Sólo descansa por las noches, de madrugada. Es cuando nadie le pide que sonría, que se haga una foto, y que llene de color la primera imagen de su visita al museo. De día, desde primera hora, posa imponente, simpático y sobre todo, colorido. Cada mañana con un tono diferente, con un matiz nuevo. Depende del sol, de la luz y de la salud de su piel florida. En sus inicios incluso le confundieron con un gato. Hoy nadie duda de su identidad, quizá sólo de su raza; es un west highland white terrier, un cachorro. Su nombre se ha hecho casi universal: Puppy. Tiene el título de perro más grande del mundo -12,4 metros de altura, 60 toneladas de peso-, y sin duda el más fotografiado. Ninguno del más de un millón de visitantes anuales del museo se van sin retratarle. También es el más querido. Han sido 20 años de enamoramiento con visitantes y vecinos. La suya es la historia de dos décadas como guardián de una las pinacotecas más valiosas del mundo: el Museo Guggenheim Bilbao.

Sentado, cual perro faldero, con la cabeza alta y mirada al frente, así ha permanecido desde el otoño de 1997. A mediados de octubre de aquel año su instalación había concluido y a sólo cuatro días de la inauguración del Museo Guggenheim Bilbao, el 14 de octubre, Puppy era presentado a la sociedad bilbaína. Fue una presentación triste. Un día antes, a escasos metros, ETA asesinó al ertzaina Txema Agirre, quien pagó con su vida haber desbaratado el atentado con el que la banda terrorista quiso convertir en luctuosa la inauguración que presidirían los Reyes. Hoy la plaza que vigila Puppy lleva el nombre del agente. Aquel perro, recién llegado de Australia acababa de conocer la cara más amarga de la sociedad vasca. Pero aún le restaba dar cobijo a concentraciones silenciosas y manifestaciones de condena.

Meses antes, Koons presentó un Puppy de madera, algo menor y con flores más grandes en Waldeck (Alemania) y que luego destruyó

Pero la historia de Puppy es mucho más amable y grata. ‘Nació’ cinco años antes, en 1992, de la mente y las manos de su autor, el controvertido Jeff Koons. Fue resultado de un trabajo de indagación y exploración previo. El origen del imponente cachorro floral se ubica en una obra temporal de Koons, que expuso en el patio del castillo de los Waldeck en la ciudad alemana de Bad Arolsen, cerca de Kassel. Con motivo de la celebración de la Documenta IX, Koons presentó un Puppy de madera, algo menor, -11 metros-, y con flores más grandes. Tras la muestra fue desmontado y destruido.

Una piel de 38.000 flores

Una vez más fue la estrella del evento. Aquel éxito llevó a Koons (York, Pensilvania EEUU, 1955) a perfeccionar su creación. Desechó la madera y apostó por el acero inoxidable. La estructura debía ser más sólida, propia de una obra definitiva. Un armazón con estructura en cajones, a la que se le incorpora una malla metálica que a su vez se cubre con una malla geotextil verde donde se introducen cada una de las 38.000 flores que lo visten. La presentación mundial de su obra final se hizo lejos de Bilbao, en Sidney, en el Museo de Arte Contemporáneo en 1997. Meses después, la Fundación Salomon Guggenheim la compraba para incorporarla a su colección.

“Existe la idea de que Puppy se quedó en Bilbao por aclamación popular, por el éxito que obtuvo y lo bien acogida que fue la obra. No es así. Es cierto que la gente pronto se encariñó con la obra, que llamó mucho la atención, pero desde el principio, antes incluso de la inauguración, el comité artístico había decidido comprarla e incorporarla a la colección del Museo”, asegura Lucia Agirre, subdirectora Curatorial y de Archivo del Guggenheim Bilbao.

Y no se equivocaron. Además del reconocimiento que en estos 20 años ha recibido de los visitantes, la decisión se convirtió en una de las más rentables en términos económicos. La revalorización de la obra de Koons ha sido innegable en estas dos décadas, pero la de obras como Puppy aún más. “Es, sin duda, una de las que más se ha revalorizado de nuestra colección. Hoy en día no podríamos permitirnos comprarla”. El precio de compra del ‘guardián’ del Guggenheim apenas rondó los 1,2 millones de dólares en 1997. Hoy Puppy está tasado en 54 millones de dólares, lo que representa haber multiplicado por 45 su valor en el mercado.

