga de Europa». Una realidad tan cierta como la delincuencia que, sin embargo, oculta la diversidad de un asentamiento donde la exclusión y los guetos de población de etnia gitana y origen magrebí conviven con población de nacionalidad española, herederos de los primeros que se hicieron con las parcelas o que llegaron más tarde, en virtud de contratos de compraventa firmados en una suerte de limbo. La diversidad en Cañada Real asoma incluso en las edificaciones: desde sencillas chabolas hasta viviendas con todos los equipamientos imaginables.

A base de leña y placas solares

A unos kilómetros del hogar de Pilar, María se enfrenta a diario a la carencia de luz con remedios propios de otro siglo. “Estamos muertos en vida”, despotrica mientras deambula por el salón, presidido por una chimenea en la que humean los últimos rescoldos de un fuego. Caída la noche, la estancia se transfigura también en el dormitorio familiar. “Sacamos los colchones y dormimos todos aquí. En el resto de habitaciones no se puede parar”, advierte la matriarca de un clan gitano formado por “tres hijos, siete nietos y dos bisnietos”. “Nos duchamos con el agua que calentamos en una olla y lavamos la ropa a mano en aquella piedra. La lavadora está ahí sin usar y a mí me duelen ya todos los huesos”.

Nunca imaginé que pudiera existir un lugar como éste tan cerca del centro de Madrid

saida, vecina de cañada real

María desembarcó en el sector 6 hace más de dos décadas. “Necesitamos luz y queremos pagar. Y al que no pague, que entonces se la corten con todas las de la ley”, reclama. Entre los recién llegados, se encuentra Saida, una joven que representa a la población de origen magrebí que ha ido encontrando refugio en el asentamiento. “Un familiar me habló de Cañada, pero nunca imaginé que pudiera existir un lugar como éste tan cerca del centro de Madrid. Tengo cuatro hijos. ¿Qué culpa tienen ellos de todo esto?”, se interroga Saida cerca de la incineradora.

Saida, una vecina de la Cañada Real, recoge leña para calentar la casa en la que vive con sus cuatro hijos
Saida, una vecina de la Cañada Real, recoge leña para calentar la casa en la que vive con sus cuatro hijos Ignacio Encabo

Cuando el frío arrecia, la carencia de electricidad se hace más acuciante, como un dolor que se vuelve más punzante. “Mis hijos son los que peor están llevando esto. Los de 13 y 15 años no quieren estar aquí y, en cuanto pueden, se van con la tía. Los compañeros de clase se burlan de ellos porque huelen a humo, pero no tenemos otro modo de secar la ropa más que en la lumbre”, balbucea Tamara. La leña tampoco abunda entre los cientos de familias que subsisten a oscuras, con los músculos entumecidos. “Hay días que no tenemos leña. Hay un chico que me conoce en el vertedero y que a veces me deja pasar a por leña. Y si no voy, camino por las calles en busca de armarios y cualquier cosa que pueda ser quemada”.

Hassan, un marroquí que vive en el sector 6 de la Cañada Real, recoge leña para calentar su casa

Hasan, sector 6

Hasan llegó hace unos años de su Marruecos natal. Hoy es padre de una bebé de dos meses, una de las vecinas más jóvenes de Cañada Real y también más vulnerables a la falta de luz. Hasan no tiene trabajo y su situación en España es irregular. «Aunque venga la luz ya no tenemos cables. La grúa vino a derribar algunas casas y se llevó también los postes de los cables», cuenta.

La madera para calentar los hogares se ha vuelto un bien tan preciado que en los últimos meses han surgido iniciativas solidarias que han costeado el envío de portes de leña. “Es, junto a las mantas, nuestra manera de luchar contra el frío. Aquí aplicamos lo que se hacía hace un siglo”, resume Ángel, un vecino de 28 años que se gana unos cuartos con el negocio de la chatarra. “Tengo un hijo con bronquiolitis y asma y hace tanto frío que cada dos por tres estamos en el hospital”, comenta uno de los beneficiarios de una distribución de leña sufragada por los vecinos de la localidad madrileña de Becerril de la Sierra.

Lo más duro es el frío. A veces se está mejor fuera que dentro de la casa

MALIKA, VECINA DE cañada real

“Esto es un ejercicio de solidaridad, pero la solución debe ser política. Resulta insostenible que a estas alturas haya familias que estén viviendo en condiciones como éstas. Que no tengan luz ni agua ni las condiciones mínimas de salubridad cuando en Madrid se están encendiendo miles de luces navideñas”, denuncia Ángela Díez, concejala de Unidas por Becerril, una de las organizaciones implicadas en una campaña que ha proporcionado asistencia a medio centenar de familias.

Ángel, sector 5

Ángel, arquitecto de profesión, optó por instalarse en Cañada Real «por voluntad propia y no por necesidad». «Reconozco esto como mi barrio y estamos luchando actualmente para que se pueda cumplir el pacto regional y se puedan legalizar el mayor número de viviendas posibles», precisa. «Legalmente nadie tiene papeles aquí. Me vine hace aproximadamente 14 años y a la persona que tenía ocupada esta parcela le di un dinero, hicimos una firma en una servilleta y es lo que hay. Yo fui consciente cuando compré esto del riesgo que implicaba que aquí podía llegar la administración en cualquier momento y decirme que hay que desalojar», agrega.

Un porvenir entre sombras

A unos metros, Hasan, un joven marroquí, recoge en su turno la porción de madera asignada a cada familia. “Hemos instalado una estufa y la situación ha mejorado. Tengo una niña de dos meses y el médico nos advierte de que tengamos cuidado con el humo”, rememora. En la vivienda que comparte con su esposa y suegra, las placas solares han instalado una estricta política de racionamiento energético. “Están para lo más básico. Te valen para unas bombillas y cargar el móvil. Lo más duro es el frío. Estar en casa y que te salga el vaho, como si estuvieras en plena calle. A veces se está mejor fuera que dentro de la casa”, indica Malika, la abuela del bebé.

Imagen del sector 5 de Cañada Real, con las urbanizaciones de Rivas-Vaciamadrid, desde la A-3 Francisco Carrión

Al ritmo actual, calculamos que los realojos terminarían en 2070

Houda Akrikez, presidenta de la asociación Tabadol

El futuro luce sombrío en los confines que habitan Hasan y Ángel. “Aquí, incluso si se restablece la luz, no llegará porque han retirado los cables”, maldice Ángel frente a unas farolas sin porvenir útil. “Estamos pagando justos por pecadores. Lo único que queremos ya es que nos den una vivienda y salir de aquí. Esto es inhumano”, replica Ángel. El realojo no es, sin embargo, la opción a la que todos aspiran. “La solución inmediata es que vuelva la luz y luego ya se verán los siguientes pasos. Algunas personas querrán esos realojos y otras preferiremos permanecer aquí porque es nuestro barrio y nuestra identidad”, apunta Houda.

“¿Cuánto tiempo se tardaría en poder realojar a novecientas familias? Al ritmo actual, calculamos que terminaría en 2070. ¿Hasta entonces estaremos sin luz?”, se pregunta la líder vecinal. “Uno de mis hijos me trata de consolar. ‘Mamá, no te preocupes. Cuando sea un futbolista famoso te compraré un chalet y saldremos de aquí’, me dice. Yo solo quiero salir de Cañada”, balbucea Saida, mientras su mirada se pierde por la hilera de construcciones que, como una línea sin fin, se extiende más allá del horizonte.

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