Salud

Dos años de pandemia, el coronavirus que nos cambió para siempre

Esta imagen de Brais Lorenzo de trabajadores de la residencia San Carlos de Celanova (Ourense) celebrando el cumpleaños de Elena Pérez, de 98 años, durante el estado de alarma es una de las mejores imágenes de la pandemia. EFE/Brais Lorenzo

Se cumplen dos años desde que la Organización Mundial de la Salud declarase la pandemia de coronavirus. Desde entonces, España ha vivido una de las peores crisis que se recuerdan. Más de 100.000 muertos, un sistema sanitario que colapsó, morgues improvisadas y un revés económico del que todavía seguimos recuperándonos. Además de enorme batallas políticas. 

Han pasado dos años y aún luchamos con una pandemia que supera en estos momentos la sexta ola pero que ve otras consecuencias aflorar. Una crisis de salud mental y el empeoramiento en otras enfermedades, como el cáncer, que fueron desatendidas por la emergencia del Covid. 

El 22 de enero de 2020, el Ministerio de Sanidad elaboró el primer protocolo ante posibles casos del “nuevo coronavirus” y calificó el riesgo de introducción del virus como “muy bajo”. Tampoco se atendió lo suficiente, como después se vio, a la crisis que Italia vivió en la segunda mitad de febrero y el Gobierno descartó ya el 24 de ese mes tomar medidas excepcionales. El 6 de marzo Sanidad descartaba cerrar colegios de forma generalizada los centros de día y colegios, que finalmente ocurrió una semana después. El 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud declaraba la pandemia y el 14 España entraba en un Estado de Alarma que duraría algo más de tres meses. 

Los supermercados se vaciaron, las mascarillas se convirtieron un bien casi imposible de conseguir. Las calles desiertas, los hospitales llenos. Faltaban pruebas diagnósticas para detectar los casos. El silencio se rompía cada tarde a las ocho con el aplauso a los sanitarios, que trabajaban sin descanso y muy poca protección frente a un virus del que aún se sabía muy poco. 

Pocas semanas después empezaron a dispararse las muertes, que llegaron a ser casi mil en un solo día de principios de abril. Las funerarias no daban abasto y tuvieron que abrirse morgues improvisadas en estadios o centros de ocio. Las residencias fueron morgues también, en ellas, donde vivían los más vulnerables, el virus entraba causando estragos y en muchos casos sus habitantes no pudieron acceder a la sanidad pública en igualdad de condiciones.  

Tras el primer estado de alarma llegó la cogobernanza y las dificultades para gestionar la pandemia desde 17 sistemas diferentes de Salud. La pugna por la mejor estrategia para combatir el virus marcaba la agenda política de la segunda mitad de 2020.

El inicio de 2021 arrancó – además de con la gran nevada Filomena – con la esperanza de los primeros pinchazos de la vacuna, pero también con el ascenso de una tercera ola que fue en parte de España aún más mortífera que la primera. 

Las dudas sobre la llegada suficiente de vacunas acompañaron los primeros meses del año pero poco a poco empezó a notarse el efecto tan ansiado, especialmente en las residencias de mayores. 

La tranquilidad de la llegada de las vacunas, que en enero eran ya tres – Pfizer, AstraZeneca y Moderna – también se vio enturbiada por la expansión de la variante británica, que pronto se demostró más transmisible. El temor al escape de estas nuevas cepas frente a la inmunidad de las vacunas se incorporaba a las preocupaciones de la pandemia. 

La situación fue mejorando pero la llegada del verano, con el fin de algunas restricciones, dio paso a la quinta ola. La de los jóvenes, aún sin vacunar. Aumentaron los casos a la vez que se extendía Delta, otra variante aún más transmisible que las anteriores. 

La segunda vuelta al cole en pandemia llegó ya con el ansiado 70% de vacunados y con los adolescentes empezando a inmunizarse, así como el inicio de la administración de terceras dosis a los más vulnerables. Antes de la Navidad arrancó también la vacunación de los niños de cinco a 11 años

El final de año lo volvió a marcar también otra variante. Ómicron, más sorprendente que las anteriores, demostró una grandísima capacidad de contagio. El sistema se vio desbordado ante la explosión de contagios y la incapacidad de diagnosticar a todos los casos. Entraron en juego los test de autodiagnóstico y una nueva palabra: gripalización. Dos años de pandemia, la inmunidad de vacunas y contagios abren el debate a otra forma de gestión de la enfermedad, como una más de las que afectan a la sociedad. Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo  y la amenaza de nuevas variantes sigue ahí. 

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