Educación ENTREVISTA

“Nuestra infancia marca muchísimo la forma en que tratamos a nuestros hijos”

La psicóloga Beatriz Cazurro publica 'Los niños que fuimos, los padres que somos'. Un libro en el que habla sobre castigos y humillaciones que pasan desapercibidos y anima a los progenitores a 'sumergirse en su experiencia como niños'.

Beatriz Cazurro, psicóloga y autora del libro 'Los niños que fuimos, los padres que somos'.

Beatriz Cazurro, psicóloga y autora del libro 'Los niños que fuimos, los padres que somos'. Manu Sevillano

Detrás de cada regañina, de cada castigo que un padre o madre le pone a su hijo, está el niño que ese adulto fue. La forma en que le trataron, las experiencias que marcaron su infancia modulan ahora la forma en la que educa a sus hijos, muchas veces sin ser consciente de ello. Esta es la teoría de la psicóloga infantil Beatriz Cazurro y que acaba de plasmar en Los niños que fuimos, los padres que somos (Planeta).

Cazurro propone “sumergirnos en nuestra experiencia como niños” para ser mejores padres y ofrece tanto ideas de errores con los que los niños son generalmente tratados y propuestas y ejercicios para los padres que quieran revisarse para buscar mejores formas de relacionarse con sus hijos.

Pregunta. ¿Marca nuestra infancia la forma en que tratamos a nuestros hijos?
Respuesta. La marca muchísimo, no solo por aprendizaje directo – hablar como ellos o hacer algo igual – sino porque la forma en que nos trataron configura el funcionamiento de nuestro sistema nervioso y a partir de ahí nuestra autoestima, nuestra forma de relacionarnos y nuestra forma de interpretar el mundo. De esto no se habla tanto de esto en las clases preparto o en los lugares donde los futuros padres reciben información, pero ya desde los nueve o 10 meses de vida tenemos una experiencia física y una huella general que nos hace ver si nos sentimos valiosos y si podemos confiar en el mundo.

P. Habla de sumergirnos en nuestra experiencia como niños para ser mejores padres…
R. Los niños no vienen con palabras, somos nosotros los que vamos poniendo palabras a las interpretaciones de sus sentimientos, a sus llantos, rabietas o problemas. Entonces si no entendemos bien cuál es el lenguaje de los niños, es muy difícil poder acercarnos y conectar con ellos para poder ayudarles. Además es un lenguaje que si no lo aprendimos en la infancia no puede surgir de la nada. Por eso hablo de sumergirnos en nuestra infancia para poder volver allí, hacer un relato de nuestra historia de vivencias y sentimientos y así, entender nuestra infancia de forma experiencial y poder adquirir ese lenguaje.

P. ¿Es fácil?
R. No lo es, por eso hay una pequeña advertencia en el libro. Si ves que no hilas, que no te resulta fácil, no es que no puedas es que a veces hay que hacerlo con profesionales. Hay gente que tiene recuerdos parciales o no los tiene… El puzle que se hace en un espacio terapéutico es muy complejo y va muchos más allá de estas respuestas. Con las preguntas del libro habrá quién pueda y quién no.

P. En el libro lo simboliza con una viñeta… “¿Qué herencia te dejó tu madre? Fue a terapia”. ¿Todos los padres necesitaríamos un poco de terapia?
R. Creo que todos los padres necesitamos apoyo, de personas que nos ayuden a desanudar un poco cómo nos sentimos. A veces hay daños muy grandes para los que necesitamos terapia pero si el entorno general estuviera más o menos informado y fuera un sostén para padres y madres, sería preventivo y muchas familias no tendrían por qué acudir a terapia.

