Otra vez. La reina Isabel II ha vuelto a aparecer en público con una sonrisa radiante, mucho más alegre que hace tan sólo unos meses. Y eso que está técnicamente de luto (su marido, el duque de Edimburgo, murió el 9 de abril). Seguramente, que fuera a ver a sus queridos caballos ayudaba: Isabel II apareció el sábado pasado, día 19 de junio, en Ascot, una de sus citas favoritas del año junto con el Royal Windsor Horse Show.

La felicidad también le debe venir porque las cosas en su familia parece que se están encarrilando. El miércoles sus nietos, Guillermo y Enrique, aparecerán juntos en un acto de gran simbolismo. Ese día, 1 de julio, Diana, princesa de Gales, habría cumplido sesenta años y sus hijos han decidido conmemorar tan señalada fecha con la inauguración de una estatua de su madre en los jardines de Kensington.

Será la primera vez que los hermanos se vean las caras desde el entierro del duque de Edimburgo. La prensa británica lleva días poniéndose las botas con «la cumbre de los hermanos Windsor» y no se descarta que Kate Middleton tenga que hacer malabares diplomáticos para que la tensión no se recrudezca.

De momento, ya se sabe que Harry (Enrique por estos lares) está en Inglaterra. Ayer viernes se le vio salir de su mansión en Los Ángeles dirección al aeropuerto. Se sabe que no se hospedará en Kensington y es muy probable que, mientras esté en el Reino Unido, viva con su prima Eugenia, hija de los duques de York, con la que siempre se ha llevado de maravilla. Por cierto, a Meghan no se la espera en Inglaterra.

Isabel II podrá ver de nuevo a Harry, con el que sólo coincide vía zooms. Según fuentes de palacio, aunque a la Reina le han dolido muchas cosa del proceder de su nieto (la entrevista con Oprah, las acusaciones de racismo, etc.), en el fondo desea que Harry recapacite y vuelva a casa. O, como mínimo, está deseando que sus nietos hagan las paces de una vez. Se sabe que, en privado, está intentado dialogar a varias bandas para que todo vuelva a la normalidad o, al menos, sus nietos entierren el hacha de guerra.

Cuatro caballos de la Reina en Ascot

Pero todo eso debió quedar en segundo plano mientras la Reina disfrutaba en Ascot. Isabel II es una de las mejores criadoras de caballos del Reino Unido y, este año, cuatro de sus equinos competían. El primero en hacerlo, Reach for the Moon, quedó en un muy digno segundo puesto en la primera carrera de Ascot. Los otros tres —Tactical, Light Refrain y King’s Lynn— también consiguieron muy buenos resultados. De ahí, seguramente, la sonrisa resplandeciente de la soberana.

Por cierto, el año pasado, Isabel no pudo asistir al evento por el maldito coronavirus (era la primera vez en 68 años que no asistía). Este año ha vuelto a ir y, por tanto, se ha reanudado una de las tradiciones más antiguas de Ascot: adivinar de qué color será el color del sombrero de la Reina. Las apuestas apuntaban al color azul o al verde, por aquello de que ya hace buen tiempo y de que es el color de la esperanza. La última vez que la monarca fue a Ascot llevaba un traje en verde fluorescente.

Esta vez ha aparecido con un abrigo veraniego en verde agua o turquesa suave con unos elegantes plisados bajo el cual iba uno de sus tradicionales vestidos de florecitas. Todo obra de su personal assistant, Angela Kelly, la cual le diseña y le cose los trajes desde hace años.

Letizia: unos cuantos aciertos y un gran fallo

Por estos lares, Letizia ha seguido con su agenda de actos oficiales. Hace quince días, el día 19 de junio, justo cuando se cumplía el séptimo aniversario de la proclamación como Rey de Felipe VI, la familia real al completo aparecía en el acto de concesión de las condecoraciones de la Orden al Mérito Civil y la Reina y sus hijas aprovecharon para estrenar trajes, cosa que no hacen desde el principio de la pandemia.

En un artículo hace unos meses en El Independiente me quejaba de que a Leonor la vestían siempre de niña y que ya era hora que la vistiesen de adolescente, más en la línea de las princesas holandesas, que van mucho más adecuadas para su edad. La petición debió ser escuchada, porque la princesa de Asturias va mucho más moderna últimamente, lo que es de agradecer.

Para el acto de hace unos días, apareció con un diseño de la firma sevillana Vogana, en azul grisáceo y mangas cortas geométricas, muy a la moda. La parte de arriba del vestido estaba muy bien planteado, pero el fruncido en la parte lateral era un horror y deslucía completamente el traje.

