Literatura ENTREVISTA

Sergio del Molino: "El franquismo siempre ha sido un comodín en el discurso de la izquierda"

© Patricia J. Garcinuño

Cuando hace cinco años escribió La España vacía, lejos estaba de imaginar el debate social y político que aquellas páginas dejarían como secuela. Trató un viaje histórico, biográfico y sentimental por un país «que nunca fue», y dio voz a la despoblación y al abandono del mundo rural en el imaginario colectivo de los españoles.

Lo hizo queriendo o sin querer, pero acabó por dar nombre a las raíces de un desequilibrio que hace tanto daño a la ciudad como al campo, a la falta de atención eximida a la geografía española fuera de la M30 o el bullicio de una ciudad; allá donde «los automovilistas paran a comer asado y a comprar miel o berenjenas en vinagre», y «poco más». La España vaciada, que dicen.

Ahora, desde los populismos nacionalistas, el esencialismo identitario o las ensoñaciones con una naturaleza mística, el escritor y periodista español Sergio del Molino (Madrid, 1979), vuelve a alentar el debate – ahora desde posiciones más políticas – en su nuevo ensayo Contra la España vacía, un libro con el que pretende además deshacerse de las intenciones de hablar de las virtudes de «volver al pueblo a plantar un huerto» o «hacer filosofía de la forma en que elegimos vivir».

Pregunta.- Tras cinco años desde la publicación de tu libro La España vacía, pretendes en Contra la España vacía, poner en orden y ahondar en lo que querías decir y no en lo que te atribuyen [palabras tuyas] ¿Qué es lo que te han atribuido?

Respuesta.- Me han atribuido de todo, es ocioso enumerarlo. Cuando un libro tiene recorrido y éxito, y se incorpora al flujo del discurso, enseguida surgen atribuciones y lecturas torticeras: sesgos, interpretaciones, cosas que se sacan de contexto etc. Eso es normal, pero cuando hablo de atribuciones me refiero fundamentalmente, y en cuanto a la motivación de escribir Contra la España vacía, a una serie de conceptos políticos que tienen que ver con la convivencia y la creación y consolidación de la comunidad política. Para mí eran centrales cuando escribí La España vacía. Y lo siguen siendo. Han cobrado muchísima más importancia a la luz de los acontecimientos de los últimos cinco años, cuando se han incorporado un montón de elementos y actores al tablero de juego que no estaban cuando escribí el primer ensayo: desde la extrema derecha, al secesionismo catalán e incluso en el contexto internacional, el Brexit o Donald Trump. Todos estos elementos que han cambiado sustancialmente el panorama, hacen todavía más necesario si cabe el énfasis en que La España Vacía para mí era un elemento vertebrado, un elemento de cohesión y de creación de mitologías en torno a la comunidad política, y no tanto una bandera en la lucha contra la despoblación, que es lo que finalmente ha prevalecido y lo que la gente más asocia al término ‘España vacía’ y a mi ensayo.

P.- En este segundo ensayo reconoces la ingenuidad con la que estaba escrita La España vacía. ¿Qué queda de ella y que ha cambiado en Contra la España vacía?

R.- Sí. La España vacía está escrita con absoluta ingenuidad. La escribí con ninguna perspectiva y con la idea de que era una obra menor, un desvío en mi camino, una incursión en el ensayo que tenía algo de travesura, de aventura y de camino secundario. La escribí con libertad, desde la convicción de que iba a interesar a cuatro gatos. Ahora mismo no tengo esa disposición. Ahora tengo unas expectativas y unas presiones que son notablemente diferentes a las de La España Vacía. No puedo replicar. No soy el mismo escritor y no puedo ponerme a escribir con el mismo ánimo y actitud con el que me puse a escribir hace cinco años. Aun así te diré que lo intento. Hago un esfuerzo muy grande de abstracción, de intentar encerrarme en el mundo y estar de espaldas a él cuando escribo; pensando sencillamente en ser lo más fiel posible a lo que quiero decir en cada momento sin que me importe lo más mínimo como va a ser recibido o interpretado.

