A noventa años de su muerte, España sigue preguntándose por el paradero de los restos de Federico García Lorca. Sin embargo, lejos de los olivares de Granada, una de las teorías más asombrosas sobre el lugar de reposo del autor de Bodas de sangre apunta a un emplazamiento a miles de kilómetros de su ciudad natal, donde el poeta fue asesinado a comienzos de la Guerra Civil.
La figura central en esta enigmática historia es el escritor uruguayo Enrique Amorim, amigo del poeta andaluz. Sin embargo, tal y como detalla Santiago Roncagliolo, “es difícil saber qué es verdad” en lo que se refiere a la vida de este excéntrico intelectual del siglo pasado. Como autor del libro El amante uruguayo, el escritor peruano es un buen conocedor de la biografía de Amorim. Su trabajo expone la delgada línea entre la realidad y la ficción en la que siempre navegó el uruguayo, un hombre empeñado en inscribir su nombre junto al de los gigantes de su tiempo.
A partir de las memorias que él mismo dijo para la posteridad, Roncagliolo ha podido asomarse a la tumultuosa vida de Amorim. En ellas, se exhiben fotografías y relatos de su estrecha relación con algunos de los grandes creadores del siglo XX. Sin embargo, al cruzar los datos, la sospecha de la ficción se vuelve inevitable.
Uno de los episodios descritos por el propio poeta narra una supuesta reunión nocturna junto con Charles Chaplin y Pablo Picasso. No obstante, cuando Chaplin se refirió al encuentro en sus propias memorias, aseguró que el tercer asistente era el filósofo Jean-Paul Sartre. "¿Se hizo pasar Amorim por Jean-Paul Sartre? ¿O Chaplin no entendió nada?", se pregunta Roncagliolo.
Sin embargo, a pesar de esta constante fabulación que define al personaje, la amistad entre Amorim y Lorca está plenamente demostrada. Ambos se conocieron en Buenos Aires y, cuando el poeta granadino visitó Uruguay en 1934 durante un par de semanas, su amigo lo acompañó en todo momento. De hecho, según Roncagliolo lo “monopolizó”.
La intensa relación entre Lorca y Amorim
Como su principal compañero de viaje, Amorim estuvo detrás de algunos de los más significativos testimonios históricos concernientes a Lorca. Durante esta breve estancia en Uruguay, su amigo rioplatense filmó las únicas imágenes en movimiento que existen del poeta granadino fuera de España. Además, tomó las famosas fotografías de Lorca vistiendo una camiseta marinera a rayas.
Esta cercanía entre los intelectuales ha motivado especulaciones sobre el grado de cercanía de su relación. Roncagliolo señala que se conservan cartas de amor “enloquecido” que Amorim envió a Lorca, pero las respuestas del poeta español -si es que las hubo- nunca han aparecido. “Es posible que una vez más haya construido una relación mucho más íntima de la que tenían en realidad, lo fascinante de la historia es que todo en su vida está documentado y todo puede ser falso”, apunta el escritor peruano.
Si bien la homosexualidad de Lorca es ampliamente conocida, el uruguayo contrajo matrimonio con una mujer. De hecho, Amorim proyectaba una imagen de “mujeriego”. Sin embargo, Roncagliolo asegura que su unión era un “matrimonio muy habitual en la época”: el de un hombre gay y una mujer liberal que permitía a ambos vivir al margen de las convenciones tradicionales.
Sea cual fuera la relación que los unió, Amorim fue el primero que quiso rendir homenaje al poeta años después de su asesinato. Y eligió como escenario su ciudad natal, Salto, una localidad en la frontera uruguaya con Argentina. Allí, el poeta erigió un monumento a su amigo: un austero muro de piedra con los últimos versos del poema que Antonio Machado dedicó a Lorca tras conocerse su asesinato.
“Labrad amigos, de piedra y sueño, en la Alhambra, un túmulo al poeta, sobre una fuente donde llore el agua, y eternamente diga: el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!”, reza la inscripción en la roca. Un homenaje que, según creen algunos, puede contener más que palabras para conmemorar la figura de Lorca.