Vogana tiene trajes muy bien hechos y muy bien cosidos, con patronajes y telas excelentes. Pero el modelo que escogieron para Leonor no era, ni de lejos, el mejor para ella. Este otro, en blanco, y de la misma firma, le habría quedado de perlas:

Sigamos. Letizia optó ese día por un traje que, sin duda, la favorecía muchísimo: un diseño en fucsia del diseñador de Úbeda Moisés Nieto, un tipo con un talento superlativo que, si fuera estadounidense, ya estaría protagonizando red carpets y portadas de Vogue.

Nieto es uno de los mejores exponentes de cómo reinventar esos diseños geométricos y austeros que Balenciaga elevó a categoría de arte. En su caso, además, sabe fusionar la modernidad del planteamiento con una pureza de formas que, insisto, en Estados Unidos sabrían valorar como merece. Lástima que aquí no tengamos plataformas más potentes para visibilizar a portentos como él.

Sofía ya apunta maneras y va a ser, sin duda, la más estilosa de las hermanas

Pero volvamos al vestido. La creación cumplía todos los elementos para que a la Reina le quedara bien: buena tela (un crepe precioso con buena caída), excelente color (el fucsia estaba muy bien conseguido), cuerpo entallado con escote asimétrico (nada de esos feos escotes en pico que le hacía Varela y tan mal le quedaban) y falda midi con vuelo. Se ha dicho por ahí que el traje cuesta 390 euros.

La otra bien vestida del día fue la infanta Sofía, una chica que ya apunta maneras y va a ser, sin duda, la más estilosa de las hermanas. El traje en falso tweed en tonos coral era precioso y ese suave evasé, los A-dress que dicen los americanos y que tanto popularizaron Balenciaga y su discípulo, Hubert de Givenchy, le quedaba estupendamente.

La mítica cita con los Cavia y más

No podemos decir lo mismo de los trajes que Letizia llevó al resto de actos que ha protagonizado la Reina. Vayamos por partes. Letizia solía usar los premios de periodismo Mariano de Cavia para sorprender con sus estilismos más arriesgados: ¿quién puede olvidar aquel Nina Ricci con lentejuelas complementado con un peinado efecto mojado y unos smokey eyes excesivamente marcados que recordaba a Kim Kardashian? ¿Y qué me dicen de aquel traje con flecos de Hugo Boss que parecía un disfraz de Cabaret de los años veinte? Por no hablar de aquel ridículo traje de espumillón blanco ultraminifaldero de Teresa Helbig.

¿Quién puede olvidar aquel Nina Ricci con lentejuelas y el peinado “efecto mojado” y unos smokey eyes excesivamente marcados que recordaba a Kim Kardashian?

Este año, Letizia ha optado por una opción mucho más discreta, pero no por ello afortunada. Se trataba del Lola Li que ya estrenó en el 2019 para ir al Teatro Real y que tan mala pasada le jugó en su momento: el vestido, de estilo entre camisero y oversize, se le abría peligrosamente por el escote y, para evitar una fotografía risqué, la Reina tuvo que pedir unos imperdibles.

Esta vez, Letizia apareció con el escote firmemente cosido, con la mala pata de que el conjunto perdía completamente la forma y el dinamismo. Es lo que tiene la seda, que es un tejido precioso, pero necesita una caída bien puesta. Tampoco ayudaba la combinación de zapato dorado y bolso plateado: todos los complementos en negro le habrían realzado más. Los pendientes circulares eran para olvidar.

Letizia no tuvo suerte con el Hugo Boss en color verde agua que se enfundó hace un par de días para la entrega de las medallas a las Bellas Artes. El vestido no es nuevo: se lo vimos en marzo del 2019 a su llegada al aeropuerto de Buenos Aires para dar comienzo a la visita de Estado a Argentina. También se lo puso para una reunión de la Fundación Princesa de Asturias. En ambos casos fue un visto y no visto y no se pudo apreciar el detalle.

El vestido, desde luego, es bonito, con un color muy favorecedor, pero la forma no le quedaba bien a Letizia. La Reina tiene obsesión por ir bien ceñida y no hay parte superior de un vestido que no haga marcas o pliegues poco favorecedores cuando la talla es demasiado pequeña. La tirantez era tal que en varias fotografías se vio como la parte delantera del sujetador se marcaba en exceso. Por la parte trasera la situación era peor: parecía que el vestido se iba a desgarrar en cualquier momento.

Pero lo peor, sin duda, llegó con el Ferragamo con el que Letizia acudió a las festividades el patrón de la policía municipal de Madrid. El traje es principio es un diseño camisero con efecto fruncido, pero el resultado es horroroso: los pliegues en la cintura eran más propios de un vestido low cost en los restos de las terceras rebajas que de un diseño que, según se ha dicho en algún medio, podría costar 1.650 euros. Y no hablemos de las mangas: eran un mejunje de pliegues muy mal cosidos que parecían que se sabía enganchado y habían hecho tirón. Ni el color (más propio del otoño) ni el resto del vestido (pésimamente resuelto) conseguían salvar el conjunto.

Ha sido el (triste) punto y final de unos ajetreados días.