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Catalina la Grande de Rusia: amiga de Voltaire, defensora de las vacunas y posible asesina de su marido

Catalina la grande con una mano sujetando libros antiguos y letras alrededor

Carmen Vivas

Una de las series que más han triunfado entre la gente joven en estos últimos años, pero de la cual menos se ha hablado es de The Great, una producción entre la comedia y el drama que usaba como punto de arranque la vida de la emperatriz Catalina la Grande de Rusia, pero que alteraba la verdadera biografía como le daba la gana. De hecho, el propio título de la serie —The Great: An Almost Entirely Untrue Story, algo así como «una casi historia irreal en su totalidad»– admitía los errores y las fantasías. Sin embargo, hay que reconocer que la serie se dejaba ver, por aquello de que era divertida. Eso sí, si se quería tener una visión verídica de la susodicha Catalina en cuestión había que acudir a otras fuentes, porque la auténtica emperatriz de Rusia tenía poco que ver con la que reflejaban en la pantalla.

¿Quién era en verdad Catalina la Grande? Vamos a ver algunas de sus datos más curiosos, comenzando porque ni siquiera se llamaba Catalina y ni siquiera había nacido en Rusia. De hecho, ni siquiera tenía derecho al trono imperial y tuvo que dar un golpe de estado para conseguirlo, pero no adelantemos tanto los acontecimientos.

En realidad, se llamaba Sofía

Como os decía, la famosa Catalina no se llamaba así. En realidad nació en 1729 como Sofía Federica Augusta von Anhalt-Zerbst y no era ni siguiera rusa, sino prusiana. Su padre era un príncipe de tercera fila completamente arruinado llamado Christian Augusto; su madre, la princesa Johanna Elisabeth, estaba emparentada lejanamente con la familia imperial rusa. La familia vivía en el municipio de Stettin, en lo que entonces era Prusia y hoy es Polonia.

La casaron con diez años

El día de su nacimiento, a Sofía/Catalina parecía que el destino le tenía deparado un futuro anodino y aburrido. Pero los contactos familiares de su madre le aseguraron una buena boda de estado. De hecho, se sabe que tuvo varios pretendientes. Sin embargo, cuando tenía diez años la desposaron con Pedro, heredero al trono de Rusia.

Pedro tendría que haber sido rey de Suecia

Si la vida de Catalina fue azarosa, la de Pedro no iba a la zaga. El futuro zar de Rusia no nació tampoco en el país, sino en Kiel, una ciudad de lo que hoy es Alemania. Tampoco él parecida predestinado al principio al trono imperial: su madre era tan sólo una de las hija del zar Pedro el Grande. De hecho, su padre era sobrino del rey Carlos XII de Suecia y todo parecía indicar que Pedro podría acabar siendo el rey el país escandinavo. Tanto, que incluso creció como luterano y no como ortodoxo, la religión oficial de Rusia. Pero con once años, Pedro se quedó huérfano y su tía, la emperatriz Isabel de Rusia, lo escogió como heredero. Tuvo que trasladarse enseguida a San Petersburgo, cambiarse el nombre a Pyotr (Pedro en ruso) y abrazar la fe ortodoxa.

Odiaba a su marido

En 1744, cuando cumplió 15 años, Sofía pudo por fin conocer a su futuro marido. Fue formalmente invitada a Rusia por la emperatriz Isabel, una mujer de armas tomar que había asumido el trono por vías no precisamente legales. A pesar de que era hija de Pedro el Grande, lo que le confería cierta legitimidad, la verdad es que había dado un golpe de estado tres años antes. Sofía le cayó bien enseguida: era culta, refinada, visiblemente ambiciosa y capaz de gestionar un imperio.

Sin embargo, Pedro, sobrino de Isabel y su heredero, no podía ni verla. El odio fue mutuo. Pedro tenía la cara marcada por profundas cicatrices –había sufrido un grave caso de viruela–, y a Sofía/Catalina le dio asco verlo. Tampoco es que tuvieran nada en común: Pedro no tenía ningún interés intelectual, solo le gustaba el ejército y prefería pasar el tiempo con sus amigos que con su futura esposa. A diferencia de ella, Pedro nunca fue un buen estudiante y, aunque no era tan bobo como luego lo retrataron las crónicas, la verdad es que era bastante gandul. También era bastante hedonista y, según Catalina, un borracho.

A pesar de que era una unión condenada al fracaso, la boda siguió adelante. y tuvo lugar el 21 de agosto de 1745. Sofía se había convertido a la religión ortodoxa por entonces y había adoptado un nuevo nombre ruso: Ekaterina, Catalina en ruso.

Su hijo podría haber sido fruto de un amante

La nueva Catalina y su marido sufrieron un matrimonio absolutamente tóxico desde el principio. Incluso algunos historiadores aseguran que el matrimonio nunca se consumó sexualmente y que, en la mismísima noche de bodas, Pedro abandonó el lecho conyugal para irse de juerga con algunos amigos. También algunos creen que podría haber sido impotente o, como mínimo, estéril.