P.- Si hay algo que se repite en Contra la España vacía, es el término patriotismo. ¿Lo entiendes como parte de un esfuerzo por entender la España de hoy?

No hay unos españoles más españoles que otros independientemente de los sentimientos de apego o rechazo a la patria»

sergio del molino

R.- Sí. El patriotismo a secas es el amor a la patria, no tiene más. Es el compromiso hacia el propio país y la convicción de que merece la pena hacer determinados sacrificios por su bien, supervivencia e incluso engrandecimiento. Pero cuando yo hablo de patriotismo en mi ensayo lo hago en referencia al patriotismo constitucional. A mí el patriotismo como tal no me interesa, me interesa en su modalidad constitucional. Es decir, en la medida en que es capaz de articular una comunidad de ciudadanos libres e iguales que están unidos por un contrato social y que no tienen grados de pertenencia. No hay unos españoles más españoles que otros, todos lo son en la misma condición y en el mismo registro independientemente de los sentimientos que tengan de apego o rechazo a esa patria.

P.- ¿A ese apego o rechazo unes el resquebraje o debilidad de las instituciones de la Democracia liberal?

R.- Sí. La Democracia liberal está atravesando probablemente la mayor crisis desde el periodo de entreguerras. Está cuestionada por sectores muy diversos y por amplias capas sociales, y está siendo erosionada por movimientos populistas de nuevo cuño y muy distinta procedencia. Los más fuertes, a la vista está, son los que proceden de la extrema derecha en España, representados por Vox. Y sí, son una amenaza que hay que tomar en serio. Sin ser tremendista o apocalíptico, no creo que estemos a las puertas de un Cuarto Reich o una nueva noche de los tiempos del Estalinismo, pero sí que es verdad que ahora mismo la Democracia Liberal está cuestionada por sectores poderosos que tienen la capacidad y la fuerza de hacer daño. Estamos en un momento preocupante.

P.- ¿Consideras que el auge de la extrema derecha está empujado por el secesionismo catalán?

R.- Yo creo que sin el affaire catalán no se entiende absolutamente nada del auge de Vox. Creo que es fundamentalmente una reacción a la acción catalana. Hay una relación de causa-efecto desde octubre del 2017 y hasta la explosión de Vox en las siguientes elecciones que se puede medir casi voto a voto en el traspaso de los votos que pierde el PP y los que gana de repente Vox. Para mí si hay una relación evidente aunque no es la única causa.

P.- Al hilo del conflicto catalán. ¿Cuáles son para ti las políticas que han dividido o acentuado más las diferencias sociales en España?

R.- Las políticas más divisorias que ha habido en España las ha protagonizado parte del nacionalismo catalán, sobre todo cuando ha pretendido empezar un proceso de construcción nacional. Eso es lo que más puede dividir a una sociedad y lo que más puede crear comunidades estancas y romper la unidad de la comunidad política.

P.- ¿Porque crees que la sociedad se aproxima cada vez más a los extremos?

R.- Más que extremismos, veo populismo, y creo que el populismo no es una versión extrema de ideologías que ya existen, sino discursos de nuevo cuño que se aprovechan de malestares, grietas y resquemores que existen en la sociedad. En este sentido yo creo que están surgiendo muchos populismos que se están aprovechando. Intentan dar respuestas muy fáciles, y muy brutales e inmediatas a problemas complejos que la democracia liberal no ha sabido abordar. A veces da la sensación que se abordan cuestiones de una forma tan compleja y lenta que los afectados perciben que no se hace nada y se sienten víctimas, y eso deja terreno libre para que los populistas instalen sus campamentos y obstinen a la democracia.

P.- ¿El franquismo es una de esas grietas?

R.- Sí.

P.- ¿Consideras que se ha convertido en un comodín del discurso político de las izquierdas, por ejemplo?

