“Nosotros no tenemos ciudades ni campos. Nuestro país es el horizonte y sólo una cosa dejamos atrás: las tumbas de nuestros ancestros”. Así respondió el jefe nómada Idantirso al poderoso rey persa Darío I Aquemenes, después de que este le acusara de cobardía por no quedarse a defender las tierras que sus tropas invadían. Los escitas o “jinetes nómadas” simplemente se replegaban cada vez que veían al ejército persa, adentrándose cada vez más en las infinitas llanuras de Ucrania y Rusia sin intención de presentar batalla, para frustración del monarca iranio que acabó cejando en el empeño de conquistar a tan extrañas gentes.
En roma tampoco compartían la visión de Idantirso. Para un romano, no había nada más bárbaro que un pueblo nómada, aquel que no poseyera arraigo por ninguna tierra. Representaban la antítesis absoluta de la civilización y entre ellos, hubo un pueblo errante que fue el más bárbaro entre los bárbaros: los Hunos, comandados por su rey Atila, apodado "el azote de Dios".

Así los describió el historiador romano Amiano Marcelino: "son tan deformes y monstruosos que se les podría tomar por animales de dos patas". Quizá su aspecto fuera exagerado por las fuentes, pero su furia y crueldad aterrorizaron a todo el imperio, en ese entonces (siglo VI), dividido en dos mitades: La Pars Occidentalis, con el emperador Valentiniano III y su general Flavio Aecio en Rávena y la Pars Orientalis, regentada por el emperador Marciano en Constantinopla.

Originarios de las estepas de Asia Central, los hunos contaban con ventajas formidables que en el campo de batalla los hacían prácticamente invencibles. Sus jinetes estaban armados con el arco compuesto asimétrico, un arma terrible capaz de atravesar a un guerrero con armadura a cien metros y a otro sin ella a trescientos, todo ello con una cadencia de seis flechas por minuto. Además, sus costumbres sangrientas, como desfigurarse el rostro con cicatrices a temprana edad, su capacidad de recorrer distancias enormes a una velocidad superior a la de cualquier ejército de la época (cada guerrero huno podía contar hasta con 10 caballos de recambio) y su brutalidad a la hora de arrasar ciudades y pueblos los convirtió en el enemigo más formidable y temido al que Roma jamás se había enfrentado. Una fuerza imparable que fue frenada por un hombre: el papa León I.
Una gravitas magnética
Tocayo el actual papa Leon XIV, Leon I apodado a posteriori como “el Magno”, incluso antes de ser elegido Papa, cuando era un joven diácono que servía como diplomático para el Vaticano y la corte imperial, ya llamaba la atención por su brillantez. El monje y escritor Juan Casiano, hacia el año 430 d.C., le dedicó un tratado teológico elogiándolo como: "...el ornamento de la Iglesia romana y del ministerio divino".
Tras una carrera eclesiástica intachable, fue consagrado e investido oficialmente como obispo de Roma el 29 de septiembre del año 440 d.C. Durante su pontificado, salvó a la Iglesia de cismas teológicos, persiguió herejías con precisión quirúrgica y, sobre todo, convirtió legalmente al Papa en el jefe absoluto de la Iglesia de Occidente.
"Non auro, sed ferro, liberanda est patria"
Sin embargo, mientras León construía las bases de la iglesia cristiana, en las fronteras de Roma se acercaban a uña de caballo Atila y sus hunos, buscando las riquezas que se encontraban dentro del imperio. Para el año 450 d.C., el anterior emperador de la Pars Orientalis, Teodosio II, había llevado a cabo una política de apaciguamiento humillante. Para evitar que Atila saqueara su parte del imperio, le pagaba un tributo anual astronómico (llegó a ser de más de 700 kilos de oro al año).
Pero Teodosio II murió al caerse de un caballo. Entonces, en ese año, el trono fue ocupado por Marciano, un militar veterano hecho a sí mismo y endurecido por sus años de servicio en las legiones. Su carácter distaba mucho de su predecesor, y cuando Atila envió a sus embajadores a Constantinopla para cobrar el tributo habitual y además exigir el dinero atrasado, Marciano contestó: "El Imperio tiene oro para sus amigos… y hierro para sus enemigos". Negándose a seguir comprando la paz con dinero, y si Atila amenazaba con la guerra, el emperador desplegaría a sus ejércitos para combatir a cualquier invasor.
El avance del "Azote de Dios"
Ante este revés, Atila se vió necesitado de dinero para poder seguir pagando a sus guerreros y mantener su posición como rey, por lo que sus ojos se fijaron en la Pars Occidentalis del Imperio. El Imperio romano de Occidente era un gigante moribundo, debilitado e incapaz de defenderse militarmente, y a pesar de las brillantes victorias del general Aecio que frenaron el avance huno temporalmente, en el año 452, Atila saqueaba con su ejército en el norte de Italia sin oposición.

