Cultura

La autobiografía que se le escapó a Carson McCullers

Carson McCullers.

«Está Carson la niña prodigio, la lumbrera, una tímida jovencita de pueblo que encuentra a trompicones su camino al estrellato literario. Está Carson la borracha, desaliñada y mordaz, probablemente exagerada. Y Carson la mujer necesitada y enfermiza(…). Carson la desesperada, que persigue tanto a mujeres como a hombres; y Carson la manipuladora, que seduce y utiliza a los demás. Carson se describía a sí misma como «un poquito terrorífica». Ninguna de estas es mi Carson».


A Carson McCullers (Estados Unidos 1917-1967) la han inspeccionado lenta y minuciosamente durante años. La mujer libre, la bisexual, la loca, la activista y ahora Jenn Shapland, coincidiendo con el 55 aniversario de su muerte, busca debajo de todas las etiquetas.

Mi biografía de Carson McCullers, que se publica ahora por la editorial Dos Bigotes, comienza cuando la autora, que se encontraba trabajando en el archivo de la Universidad de Columbus, recibe la orden de fotocopiar unas carta de Annemarie Schwarzenbach. Comienza a leer pequeñas páginas con letra diminuta y mucho amor que se dirigen a otra escritora, a McCullers.

Aunque la relación entre ambas era ya conocida, siempre se vendió como una amistad llevada al límite, un amor platónico que jamás llegó ni al roce, pese a que la suiza jamás ocultó su atracción por las mujeres ni sus numerosas relaciones lésbicas y pese a que estas cartas parecen escribir otra historia.

Comenzó con ellas un viaje, el de McCullers conquistando la mente de Shapland o el de Shapland invadiendo la mente de McCullers. Ella no había leído ni una palabra de la autora de El corazón es un cazador solitario, no sabía nada sobre su historia, sobre su fascinación por retratar los descartes que provocaban aquellos estados sureños de mediados del s. xx, pero generó una obsesión que fue in crescendo y que la llevó a tomar la decisión de escribir este libro el día que consiguió las transcripciones de sus horas de terapia con la doctora Mary Mercer.

Decenas de cintas que la autora estadounidense grababa cada vez que acudía a la consulta y que guardó con la intención de convertir en su propia biografía, con la necesidad de contar los porqués de tantas sombras que ni ella era capaz de alumbrar.

«Las sesiones entre Carson y Mary fueron transformadoras a nivel terapéutico. La búsqueda de autoconocimiento de Carson, que coincidió con la narración de sus desastrosos matrimonios y la articulación de su amor por las mujeres,
se extendió hasta bien entrada su vida adulta», escribe Shapland que considera que aquellos matrimonios, que fueron dos con el mismo hombre, no eran más que una relación tóxica y dependiente que no condiciona la sexualidad de McCuller.

Fueron con Reeves McCullers y el primer divorcio llegó tras la aparición de Schwarzenbach, que provocó en su mente una revolución cultural, a la que quiso sin fisuras y por la que acabó sufriendo el más grande de los rechazos. «Pensé que estaba manejando este asunto con prudencia y tacto, pero ella está tan convencida de que soy su destino… Y ahora su marido la ha dejado a causa de esta situación», le escribía la suiza a su amigo Klaus Mann, hijo de Thomas Mann. «Ella tenía un rostro muy hermoso que, lo supe enseguida, me perseguiría hasta el fin de mi vida con su aire de indefinible tristeza», diría la estadounidense.

Publicó un tiempo después El corazón es un cazador solitario con un éxito desbordante. Reeves no abandonó jamás su oficina y ella jamás llegó a pisar una

Se habían casado cuando él tenía 25 años, Carson acaba de cumplir los 20 y bajo el paraguas de una promesa prenupcial. Ella terminaría el libro que estaba escribiendo y luego se pondría a trabajar para que él pudiese dejar su puesto y dedicarse a escribir. Publicó un tiempo después El corazón es un cazador solitario con un éxito desbordante. Reeves no abandonó jamás su oficina y ella jamás llegó a pisar una. Hablan de un matrimonio descompensado, él más conservador, ella más libre, con necesidad de conocer y probar.

Pasaron separados algunos años, en los que ella escribió El reflejo dorado, una novela más bien corta en la que narra relaciones homosexuales, aunque nunca de forma explícita. La publicó en 1941 y la sociedad americana se encontró con un libro que colocaba a los negros como ciudadanos de primera, que convertía a un coronel del ejército en un homosexual reprimido y que había sido escrito por la nieta del dueño de una plantación. Tanto ella como su novela fueron tildadas de aberración.

Pero nada la paró y se hizo con la beca Guggenheim, en 1942, y, en 1946, con la de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. Publicó otra obra, Frankie y la boda, mientras la Segunda Guerra Mundial ennegrecía todo y llevaba a su exmarido a las trincheras. En cuanto volvió del frente, decidió volver a casarse con él. Dicen que por la soledad, por el miedo, por el desplante de la suiza, por la angustia de pensar que podría haber muerto.

Como explica Shapland, aquellos dos matrimonios aumentaron su idea de no saberse, no entenderse, de estar en un lugar que no era el suyo. «Las cintas (de su terapia) documentan a una mujer de cuarenta y un años que intenta averiguar quién es y lo cuenta con suaves ronroneos sureños. Las cartas que escribía Carson a Mary después de cada sesión rebosan de gozo al descubrirse a sí misma, además de otras alegrías. Pero Carson nunca publicó las transcripciones de su terapia. Después de leerlas por encima, se sintió desolada al comprobar que eran incoherentes e indescifrables», asegura en este libro.

Unas sesiones que se convierten en el mejor momento de su semana. «No es solo que la doctora Mercer me cayera bien desde el principio», escribió tras empezar a acudir en 1958, «sino que la quería, y ante todo sabía que podía confiarle hasta mi alma. No me resultaba nada difícil hablar con ella. Le entregaba toda la rebelión y frustración de mi vida, pues sabía que ella era consciente de lo que le daba».

Shapland asegura en su libro que no fue solo una relación médico paciente, que después de aquellas sesiones se iban a comer, que se generó otro tipo de amor entre ellas, aunque Mercer jamás lo admitió y prohibió revelar lo que contenían aquellas cintas hasta su muerte, en 2004.

Roosevelt, como se supo más tarde, mantenía una longeva y bien documentada relación lésbica con una reportera llamada Lorena Hickok»

También que hubo un antes y un después en el concepto que McCullers tenía de ella misma como escritora en 1961, cuando Eleanor Rosevelt se acercó a ella durante un estreno de Tennessee Williams en Broadway para presentarse y decirle que admiraba su obra. «Un reconocimiento que significó para Carson más que el Premio Pulitzar», diría uno de sus amigos no sólo por ser una exprimera dama sino porque, tal y como cuenta Shapland, «Roosevelt, como se supo más tarde, mantenía una longeva y bien documentada relación lésbica con una reportera llamada Lorena Hickok».

Todo se lo contaba a su médico en cada sesión. Todo está guardado en aquellas cintas que ella quiso grabar para poder escribir su biografía y que jamás logró llevar a cabo. Al final quedó lo que le dictó a sus amigas y familiares los últimos meses de su vida, una historia incompleta, sin más profundidad que la que se atrevió a dar.

«En el caso de Carson, resulta difícil determinar aquello que creía ser o con lo que se identificaba debido a los esfuerzos de aquellas personas que la sobrevivieron y la metieron en el armario a empellones. Este armario retroactivo forjado por sus colegas y sus biógrafas es lo que encontré más perturbador», sentencia Shapland.

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