Salud | Vida Sana CRÓNICA

Locura contenida por las vacunas en el 'after' del Wizink

Desde este viernes, los mayores de 25 años han podido pedir cita para vacunarse, también de madrugada. Pero la fiesta antiCovid no fue la que auguraban

Exteriores del punto de vacunación masiva del Wizink Center en Madrid.

Exteriores del punto de vacunación masiva del Wizink Center en Madrid. EFE

La noche de vacunación acabará como una noche de fiesta cualquiera: «¿Dónde se entra aquí para que te pinchen?». Aún estás abriendo el ojo y ya ves que el más tempranero dice en el grupo de Whatsapp: «Chicas, ya tengo cita para la vacuna». Te ibas a hacer la remolona hasta las 10, pero la ocasión lo merece. Buscas las vías para pedir tu cita -con algo de ayuda del amigo veloz- y por fin consigues poner fecha, hora y lugar a la esperada ocasión. Esta madrugada a las 4 horas en el Wizink Center. Algunos pensarían que es el momento propicio para pincharse, como señalaba tu último interlocutor de la jornada, pero no con Pfizer.

Entras a Instagram y todos los de tu quinta están compartiendo con emoción sus citas. Por fin los jóvenes vemos la luz. Cinco olas de coronavirus en España y cinco veces en las que hemos resultado criminalizados los mismos, hayamos sido responsables o no. OK, boomer. Menos mal que ya acaba.

Recorres los grupos de Whatsapp y sólo percibes el ansia de inmunizarse contra el Covid-19. «Yo voy a poner el brazo y como si me dan la Sputnik«, dice una. «Si pido el traslado, ¿puedo vacunarme ya aquí?», añade otra, que pertenece al grupo de los miles de provincianos que viven en la Comunidad de Madrid. Su sentir es el de tantos mayores de 25 que ya pueden pedir autocita y el del resto de jóvenes que podrán solicitarla a partir de la semana que viene. En una mañana se han pedido en Madrid un total de 107.495 citas.

Tu amiga inseparable, esa a la que abandonaste cuando te invitó a un concierto de Amistades Peligrosas, se une al plan. «Tía, te acompaño». No debe recordar que voy de madrugada. «Ponte la lista de Spotify 4AM Perreo para ambientar», agrega, demostrando que no se le había olvidado la hora. Te das cuenta de que esto no es un trámite sanitario; esto es una fiesta. Ya no te quitas la playlist en todo el día. Hay temazos y canciones peleonas, como en una madrugada cualquiera.

Casi no recuerdas la última vez que te vacunaste. Bueno, si eres mujer, sí, porque seguramente serías de las primeras adolescentes a las que les administraron la vacuna contra el virus del papiloma humano. Entonces casi no sabías para qué servía esa vacuna. Para esta, sin embargo, has estado un año y medio informándote.

«¿Y cuándo fue la última vez que estuve despierta a las 4 de la mañana?», te preguntas mientras lees un tuit en el que alertan de que las colas y salas de espera de la vacunación se están transformando en las adolescentes «fiestas del semáforo». Si llevas una prenda de color rojo, no estás disponible; con el amarillo, estás dispuesto y a ver qué surge, y, si vas de verde, significa que estás soltero y buscas rollo. Este encuentro por la vacuna no sólo te da la inmunidad, sino que te devuelve a los 16 años.

Suena el despertador a las 3 am y, en vez de un cubata, te preparas un café. Mientras te lo tomas, buscas descuentos en las aplicaciones de taxis y VTC para ir a los centros de vacunación porque, si por algo se caracteriza la generación Z, es por precaria. Encuentras uno. No es exclusivo para la campaña de vacunación, pero te vale. Para la vuelta ya has pensado probar una app estonia que ofrece desplazamientos baratos durante sus primeros días en la ciudad y que has descubierto a través de los anuncios de Instagram.

Coges el taxi y, como el conductor no te da mucha conversación, recurres a tu playlist de vacunación de confianza con la esperanza de no quedarte dormida en el viaje. Caminas hacia la entrada del vacunódromo y ves a un pequeño grupo haciendo un botellón light. Parece la señal de que ya te acercas a un lugar con ambiente. Llegas al Wizink Center esperando encontrarte las colas que has visto en fotos de días anteriores e influenciada por tu amiga, la de la Sputnik, que se ha tirado una hora esperando en el Zendal. Nada más lejos de la realidad. Delante de ti habrá, como mucho, 30 personas. Si esto de verdad fuese una fiesta, no habría tenido demasiado éxito.

En la sala de espera, silencio absoluto. No son horas de hablar. Un par de selfies, las fotitos de rigor a los amigos que reciben el antídoto y alguna historia de Instagram son las únicas interacciones de los asistentes. Al ver esto, te aborda otro pensamiento: «Menos mal que empezaron a vacunar a los ancianos, no sólo por razones obvias, sino porque si hubiesen empezado por la generación Z estaríamos acaparando todo el protagonismo». Y es que los millennials tenemos que dar nuestra voz en todo momento y circunstancia. A partir de ahora, coparán los diarios decenas de crónicas como esta.

Durante la espera, sólo te llama la atención el chico tatuado que se sienta a tu lado. 1669, 1670 y, cinco minutos después de tu cita, 1671. Tu turno. «Si os molesta el brazo, frío en la zona, pero no más de 15 minutos, que el frío quema», espeta la sanitaria encargada de tu inmunización. «¿De qué lado duermes, cariño?», pregunta. «Del derecho», respondes.

-Pues te vacuno en el izquierdo para que no te acuerdes de mí esta noche.
-Avíseme cuando me pinche, porfa.

Un segundo después, el mínimo pinchazo. No recordabas así las vacunas de tu infancia, pero es que ahí jugaba un importante papel el drama, el tuyo y el de todos tus compañeros. Te quedas esperando en otra área del recinto durante 15 minutos. Tiene aspecto de la antesala de la zona VIP que nunca vas a pisar.

Tu compañera de banco, a la que antes de entrar has visto un poco desubicada, mueve el pie con impaciencia, consciente de que está en el tiempo de descuento. Minutos después, la del pie travieso se va y esperas que sea tu crush de la vacunación el que ocupe su sitio, pero al rato éste pasa por delante de ti y rehúsa sentarse en el hueco libre a tu izquierda recién ‘chutada’. 4:22. Es el momento de que abandones -sola, ¿Cómo no?- el recinto. A ver qué se cuece fuera, porque hasta el momento no ha sido la fiesta que imaginabas.

En las escaleras de la salida se sientan un puñado de acompañantes que aguardan para ver a sus seres queridos ya bajo el efecto de la Pfizer. Te quedas allí escuchando y viendo las reacciones. Por el momento, no hay litronas y, a pesar que la falda que llevabas tenía, por casualidad, cierto tono verdoso, tampoco percibes que nadie se acerque a ligar contigo. Vas al punto del botellón y confirmas que era light. Ya se han esfumado todos. «¿Para la vacunación?», te preguntan un par de personas. «Sigues recto y a la derecha», indicas.

Una pareja te pregunta cuál es el menú en forma de fármaco de hoy. Otro atractivo joven te pregunta por dónde hay que entrar «para que te pinchen». Eres el punto de información y, entre indicación e indicación, ves que -¡oh, sorpresa- tu crush tatuado tenía novia. No te han pedido el teléfono mientras fumabas a la salida del establecimiento. Por lo que parece, nada ha cambiado. Te subes al nuevo modelo de VTC que ha aterrizado en la capital y a las 5 de la mañana ya estás en casa.

Te puede interesar

Comentar ()