Tras arrasar la ciudad de Aquilea y saquear Milán, el ejército de Atila se dirigía implacable hacia Rávena y la desprotegida Roma. El pánico cundió entre la población e incluso el emperador Valentiniano III huyó de la capital, mientras que Aecio, incapaz de hacer frente a las hordas de Atila con los medios que disponía, observaba impotente desde las montañas la destrucción que sembraban los jinetes de las estepas.
Fue en ese momento de desesperación cuando León I el Magno, sin legiones que lo respaldaran y armado únicamente con la dignidad de su cargo, se dirigió al encuentro de Atila, el bárbaro más temido de la historia, “el hombre nacido para sacudir a las naciones” para entrevistarse con él.
Cara a cara en el río Mincio
La entrevista entre ambos tuvo lugar cerca de Mantua, a orillas del río Mincio. Atila, el líder rodeado de una horda de jinetes sedientos de botín se vió ante un anciano de cabellos blancos, escoltado por una pequeña delegación civil de senadores romanos.
Próspero de Aquitania, secretario de Leon y la fuente más directa que hay del encuentro, lo relata así: "el rey (Atila) quedó impresionado por la presencia del sumo sacerdote" y contra todo pronóstico, tras escuchar las palabras del Papa, Atila ordenó la retirada de sus tropas y renunció a marchar sobre Roma. El "Azote de Dios" dio la vuelta y cruzó el Danubio para no regresar jamás, muriendo al año siguiente tras una borrachera.
Para los romanos, el impacto que causó el papa en la reunión aludía directamente a la gravitas, una mezcla de dignidad, autoridad moral y autocontrol que los romanos cultos consideraban la cumbre de la civilización y ante la cual, supuestamente, los bárbaros se doblegaban.
¿Milagro o genialidad diplomática?
La historiografía y la leyenda han debatido durante siglos qué sucedió realmente en aquella entrevista. La tradición cristiana no tardó en teñir el encuentro con la intervención divina, afirmando que Atila vio detrás de León I a los apóstoles San Pedro y San Pablo blandiendo espadas flamígeras, amenazándolo de muerte si no obedecía al Pontífice.
En un plano más realista, los historiadores modernos sugieren que León I, un negociador brillante, supo ver que la situación de Atila y su ejército también era precaria. Probablemente ofreció un cuantioso tributo en oro para retirarse, pero también le recordó al rey huno que el emperador de Oriente, Marciano, había acudido en auxilio de su homólogo occidental y en ese momento atacaba las bases de su reino por la retaguardia de Atila. Además, las huestes bárbaras sufrían una severa escasez de alimentos y un brote de peste en sus filas, por no hablar de que Aecio continuaba acechando a Atila desde las montañas.
Fuese por intervención divina, por pragmatismo militar o por la propia presencia del Papa, el resultado fue el mismo: León I hizo retroceder a todo un ejército con la única fuerza de su palabra, salvando a Roma de la destrucción.
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