Seguramente por ello, durante ocho años no gestaron ningún heredero. Cuando finalmente Pablo nació, en 1754, los rumores en la corte apuntaron como verdadero padre al militar Sergei Saltykov, con quien se sabía que Catalina tenía una aventura extramatrimonial. De hecho, la propia Catalina en sus memorias llegó a apuntar veladamente, aunque no a ha afirmar taxativamente, que los rumores eran ciertos y que la propia emperatriz Isabel le había permitido tener amantes para dar un heredero a la corona.

A Pablo le siguieron con el tiempo tres hijos más. Así como con Pablo hubo algunas dudas sobre su paternidad, con el resto no hubo ninguna: todos fueron más que probablemente hijos de Catalina con amantes.

Catalina se refugió en la lectura

Muchos años más tarde, cuando escribió sus memorias, Catalina explicó verdaderas calamidades de su vida junto a Pedro. No sólo lo retrató como un crío inmaduro que estaba a todas horas jugando a los soldaditos, sino que aseguraba que también era un hombre violento que disfrutaba viendo sufrir a animales mientras éstos morían. Sin embargo, muchos historiadores creen que Catalina quiso dar una imagen horrenda de su marido a propósito y que el matrimonio, aunque muy infeliz y desdichado, tampoco fue tan nefasto.

Lo que sí que es cierto es que Catalina se refugió en la lectura para compensar sus ratos libres que, al principio, fueron numerosos. Como hablaba francés y alemán a la perfección, pudo leer las obras de la Ilustración que llegaban de Francia, sobre todo las de un tal Voltaire, que acabaría siendo su filósofo de cabecera.

Al mismo tiempo, Catalina comenzó a estudiar ruso, un idioma que acabaría dominando. En aquella época, la corte rusa hablaba francés –las propias memorias de Catalina fueron redactadas en esa lengua– y el ruso se consideraba un idioma de campesinos. El propio Pedro, por ejemplo, nunca llegó a hablarlo.

Fue la primera en ocupar el palacio del Hermitage en San Petersburgo

A finales de la década de 1750, la emperatriz Isabel comenzó a dar señales de estar muy enferma. Sin embargo, ni tan sólo cuando supo que le quedaba poco tiempo de vida comenzó a preocuparse seriamente por formar a Pedro como heredero. Éste era, a todas luces, un hombre incapaz de reinar, sin ningún conocimiento de política o de asuntos de la administración. Pero Isabel no quiso verlo.

Cuando la emperatriz Isabel de Rusia murió en 1761, su sobrino Pedro, de 33 años por entonces, se convirtió inmediatamente en Pedro III. Catalina era ahora emperatriz consorte. La pareja se instaló en el palacio de invierno en San Petersburgo, lo que hoy es el museo del Hermitage.

Dio un golpe de estado

Pedro fue un emperador inmensamente impopular desde el primer momento. A pesar de que Prusia se consideraba entonces la archienemiga de Rusia, él demostró desde el comienzo de su reinado mucha afinidad hacía el país y hacia el emperador Federico (llamado «el Grande»). Por ello, sacó a Rusia de la guerra de los Siete Años, algo que cabreó sobremanera a los oficiales y al pueblo por igual. La indignación fue también mayúscula cuando Pedro cambió los uniformes del ejército ruso y adoptó el azul prusiano.

La iglesia también le daría pronto la espalda. Como se había criado como luterano, nunca acabó de sentir del todo como propia la religión ortodoxa y se sabe que no confiaba en el clero ruso. Una de sus primeras medidas, de hecho, fue proclamar la libertad de culto en el país. También adoptó dos medidas muy progresistas, pero que chocaron con los intereses de los terratenientes: prohibió matar a siervos (la práctica era legal) y desmanteló la todopoderosa policía secreta rusa. Por no decir que, en vez de vivir en San Petersburgo, él se instaló en Oranienbaum, cerca de Finlandia.

Mientras su esposo cabreaba a todos los poderes fácticos del país, Catalina se alió con ellos. Durante años se preocupó por cultivar su amistad con personas destacadas del clero y del ejército (incluso se hizo amante de varios oficiales, entre ellos el guapo Grigory Orlov). Con semejante trama de apoyos, no es de extrañar que se decidiese a dar un golpe de estado, algo que era relativamente común en la historia de Rusia.

El día del golpe, salió tan deprisa de palacio que su peluquero la peinó por el camino

Catalina lo tenía todo previsto, pero los acontecimientos se precipitaron. Enseguida le llegaron rumores de que Pedro quería divorciarse de ella y, más tarde, supo que uno de sus colaboradores había sido detenido. Catalina debió pensar que era ahora o nunca y salió a toda prisa de palacio a enfrentarse a su marido. Tan rápido lo hizo, que no dio tiempo a peinarla apropiadamente y su peluquero le tuvo que arreglar la cabellera por el camino.

