Todavía vive”. Aquella respuesta me dejó en shock. Tras casi un año de incansable búsqueda a través de instituciones, organizaciones, museos, medios de comunicación, comunidades judías e Internet, por fin daba con la primera de mis protagonistas. El siguiente paso fue ponerme en contacto con ella, Paula Stern, una superviviente del campo de concentración de Auschwitz que había vivido una de las historias de amor más increíbles que se conocen.

“Ella está abierta a comunicarse contigo y a responder tus preguntas”, respondió Marvin, uno de los hijos de la pareja tras mi primer correo electrónico. Cuando al fin pude entrevistar a su madre vía Skype tuve que contener las lágrimas y tragar saliva. Aquella mujer al otro lado del océano Atlántico quería contarme su vida, a mí, una completa desconocida; había decidido abrir la caja de Pandora y recordar su angustioso paso por los campos de concentración con todo lo que ello suponía, y explicarme su terrible vivencia. A medida que íbamos conversando, su voz se quebraba, la emoción la embargaba y aún así, logró terminar el relato con gran entereza. Si eso no era gratitud…

De este modo, Paula se convirtió en uno de los personajes de Amor y horror nazi. Historias reales en los campos de concentración, un libro donde recojo exhaustiva y rigurosamente los testimonios más impactantes surgidos y vividos durante la Segunda Guerra Mundial. Eso sí, todos tienen en común algo tan insólito como el amor. Ese amor en mayúsculas que les empujó a sobreponerse a la enfermedad, las vejaciones, el hambre y la muerte. Porque, pese a los trabajos forzados, los abusos y palizas, o la inanición, su mayor lucha consistía en conseguir salir de aquellas cárceles para reencontrarse con su amado/a y comenzar una nueva vida. Su mayor motor, por increíble que parezca, fue sobrevivir para seguir amando.

Sé que si no hubiera estado casada, no hubiera sobrevivido. Era lo único que me daba fuerzas para continuar y verlo de nuevo”

La propia Paula me confesaba: “Sé que si no hubiera estado casada, no hubiera sobrevivido. Era lo único que me daba fuerzas para continuar y verlo de nuevo. No sabía realmente dónde estaba él. Pero para mí, Klaus tenía que estar vivo, él tenía que sobrevivir. Yo tenía que seguir por él y él por mí. Y eso fue lo que hicimos”.

Después llegaron más conversaciones con otros familiares de ex prisioneros. Hijas e hijos que, orgullosos, me contaban quiénes habían sido sus padres, cómo habían sido sus vidas antes y después de la guerra, por qué los nazis les apresaron y les enviaron a los campamentos de concentración y en qué momento, el amor había llamado a sus puertas.

Cada entrevista dejaba de serlo para convertirse en una charla sin reloj, donde apenas había ya preguntas, solo una narración conexa donde me limitaba a ser una mera espectadora. Aquí aprendí que cuando las historias están tan vivas, no se necesitan de acotaciones ni interrupciones. Solo dejarlo fluir.

Si Paula fue un regalo hecho realidad, conocer a Howard y Nancy se convirtió en otro de los presentes de mi carrera como escritora. Ambos supervivientes me recibieron con los brazos abiertos haciéndome partícipe de algo tan íntimo como sus sentimientos. Se desnudaron ante mí, sin tapujos ni vergüenza, con su verdad por delante y transmitiendo un amor y una paz a raudales. Su testimonio me confirmó una vez más, que el ser humano es bueno por naturaleza. Por no mencionar cómo terminaron sus historias…

Al igual que las del oficial de las SS Hans y la eslovaca judía Helena, o la del católico Jerzy y la semita Cyla; así como la de Meyer y Manya, un matrimonio cuya foto utilicé para ambientar la portada del libro y que irradia esperanza. Ambos sostienen a su primer hijo tras la contienda.

Ellos y hasta un total de catorce testimonios invitan a la lectura en un libro único sobre los supervivientes del Holocausto: “Amor y horror nazi”.