R.- El franquismo siempre ha sido un comodín en el recurso de ciertos sectores de la izquierda que hasta ahora nunca habían ocupado unas posiciones claras de poder, y que además, tenían unos discursos que no llegaban al centro del debate político. La diferencia ahora es que esos discursos, que son muy familiares para cualquiera que haya frecuentado esos ambientes izquierdistas, se han trasladado al corazón mismo del debate político y periodístico. Ahora parece que se encuentran franquistas por todas partes cuando Franco lleva 46 años muerto. Es un comodín perezoso y una forma además de marcar herejes y elidir el debate democrático y civilizado.

El franquismo siempre ha sido un comodín al discurso de ciertos sectores de la izquierda»

sergio del molino

P.- ¿Qué me dices de cuestiones como el resignificar la bandera española para desvincularla de la derecha?

R.- Andar a vueltas con la bandera es ridículo. La bandera la puedes tomar o dejar, es un símbolo totalmente obsoleto. Es un signo convencional que procede además de épocas románticas. La bandera es algo que no dice mucho hoy día. Hay una parte de la población que la considera un adorno de edificios institucionales y yo creo que la batalla simbólica habría que darla en otros sitios más complejos y acorde con los requerimientos de la sociedad abierta y compleja en la que vivimos. No se puede esperar que la gente corra detrás de una bandera porque eso es lo que hace el nacionalismo: agitar la bandera de una forma emocional. Y ojo, lo hace muy bien, pero desde el punto de vista del patriotismo constitucional y democracia liberal, no podemos presentarnos con banderas contrarias a las banderas de los nacionalistas. Empezar una guerra de banderas es lo más ridículo que podemos hacer.

P.- ¿Qué piensas de la expresión «régimen del 78»?

R.- Me parece una expresión desafortunada, adanista y bastante malintencionada y poco justa con los hechos. El término régimen no se suele aplicar a las democracias, es una negación del hecho de que España sea una democracia y creo que a partir de ahí incurre en una falacia rotunda que solo se puede sostener o desde el cinismo o la ignorancia.»Régimen del 78″ es una expresión que ha hecho mucha fortuna para refutar generacionalmente a los padres de la democracia, quienes fundaron la democracia después de la muerte de Franco. Creo que es uno de los mantras más nocivos que han surgido en el vocabulario político español y todavía no hemos medido sus consecuencias.

P.- En el libro reconoces haber votado a Íñigo Errejón.

R.- Sí. Reconozco haberle votado. Para mí era importante que en un libro marcadamente político hubiera unas cartas sobre la mesa. No me parecía justo esconderme. Sé que no estamos acostumbrados a que ni los intelectuales ni los periodistas hagan pública su preferencia electoral.

P.- Y ahora ¿En qué lado del discurso político y social te posiciones?

R.- Donde me he posicionado siempre, en la Socialdemocracia y en lo que diríamos en términos muy gruesos, centro izquierda. Más a la izquierda en algunas cuestiones sociales y más centrado en algunas otras. No me identifico con ningún programa político en concreto ahora mismo, pero sí que me sitúo siempre en ese espectro y por ahí me he movido siempre. Esas han sido mis coordenadas.

P.- Tomando esas coordenadas de referencia ¿Cómo ves la política española en estos momentos?

R.- (ríe) ¿Que cómo la veo? En fin, solo haría falta una tesis. Es un gallinero. La veo en un momento de peligro, parálisis e indeterminación. Y sobre todo también la veo en un momento de falta de liderazgo. No hay figuras sólidas que puedan darle una vuelta a la situación y puedan encontrar una salida fácil a muchos de los encasillamientos y enquistamientos en los que estamos metidos y en bucle. Todo hace que paradójicamente sea una política muy agitada y aburrida a la vez. Cuando la política se vuelve tan ecléctica como cambiante, generalmente lo que pierde en estabilidad lo gana en entretenimiento. En España tampoco existe ese entretenimiento. Los políticos por lo general son bastante mediocres y poco gratos de seguir.

P.- ¿España es un estado fallido?