Si un niño no tiene hambre, obligarle a comer es un castigo físico»

P. Afirmas que los castigos físicos son inútiles y pones algunos ejemplos que pueden no ser tan evidentes. ¿Obligar a comer a un niño es un castigo físico?
R. Si un niño no tiene hambre, obligarle a comer es un castigo físico. O si es una comida que le da muchísimo asco… Ir enseñando a comer es algo que va despacito, hay alimentos que hay que enseñarlos muchas veces hasta que el sabor y la textura se van haciendo familiares. Y hay alimentos que no nos gustan y no pasa nada, podemos comer otros con los mismos nutrientes.
Cuando los padres y madres consultan porque su hijo no quiere comer nunca y no hay nada orgánico, suele ser un problema de relación. Están ocurriendo cosas en la familia y es en lo único que el niño toma control y dice ‘en esto necesito decidir yo’.

P. ¿Qué otros castigos físicos pueden pasar desapercibidos?
R. Hay muchos casos, en el libro hablo por ejemplo de una mamá que como la niña no quería dormir sola en su habitación le decía que podía estar en la suya pero de pie. Ese tipo de cosas también son castigos físicos. Pero el castigo físico y el que no lo es tienen consecuencias parecidas: el miedo, la alerta, la desconfianza.

P. ¿Cuáles son las consecuencias fundamentales de los castigos?
R. Que los niños tengan una relación de seguridad con sus padres y se sientan protegidos es fundamental. Cuando hay castigos hay miedo e indefensión, y cuando hay miedo el cuerpo empieza a generar cortisol, que es la hormona del estrés. Cuando vivimos con estrés mucho tiempo y se genera cortisol de forma continuada, no solo es mucho más fácil empezar a generar síntomas ansiosos, depresivos, trastornos de la conducta alimentaria… sino que además hay mayor riesgo de enfermedad física. Se ha visto que hay una correlación muy alta entre experiencias adversas en la infancia y enfermedad cardiovascular, intento de suicidio, consumo de sustancias… Por ello creo que es muy importante que empecemos a poner nombre a lo que es una situación estresante y adversa en un niño, y desde luego no estar seguro en la relación con nuestros padres es una de las más grandes.

P. Dice también que hay humillaciones frecuentes que pasan desapercibidas y hacen daño a los niños, ¿cuáles son las más habituales?
R. Gran parte de las etiquetas que ponemos. Es llorón, es pesado… son bastante humillantes y más aún cuando se cuentan en público en forma de mofa. Situaciones que han tenido y para ellos han sido importantes aunque parezcan pequeñitos, reírnos con otros padres o madres puede ser muy humillante porque les hacen sentir vergüenza.

P. Plantea como forma de violencia ponerles el telediario. ¿Hasta qué edad no deberían los niños ver las noticias?
R. Depende de qué noticias, pero los niños pequeñitos no pueden entender los conflictos bélicos o las noticias sobre asesinatos. Es muy fácil que lo interpreten como algo cercano y que por tanto les puede pasar a ellos, entonces hasta qué no tengan capacidad para entender que no tiene por qué pasarles a ellos, no tendrían por qué enterarse. Y si se enteran, tenemos que prestar atención a cómo las perciben porque puede que les cueste más dormir por la noche o separarse de nosotros. Por tanto es difícil decir una edad pero yo diría hasta la preadolescencia, porque estas noticias van a generar alerta y no las pueden procesar.

Los niños no deberían ver las noticias hasta la preadolescencia»

P. Tenemos asumidas en la sociedad creencias erróneas de los niños y una de ellas se ha repetido muchísimo desde el inicio de la pandemia, la de que los niños se adaptan muy bien a todo. ¿De qué manera les puede afectar esto?
R. Adaptarse a todo o casi todo es una habilidad que tenemos todos los seres humanos, porque cuando no hay alternativa, la única solución es adaptarse. Y los niños y niñas no han tenido alternativa. Durante la pandemia, las medidas que se han tomado no han tenido en cuenta sus necesidades de contacto, de juego y movimiento que son esenciales para su desarrollo; no es un juego, son necesidades básicas del desarrollo. Las consecuencias se han visto, los porcentajes altísimos de consultas en psiquiatría infantil con sintomatología gravísima, ideas suicidas, TCA… y hablamos de ello como si fuera independiente a las medidas tomadas durante la pandemia. Pero unido a lo que los niños ya tenían… nos hemos encontrado un mundo lleno de alertas y se están viendo los síntomas y los problemas de salud mental tan grave que estamos teniendo.