El misterio de Salto
Amorim levantó el monumento a su amigo en 1953, tras regresar de un viaje a Europa, envuelto en secretismo. “Muchos escritores, como Jorge Guillén o Pablo Neruda, le escriben porque habían quedado en encontrarse, pero desapareció”, rememora Roncagliolo. De la misma forma abrupta en que desapareció, el escritor reapareció en Salto, donde convocó a la prensa para anunciar que iba a construir el primer monumento a Federico García Lorca en el mundo.
El propio lugar elegido ya levantó sospechas. El monumento se levantó a pocos metros de otro monumento que él mismo había erigido previamente para el escritor uruguayo Horacio Quiroga, y en el cual había enterrado las cenizas de este último en una urna. Además, los versos labrados en el muro hablaban de un “túmulo” para el poeta.
Y no con eso, el día de la inauguración Amorim organizó una ceremonia fúnebre “con aspecto de unas exequias de estado”, aprecia Roncagliolo. En aquel momento, el poeta uruguayo enterró “una caja del tamaño de un osario” y proclamó: "Aquí está Federico". Además, en su archivo reposan cartas de personas cercanas que hacen alusión al "secreto del monumento" y aseguran saber lo que realmente se oculta en su interior. Desde entonces, la especulación ha rodeado al singular homenaje.
“Podría haber ropa, podría haber fotos, pero ahí dejó enterrada una caja con todo el misterio alrededor para que algún día los periodistas del futuro se pregunten si ahí está Federico García Lorca. Eso lo convierte no solamente en el primero que hace un monumento, sino en el primero que entiende qué importancia y qué peso tienen esos restos”, reflexiona Roncagliolo.
La imposibilidad de desenterrar la verdad
¿Es posible que Amorim se hubiera adentrado en la España franquista de los años cincuenta, desenterrado una fosa común y transportado los restos de Lorca hasta Uruguay sin levantar sospechas? Durante un tiempo, Roncagliolo creyó haber resuelto el misterio sobre el paradero de los restos del poeta. “Luego empezaron a aparecer todos estos juegos con la verdad que hace Amorim, todas estas jugarretas y triquiñuelas para inscribirse en la historia de los grandes artistas”, comenta con resignación.
Solo hay una manera de disipar las dudas en torno al monumento. El propio Roncagliolo y su equipo de investigación tenían pensado desenterrar aquella caja con aspecto de osario para descubrir de una vez por todas la verdad. Sin embargo, su libro hirió sensibilidades en Salto. Aunque el escritor tenía a Uruguay por un país muy avanzado en estos temas, descubrió que la ciudad no recibió con agrado que abordase la homesexualidad de su escritor más ilustre: “El ayuntamiento me comunicó que sería mejor que yo no pise Salto en el resto de mi vida”.
Así, el misterio sobre qué hay en esa caja enterrada en Uruguay continúa hasta el día de hoy. Y el escritor peruano sugiere que quizás sea mejor así: “Yo creo que el cadáver de Lorca es más importante y más trascendental si representa efectivamente a toda la gente que desapareció en la guerra que si de verdad sabemos dónde está”.
Más allá de si la caja contiene los restos del poeta o es solo otro de sus elaborados engaños, Amorim demostró una asombrosa capacidad para adelantarse a su tiempo. En la década de 1950, cuando sectores de la izquierda y el exilio republicano intentaban negar la homosexualidad de Lorca frente a las difamaciones de la derecha —que llegaron a atribuir su muerte a una "reyerta de maricones"—, Amorim publicó un texto pionero. En él defendía que “sus sombras inconfesables no disminuyen el valor de su poesía ni de su compromiso”, apunta Roncagliolo.
Amorim sabía que llegaría un día en que se podría hablar libremente de homosexualidad, y preparó su archivo y sus memorias para ese momento. “Consigue contar una historia que va a poder ser leída durante décadas, quizás siglos”, resalta el autor de El amante uruguayo. Pero no lo hizo con sus novelas, sino a través de su propia vida, que convirtió en un relato que explica a su vez la historia del arte del siglo XX. Más de medio siglo después de su muerte, su nombre sigue ligado al de Lorca y al misterio de una tumba vacía —o tal vez no— en el interior de Uruguay.
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