El precio de compra de Puppy apenas rondó los 1,2 millones de dólares hace dos décadas. Hoy está tasado en 54 millones de dólares

Son muchos los que hubieran deseado acertar de ese modo. Pero Puppy sólo hay uno. Bueno, dos, pero el auténtico, es el de Bilbao. “Existe lo que se llama una ‘prueba de artista’ que es muy similar y que sí se ha expuesto en el Rockefeller Center o en el Hermitage de San Petersburgo, pero actualmente pertenece a una colección privada”, apunta Agirre.

En estos años en varias ocasiones han llegado peticiones formales para solicitar el traslado de la obra a otro museo de otro país para poder ser expuesto pero la complejidad y el coste que requeriría finalmente han desechado llevarlo a cabo.

Infundir «optimismo, confianza y seguridad»

Para la responsable curatorial de la pinacoteca bilbaína el verdadero valor de la obra de Koons radica en que “para cada uno tiene una interpretación diferente, no es la misma para un niño, para un adulto amante del arte o para otro que no lo es, etc”. “Es una puerta amable de entrada a un museo de arte contemporáneo”.

Estos días Puppy cambia de piel. Lo hace dos veces al año, en mayo y en octubre. La operación es compleja y requiere la intervención de casi una veintena de operarios durante nueve días. En esta ocasión será más largo. Cada cuatro o cinco años la turba, la tierra que cubre toda la superficie de la escultura, debe ser renovada y eso complica aún más la operación. Una intervención que deja a miles de visitantes sin la imagen más buscada desde hace dos décadas en el Guggenheim Bilbao y conformarse con un gran panel que reproduce su imagen.

Koons dejó perfectamente definido cómo debía ser la piel de su criatura. Tonos azules, rojos, naranjas, rosas y blancos. Incluso el tipo de flor más apropiado; pensamientos para el otoño-invierno y especies como las begonias, las alegrías y las petunias para el ‘ropaje’ de primavera-verano. Un estallido de color que se alimenta con un complejo sistema de riego que permite mantener vivas las flores. Cuando en unos días estrene su nuevo manto de flores, la obra estará a punto de volver a recuperar su plenitud, “que en realidad no se alcanza hasta pasado un mes aproximadamente, cuando Puppy estará más bonito tras haberse asentado todas las flores”.

Koons dejó definido cómo debía ser la piel. Tonos azules, rojos, naranjas, rosas y blancos. Pensamientos para el otoño y begonias, alegrías y petunias en primavera

Puppy es un reto para “infundir optimismo, confianza y seguridad”, dijo Koons cuando lo presentó. La floración en realidad se concibe como un crecimiento anárquico que hace de la obra algo vivo y que remite al poder de la vida y a su dimensión espiritual. “Es una obra muy especial, ha aportado muchísimo al museo. La gente lo identifica con el museo y ha sido capaz de relacionarse con la ciudadanía de modo muy especial”.

Koons es un autor querido en el Guggenheim. Además de por Puppy, en los exteriores de la pinacoteca se puede observar otra de sus obras emblemáticas, Tulipanes. Se trata de un ramo de flores concebido a modo de globos de colores de proporciones gigantescas, -2 metros de alto por 5 metros de ancho- perteneciente a la serie Celebración que inició en 1995. Junto a ello, en 2015 el Museo el dedicó una retrospectiva a su obra, donde no faltaron algunos de sus trabajos más controvertidos junto a la que fue su mujer, la actriz Ilona Staller, Cicciollina.

Tulipanes y Puppy comparten los exteriores con otras dos obras también muy fotografiadas en todos estos años, Mamá, la araña gigante de 9 metros de altura, obra de Louise Bourgeois (París 1911-New York 201) y El gran árbol y el ojo, de Anish Kapoor (Bombay, India 1954).