P. Más allá de los datos de aumento de estas patologías, para que los niños no lleguen a esa situación, ¿en qué cosas deberíamos fijarnos los padres?
R. Cuando hayamos visto cambios en el comportamiento que nos resulten llamativos o les veamos más irascibles, con otro estado de ánimo, no se atrevan a salir a la calle, comportamientos compulsivos, llanto frecuente, dolores físicos que no correspondan a nada orgánico… deben tenernos alerta. Pero también intento explicar en el libro que hay niños que cuando lo pasan muy mal se portan como llamamos ‘muy bien’. Por eso niños muy obedientes, muy responsables, que cuidan de todo el mundo, que nunca se enfadan… también son señal de alerta.

Portarse bien todo el rato no es compatible con la salud mental»

P. Esto puede sonar paradójico, ¿cómo habría que tratarlo?
R. Habría que ir acercándose muy despacito a cómo se sienten debajo de ese comportamiento. Generalmente con miedo, muy enfadados… lo primero es tomar conciencia de que ese portarse bien, entre comillas, todo el rato no es compatible con la salud mental. Porque la persona que se siente bien muestra enfado, pide ayuda, muestra su miedo, a veces se queja… y cuando eso no es así, normalmente hay mucha ansiedad de fondo.

P. Someter a los niños a estos comportamientos de los que hemos ido hablando, ¿qué consecuencia puede provocar en ellos cuando sean adultos?
R. Las consultas psicológicas están llenas de gente que han vivido este tipo de situaciones en la vida y tienen ansiedad, depresión, problemas de dependencia emocional, dificultad para ser asertivas y poner límites, trastornos de la conducta alimentaria… La mayoría de la sintomatología psiquiátrica cuando vas hacia atrás tiene un montón de experiencias estresantes y traumáticas en la infancia. Entonces desde esta perspectiva, que se va demostrando también la base neurofisiológica para darle consistencia, lo que consideramos es que la sintomatología no es más que una alerta, una señal de que el cuerpo se ha tenido que adaptar a situaciones adversas y la forma que ha tenido es esta. Los síntomas son un lenguaje más que una enfermedad.

P. Dice que la culpa tiene mala prensa… cree que es buena, aunque lo matiza.
R. La culpa al final es un movimiento que sirve para algo, nos moviliza para reparar un daño. El problema es que ha habido tal expectativa y tal romantización de la maternidad que en cuanto las madres nos cuidamos un poco y pedimos un poco de tiempo o nos duchamos más de cinco minutos surge una culpa pegajosa, con mucho juicio, desde la que nos metemos mucha caña. Pero el sentimiento natural de hacer daño a alguien y querer pedir perdón y querer repararlo es importante para que las relaciones sean seguras en las parejas, en los amigos, en cualquier lugar. Si gritas a alguien porque estás nervioso, igual después te acercas y le pides perdón, lo siento porque no era mi intención, el próximo día intentaré no gritarte. Pues esto es igual con los niños, que a veces tenemos la idea de que pedir perdón a los niños no es una buena autoridad, que nos van a tomar el pelo. Surgen creencias que nos colocan en un sitio con mucho orgullo y nos limitan.

P. Para quien tenga la sensación de querer cambiar pero por saber por dónde empezar, ¿qué idea le daría?
R. Creo que empieza por conocerse. Por tener un poco de compasión con uno mismo y entender que incluso las cosas que esté haciendo daño tienen un sentido dentro de su historia. Que los adultos también nos hemos adaptado a nuestra infancia y nuestra vida lo mejor que hemos podido y que para que eso cambie lo mejor que tenemos que hacer es conocernos, reconocer esas partes de nosotros que están ahí funcionando casi sin nuestro permiso y a partir de ahí buscar opciones y soluciones que para cada uno serán completamente diferentes.

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