Aseguró que su marido había muerto de hemorroides

En cuestión de horas, Pedro fue arrestado y obligado a abdicar. Se le envió a Ropsha, a las afueras de San Petersburgo, pero no estaría allí demasiado tiempo. Ocho días más tarde, estaba muerto. El parte oficial desveló que se había tratado de un caso agudo de hemorroides que, supuestamente, habría dado lugar a un ataque cardíaco, una explicación tan ridícula como poco convincente.

A día de hoy, muchos se inclinan por pensar que fue asesinado. Se dice que hubo una pelea con los guardas que lo custodiaban y que uno le propinó una paliza tan severa que acabó con su vida. Algunos biógrafos aseguran que el guarda era Alexei Orlov, el hermano de Grigory, amante de Catalina.

Tuvo que hacer frente a numerosas revueltas e intentos para destronarla

Dado que no llegó al trono de Rusia de la manera más legítima y legal del mundo, la nueva emperatriz Catalina tuvo que hacer frente a numerosos intentos para sacarla de en medio. La más peligrosa llegó en 1773, cuando un grupo de cosacos capitaneados por Emelyan Pugachev se alzaron en armas para protestar, en principio, por las duras condiciones en las que vivía el pueblo y, sobre todo, la esclavitud a la que estaban sometidos los siervos. También le echaban en cara a Catalina que no era la emperatriz legal de Rusia y Pugachev llegó a asegurar que él era, en realidad, el zar Pedro III. Su revuelta no llegó a triunfar y Pugachev fue capturado y luego ejecutado en una plaza pública.

Concedió numerosos títulos y riquezas a sus amantes

Desde luego, ser amante de Catalina acarreaba numerosas prebendas. A más de uno lo agasajó con joyas, títulos, tierras, palacios e incluso miles de siervos. Stanislaw Poniatowski, uno de sus amantes más duraderos y con el que más unida estaría, llegó incluso al trono de Polonia gracias, en gran parte, al apoyo de Catalina.

Los británicos le pidieron ayuda para luchar en la guerra de Independencia americana (pero echa les dijo que no)

En 1775, Catalina recibió a un emisario de Londres, el conde de Dartmouth, el cual le pidió a 20.000 soldados rusos para poder enviarlos a América, a luchar frente a las colonias que se acababan de rebelar. Catalina le dijo que no.

Amplió Rusia pero no hizo nada para aliviar la situación de su pueblo

Mientras sorteaba numerosos obstáculos políticos, Catalina consiguió éxitos en política exterior. Rusia vivió una gran extensión territorial bajo su reinado (de ahí le vino el apelativo de «la Grande»), y llegó a anexionarse Crimea, lo que dio a Rusia una salida al mar por el sur, algo que todos sus antecesores habían ansiado conseguir. Pero en política exterior sus éxitos fueron más discretos. A pesar de que las conquistas le reportaron pingües beneficios y que las arcas públicas consiguieron tener recursos, el pueblo no notó demasiadas mejoras. La pobreza siguió siendo extrema.

Era amiga personal de Voltaire

En lo que sí triunfó Catalina fue en el impulso a las ideas de la Ilustración en Rusia entre las élites. Mantuvo una larguísima correspondencia con el filósofo Voltaire, a quien nunca conoció en persona pero de quien se llegó a considerar amiga personal. Sus ideas le apasionaban y ella misma llegó a escribir numerosas obras sobre algunos aspectos filosóficos, sobre todo en el ámbito de la educación. Sin embargo, cuando estalló la Revolución Francesa, Catalina dio marcha atrás en sus ansias reformistas, temerosa de la que su cabeza también rodara por el suelo.

Se refugió, eso sí, en su mundo propio de cultura. Catalina era una lectora voraz –tenía una biblioteca con más de 44.000 volúmenes– y también fue una gran mecenas de las artes. El actual Hermitage le debe una parte nada desdeñable de su impresionante colección.

Creó la primera universidad pública para mujeres

Catalina no sólo tenía pasión por los libros y la cultura, también por la educación. De hecho, ayudó a crear el Instituto Smolny de Nobles Damas, que está considerado la primera institución pública (financiada por el estado) de educación superior para mujeres en Europa.

Fue una gran defensora de las vacunas

En otro aspecto en el que también fue muy avanzada a su época fue en la defensa de las vacunas. A pesar de que por entonces eran un avance innovador y muchos recelaban de su eficacia, ella puso de moda vacunarse contra la viruela. Lo hizo de una manera muy eficaz: dejó que la vacunaran a ella y a su hijo. A partir de ahí, toda la corte hizo lo mismo.

Durante muchos años se aseguró que había sido asesinada

Pero no era verdad. Murió de muerte natural el 17 de noviembre de 1796. Lo que ocurrió es que los enemigos de la emperatriz, que eran muchos a estas alturas, no perdieron ni un segundo para hacer circular los más imaginativos rumores, a cada cual más ridículo. Algunos aseguraron que murió en el retrete; otros fueron más allá y dijeron que había sido mientras Catalina mantenía relaciones sexuales con un caballo. Hoy en día se cree que la verdadera causa de la muerte fue un ataque al corazón.

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