Cultura

La autopsia de Colm Tóibín a los Mann: rencor, suicidios, incesto y bisexualidad

Imagen de Thomas Mann con una foto imagen de su familia

Carmen Vivas

Sus dos hermanas y dos de sus hijos optaron por el suicidio. Vivió toda la vida reprimiendo las ganas mientras miraba a los chicos más jóvenes agarrado de la mano de su mujer. Se posicionó durante la Primera Guerra Mundial y antes de la Segunda se quedó demasiado tiempo callado, pese a que tuvo que huir de su país. Fue célebre muy pronto y no dejó de serlo nunca, pero cuando le llegó el Nobel temió por su familia. Murió exiliado y con la sensación de que su importancia había perjudicado a los suyos.

La vida de Thomas Mann (Lübeck, 1875 – Zúrich, 1955) fue tan sofocante, dura y extraña que le sirvió de base para muchos de sus libros y ahora ha servido al escritor Colm Tóibín para escribir El Mago (Lumen), una extraordinaria biografía novelada que recorre, a través de quien le rodeó, lo que fue el Nobel de Literatura.

Portada de ‘El mago’, de Colm Tóibín.

Porque para saber quién fue Thomas Mann lo mejor es conocer la impronta que dejó en aquellos que convivieron con él. Tóibín desgrana su relación con sus padres, un comerciante alemán y Julia da Silva Bruhris, emigrante brasileña (su decadencia es la que inspiró Los Buddenbrook); con sus hermanos, sobre todo con el mayor, Heinrich, con el que no sólo mantuvo una competitividad extrema (fue autor de El ángel azul) sino un deseo sexual que lo acomplejó durante su adolescencia.

También narra cómo buscó cobijo para sus deseos en una mujer rica, culta y judía: Katia Pringsheim. Una aristócrata que le permitió reflejar la imagen que necesitaba en la sociedad alemana de finales del XIX y principios del XX y vivir, aunque internamente, algo más libre.

Porque aunque el padre de Mann murió cuando este aún era adolescente y su familia dejó de darle tanta importancia a la reputación, las tendencias sexuales del autor siempre supusieron para él algo de lo que avergonzarse y que ocultar. Su deseo por hombres más jóvenes, incluso a veces menores de edad, entre los que en algún momento se encontró su hermano y entre los que, tal y como narra Tóibín, aparecía su hijo mayor, le atormentó constantemente.

«He preferido no contarte nada por carta para no preocuparte», le dijo cuando fue a verla. «Thomas, son así desde hace años»

Y fueron sus hijos, Klaus, y los otros cinco, los que mejor podían describirle. Hablaban de ese hombre que se encerraba en su despacho todas las mañanas y no permitía que nadie entrase a molestarle. El que cuando su mujer enfermó de tuberculosis y tuvo que pasar meses en un sanatorio (de la visita de Mann a aquel lugar saldría luego La montaña mágica) se encontró con jóvenes insolentes, inteligentes y modernos. «He preferido no contarte nada por carta para no preocuparte», imagina Toíbín que le dijo cuando fue a verla. «Thomas, son así desde hace años, pero es la primera vez que te fijas en ellos», le habría contestado, sin reproches, su mujer.

Erika, Klaus, Golo, Elisabeth, Michael y Monika, tres de ellos abiertamente bisexuales desde la adolescencia, fueron los que le pusieron el mote de El Mago por su juegos durante las comidas. Con los que viviría en Múnich, en una casa construida cuando la economía familiar mejoró considerablemente y donde pasaron la I Guerra Mundial (sus reflexiones políticas a favor del conflicto se publicaron bajo el título Consideraciones de un apolítico), la nueva Alemania, donde el escritor se enteraría del suicido de su hermana mediana y del de la pequeña (1910 y 1927 respectivamente), y de donde les echaría sutilmente Hitler.

Katia Mann, con los seis hijos fruto de su matrimonio con Thomas Mann.

Tanto su hermano Heinrich, del que el nieto de Thomas ha asegurado que mantenía una relación incestuosa con su hermana Carla -la primera en quitarse la vida-, como sus dos hijos mayores fueron fervientes activistas contra el führer. Erika como actriz, Klaus y Heinrich como escritores. En la novela de Tóibín se plasma el pensamiento de Mann, que intenta no posicionarse, le quita importancia al movimiento y mantiene acaloradas conversaciones con su familia acerca de la política, de no meterse en ella. Y de su cambió al ver cómo la ciudad es cada vez es más hostil, cómo al dar una conferencia titulada Un llamamiento a la razón le tienen que sacar por la puerta de atrás para que no le agredan, cómo cuando en 1929 tiene la intuición de que el Nobel de Literatura está vez sí que llevará su nombre, le entra un temor fortísimo al pensar que tanto dinero los condenará a la muerte.