R.- Eso no. España está lejos de ser un Estado fallido. Al contrario, es un estado por lo general homologable en términos de presente. Tiene cosas un poco raras, pero como todos los países de la Europa Occidental. Para mí la más preocupante es esa tasa estructural de paro que tiene siempre por encima de la media del resto de la Unión Europea y que hace que España tenga una economía un poco más empobrecida y distinta al resto de países de su tamaño e importancia. Incluso en términos históricos te diré que no creo que España sea un estado fallido. Se construyó a lo largo del siglo XIX como otras naciones; exactamente igual que la Francia post napoleónica, con sucesivas reformas como las que el Reino Unido fue imponiendo para convertirse en una monarquía parlamentaria, o como Alemania e Italia cuando se reunifican y se convierten en Estados Nación. España ha tenido las guerras, retrocesos y conflictos propios de cualquier país europeo; es un país bastante instalado en la normalidad. La historia de España, con sus más y sus menos va paralela a la de los grandes países de Europa Occidental.

P.- En el libro hablas de esos más y esos menos como puntos oscuros y debates no resueltos con el pasado inmediato.

R.- Claro. Es que en eso España no es muy distinta al resto de democracias. Estamos instalados en que España es diferente y muchas veces comparamos, por ejemplo, la memoria historia relativa al franquismo y como esta se ha abordado con cómo se abordó en Alemania, como si tuvieran algo que ver. Como si tuvieran algo que ver y como si Alemania fuera ejemplar absolutamente en todo y no tuviera puntos oscuros, deudas con el pasado o un debate intelectual todavía vigente y que genera mucho dolor y discordia. Todos los países lo tienen. Francia lo tiene con Vichy, Italia con su pasado mussoliniano etc. No hay país que no haya sufrido violencia política.

P.- Las cuestiones lingüísticas es algo de lo que también hablas en Contra la España vacía. ¿Se han politizado?

R.- Es evidente. Las lenguas son una cuestión política muy espinosa que duele mucho y que se aborda siempre con suma delicadeza y de puntillas. Cualquier salida de tono o discurso que intente ir un poco más allá de lo convencionalmente aceptado, se toma y percibe como una agresión a la que se suele responder de forma completamente histérica. Esto se debe a que las lenguas han sufrido una intensa politización que no ha sido buena para las comunidades políticas. La cuestión lingüística es un debate que todavía nos debemos con calma.

P.- Háblame del eje que ha dado respuesta de alguna forma al por qué de este segundo ensayo. ¿Qué sentido se le ha dado a la despoblación en el último tiempo? Es un tema que tratas también desde su vertiente más política.

El problema de la despoblación es un problema de derechos fundamentales e igualdad de oportunidades»

sergio del molino

R.- La despoblación tiene el mismo sentido que ha tenido siempre aunque ahora, se empieza a percibir como un problema lo que antes era una fatalidad y un elemento casi folclórico sin consecuencias políticas. Ahora la despoblación también tiene un contenido político y como tal ha entrado en el debate, en ocasiones con complejidad y en otras de forma muy simple y maniquea. La despoblación se ha politizado y ha dejado de ser un elemento de estudio de sociólogos, demógrafos, geógrafos, y un leitmotiv literario para escritores y cineastas; se ha convertido en un argumento central de la política española.

P.- ¿Confías en la repoblación de la España vacía?

R.- No confío y además no tendría por qué ser deseable. Me explico. Lo importante no es que haya mucha gente poblando en muchos sitios, sino que todo el mundo, viva donde viva, se sienta parte de la comunidad política y esté integrado. El problema de la despoblación no es un problema de repoblar o dejar de repoblar, es un problema de derechos fundamentales e igualdad de oportunidades, garantías y presencia de servicios del Estado para todos y en todo el territorio independientemente de su densidad de población. Ahí está la lucha, no en el hecho de que vayamos a sacar a gente en autobuses de Getafe para instalarlos en Cuenca. Porque eso es absurdo.

P.- ¿Cómo crees que es la España del futuro?

R.- Pues no sé como es la España del futuro, pero te diré que me preocupa mucho más la del presente. Contra la España vacía es un libro completamente presentista. Intenta identificar algunos peligros y rayos de esperanza que pueden hacer que el futuro no se tuerza ni sea tan siniestro o negruzco como parece que apunta a ser.

Comentar ()