Ana Iglesias, la «risueña y discreta» empresaria madrileña de 24 años, ha ganado esta madrugada MasterChef 8 con un menú de homenaje al origen argentino de su familia que despidió una edición marcada por la pandemia, que obligó a suspender la grabación del programa y a confinar a los concursantes.

«Los sueños se cumplen», ha dicho la ganadora al obtener el título, que comporta la publicación de su libro, un máster en el Basque Culinary Center y 100.000 euros en metálico.

En segundo lugar se ha clasificado Andy García, abogado madrileño de 36 años que se ganó los apelativos de «estratega» y «pollito», con un menú basado en su evolución en el programa, y en tercer puesto Iván Mariñas, entrenador coruñés de 38 años, el «contestón» y «caballito ganador» del juez Pepe Rodríguez, que elaboró un menú muy gallego.

Este MasterChef 8 comenzó como una entrega especial batiendo récord con 18 aspirantes, pero nadie vaticinaba que iba a serlo aún más por el estado de alarma decretado ante el Covid-19, que conllevó la suspensión de la grabación y mantener a los aspirantes confinados en una casa y separados de sus familias, parejas y amigos.

Pero también por un éxito de audiencia que se ha visto ensombrecido por las críticas a una deriva más hacia el espectáculo que a la gastronomía con la elección de concursantes (como Saray, transexual gitana que se atrevió a servir al jurado una perdiz sin desplumar) o la promoción de enfrentamientos («gallos» y «pollitos») o de relaciones amorosas (los finalistas Luna y Alberto).

En una edición en la que dejó huella la veterana Juana por su humildad y dominio de la cocina tradicional -como invitada en la final anunció que publicará un libro de «cocina económica y de aprovechamiento»- Ana se impuso en la primera final a tres de los ocho años del concurso, con un menú que evocaba sus dos pasiones: la cocina y la joyería.

Comenzó con un aperitivo en dos secuencias compuesto por ostra aliñada con grasa, perla de su agua y aire de champán, y consomé de jamón con aire de melón; continuó con un pichón con pasta wanton, cremoso de sus interiores y puré de cerezas, del que Joan Roca, del triestrellado El Celler de Can Roca (Girona), dijo que era «un plato tres estrellas Michelin«, y cerró con un alfajor deconstruido en homenaje al origen argentino de su familia.

«Has hecho un menú inteligente, has conseguido trenzar la cocina y la orfebrería de una forma impecable, y tienes un valor importante vinculado a la cocina que es la generosidad», dijo Roca, invitado como juez a esta gran final, en la que el jurado del programa destacó la «humildad» y «progresión» de la ganadora.

Al margen de enfrentamientos y protagonismos, Ana -quien logró la chaquetilla clasificatoria la semana pasada- se impuso a Iván, a quien el jurado siempre le reprochó su carácter «contestón» ante las críticas, y a Andy, que terminó el concurso con la decisión de cambiar la toga por la chaquetilla para abrir su propio restaurante en Madrid «para una clientela exclusiva», lo que no le despegó del adjetivo de «pretencioso» que Jordi Cruz le colgó desde los inicios. Esta final comenzó con una dura prueba: seguir en el cocinado al cocinero más laureado en habla hispana, el guipuzcoano Martín Berasategui (12 estrellas Michelin), para elaborar uno de sus clásicos, la ensalada de tuétanos de verdura cruda, bogavante, con esferificación de piparra y crema de lechuga de caserío, espuma de hinojo y vinagreta de ajo asado.

La ya habitual verborrea de Luna exasperó al chef, a sus compañeros (seguro que también a más de un espectador) y al jurado, que la amenazó con sacarla de la prueba, mientras Andy conseguía seguir con menos dificultad el cocinado de Berasategui y, pese a su mayor crítico, Jordi Cruz, se llevó la ansiada primera chaquetilla de la noche.

La segunda prueba arrancó cargada de emotividad ya que se desarrolló en El Bohío (Illescas, Toledo), cuyos fogones llevaban cuatro meses apagados por la pandemia, tal como recordó su cocinero y propietario, el juez Rodríguez Rey, quien recientemente lo reformó para modernizar su aspecto.

Sorprendió a los aspirantes con su menú, combinación de la tradición y vanguardia que caracterizan una cocina que, lamentablemente, no conocían los concursantes que lo debían replicar, quienes le atribuían una propuesta mucho más clásica.

Los comensales invitados para degustarlo fueron ganadores y finalistas de MasterChef Junior, que comenzó a emitirse en 2013, de forma que los seguidores del programa pudieron comprobar que los pequeños de las primeras de sus siete ediciones habían sobrepasado ya la mayoría de edad.

Luna y su fracaso con el postre -asiático, basado en un café típico de Cartagena (Murcia)- se quedaron fuera del trío de duelistas, lo mismo que Alberto, «caballito ganador» de Cruz pero que se pasó con la cocción de unas gambas. Lo que sí se han llevado ambos es una relación de pareja.

Iván, el favorito de Pepe Rodríguez y que por tanto ‘jugaba en casa’, ganó la ansiada plaza para la gran final con sus réplicas del gazpacho de aceituna y de la secuencia de atún de su mentor.

«Ha sido la edición más dura de MasterChef por la pandemia», reconoció Cruz, si bien el público le ha respaldado, bien por el espectáculo bien por la cocina, ampliamente durante y después del confinamiento.