Pero sería aquel premio el que le permitiría abandonar Alemania, primero hacia Suiza y después a Francia, a Sanary-sur-Mer, un pequeño pueblo donde acudían la mayoría de los escritores y poetas exiliados y donde vio aún con más claridad que jamás volvería a su casa y que el país que tanto amaba ya no volvería a ser el que era. También el que le ayudaría, gracias a su cambio de postura, a recuperar cierta relación con su hermano y mejorar la que tenía con sus hijos mayores.

De allí volvieron a Suiza pero al poco tiempo partieron a Estados Unidos, le habían ofrecido, al mismo tiempo que a Einstein, un puesto como académico en la Universidad de Princeton y no lo dudaron. Cuenta el escritor irlandés en El Mago que al salir de la primera conferencia que daban juntos para anunciar su llegada, Albert Einstein le dijo que menos mal que él se había llevado todas las atenciones porque sino «el mundo no valdría la pena». También que, cuando se mudaron definitivamente a Nueva Jersey, el científico intentó robarle a su mujer.

Puede que allí se apagasen un poco sus deseos. Ya tenía en torno a 60 años y se encontraba sumergido más en la guerra que en la sexualidad. Fue allí, ya más tranquilo, más seguro, cuando se posicionó con fuerza contra Hitler, cuando consiguió el aplauso de su familia y provocó que se retirasen sus libros de Alemania. También donde le contaron sobre la existencia de los campos de exterminio, sobre lo que le estaban haciendo a los judíos.

Pero el estallido de la guerra no les encontró a salvó sino en Suecia, durante un viaje europeo para dar conferencias en el que Mann iba acompañado por su mujer y su hija mayor, Erika. Pasaron incomunicados varios días, temiendo no poder salir del país y ser deportados a Alemania pero Agnes E. Meyer, la periodista y activista, consiguió sacar a toda la familia. Primero a ellos y luego al resto de sus hijos aunque no fue del todo fácil. El escritor fue el que realizó el viaje menos traumático pero su hija Monika sufrió de cerca los horrores del conflicto. Su barco fue torpedeado por un submarino alemán mientras cruzaban el Atlántico, murieron 258 personas, entre las que se encontraba su marido y, el pequeño, Golo, tuvo que cruzar los pirineos a pie con su tío Klaus y la viuda del compositor Mahler, que le hizo el viaje bastante más difícil de lo previsto.

Al final, todos menos Klaus Mann, que desaparecía por temporadas en las calles de Nueva York, consiguieron reunirse en Princeton. Dos años más tarde, en 1941, Thomas Mann y su mujer decidieron trasladarse a Pacific Palisades (California) ante la incredulidad de su hija. «¿De verdad quieren ir a donde viven los escritores y compositores alemanes?», le pregunta Erika en la novela y añadia «Brecht está allí». «Espero tener una casa con muros lo bastante altos para prohibirle la entrada pero no me importaría oír hablar alemán», le contesta el escritor.

Y quizá también hablar un poco más. Toíbín es capaz de entrar en la cabeza de Mann y ver como erupcionó, como comenzó a denunciar los horrores de la guerra en ¡Oyentes alemanes! de la BBC y fue uno de los primeros en llamar exterminio a lo que estaba ocurriendo con la población judía, lo hizo en enero de 1942, mientras disfrutaba del éxito de Carlota en Weimar o Doctor Fausto y sus hijos Golo y Klaus combatían como soldados estadounidenses en la guerra.

Golo como agente secreto fue uno de los primeros que entró en Alemania y Klaus como corresponsal llegaría unos años más tarde. Ambos pudieron ver cómo las ciudades estaban arrasadas, constataron el grado de destrucción que hasta entonces les había parecido inimaginable, exagerado. Erika también trabajó como periodista pero desde Inglaterra -en 1938, después de que toda la familia se reuniese en Estados Unidos ella y su hermano Klaus habían estado en la Guerra Civil española como corresponsales-. Toda la familia Mann se encontró absorbida por el conflicto.

Incluso el patriarca se politizó cada vez más y apoyó en 1944, tras conseguir la nacionalidad estadounidense, la candidatura de Roosevelt, mientras recorría el país dando conferencias con posturas más cercanas a la izquierda. La Segunda Guerra Mundial terminó y empezó la crisis familiar, otra de ellas. Klaus se suicidó en Cannes en 1949, según su hermana Erika la tristeza había sido una fiel compañera desde la infancia.

Thomas y Katia se trasladaron en 1952 a Suiza, a vivir más tranquilos, más cerca del que había sido su país. Mann murió en 1955, salvándose de ver cómo años más tarde su hijo Michael optó por seguir con la costumbre familiar de acabar con su vida antes de tiempo y cómo su mayor secreto se conocía en el mundo entero. Cómo años más tarde sería el hilo conductor de su historia.

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