La Unión Europea (UE), después de cerrar el año 2025 quebrantando una sentencia firme de su propio Tribunal de Justicia, al reactivar a través de su todopoderosa Comisión (que no lo es tanto al ser manipulable por Sánchez y Macron) el acuerdo agrícola UE-Marruecos, que el TJUE declaró nulo (el 4 de octubre de 2024) por incluir el Sahara Occidental en su ámbito de aplicación; vuelve, otra vez, a las andadas. Al parecer, la UE, al igual que el PSOE de Sánchez, está atrapada, irremediablemente, en un bucle de reincidencia en lo que respecta al Sahara Occidental.
En esta ocasión, Marruecos y la UE, tras la decimoquinta sesión de su Consejo de Asociación, celebrada el jueves 29 de enero pasado en Bruselas; emitieron un comunicado conjunto (al estilo de la resolución Frankenstein 2797/25 del Consejo de Seguridad) en el que, ¡absurdamente!, mezclan la quimérica “autonomía” marroquí con el derecho inalienable a la libre determinación del pueblo del Sahara.
La Unión Europea es plenamente consciente de que la incongruencia plasmada en la declaración oficial que firmó, convierte el manifiesto en simple papel mojado; ya que la mera alusión a un proceso autonómico en el contexto de un Territorio No Autónomo (TNA) pendiente de descolonización, cuyo pueblo es titular del derecho de autodeterminación, invalida por completo todo el texto y todo lo que ambas partes hayan podido acordar bajo esa premisa. Aun así, la UE, en su afán de congraciarse con el Majzen y con el fin de permitirle a Mohamed VI seguir soñando que es dueño de un Sahara que –en medio siglo– no ha logrado doblegar; no duda en adoptar –cínicamente– en nombre de todos los europeos, una postura que, a todas luces, contraviene la legalidad internacional.
Al parecer, la UE, al igual que el PSOE de Sánchez, está atrapada, irremediablemente, en un bucle de reincidencia en lo que respecta al Sahara Occidental
El fariseísmo de la UE en este sentido no es ninguna novedad. De hecho, el mencionado Consejo de Asociación UE-Marruecos, instituido el 1 de marzo de 2000 y encargado de supervisar la aplicación del Acuerdo de ¿Asociación?; situó entre sus prioridades la cooperación regional, especialmente en lo tocante a temas de seguridad: Combatir la tríada temible (narcotráfico-tráfico de personas-terrorismo); regular, en la medida de lo posible, los flujos migratorios; y, en general, hacer frente a la delincuencia organizada transnacional. Se marcó estos objetivos cuando, hasta el más incauto de los mortales, sabe que esas metas que se fijaron son, precisamente, las eficaces armas con las que cuenta el reino del otro lado del estrecho para extorsionar, en primer lugar, a España; y, por extensión, a toda Europa. Más que un acuerdo de Asociación, era un pacto de “Sumisión” que, hoy, en pleno 2026, obliga a la UE a asumir el posicionamiento indignante de adjudicarle a Marruecos un territorio que, en su día, fue la provincia 53 de un Estado (España) miembro de la Unión Europea; en el que recae (por mandato de las Naciones Unidas) la responsabilidad ineludible de ser –y seguir siendo– la potencia administradora del territorio saharaui, facultada para el control de sus espacios marítimo y aéreo; en tanto no se culmine la correcta descolonización del Sahara Occidental.
Cuando se trata del Sahara, el flamante club de los 27 y, particularmente, la presidenta de la Comisión Europea (Ursula von der Leyen); así como Kaja Kallas, que dirige la política exterior y de defensa de la UE y ejerce como vicepresidenta de la Comisión Europea, se saltan manifiestamente la normativa internacional y, lejos de abochornarse de su proceder reprochable y carente de ética, hacen gala, casi con regocijo, de la impunidad que les confiere su posición.
¿Cómo es posible que representantes de máximo nivel en los organismo europeos, juristas todos ellos, se presten a semejante juego, poniendo en entredicho su propia integridad como personas y la credibilidad de las instituciones que representan? No hace falta ser universitario ni cursar la enseñanza secundaria, para darse cuenta de que la potestad para establecer regímenes autonómicos se limita estrictamente al territorio nacional de cada país, es decir, a su espacio geográfico de soberanía territorial.
La Sra. Von der Leyen, que nació en Bélgica pero ostenta la nacionalidad alemana, ¿cómo reaccionaría si alguien le dijera que Alemania propone una autonomía para Bélgica, con lo cual su país natal pasaría a formar parte del Estado alemán, tal como aconteció en la época del Tercer Reich (Alemania nazi)? Si llegara a recibir esta –hipotética– noticia, seguramente, sería para ella el detonante de un ictus fulminante.
Si fuese capaz de mostrar un mínimo de empatía (cualidad poco común, por no decir inexistente, en los políticos) para ponerse, solo por un instante, en el lugar de los saharauis; sabría que lo que está apoyando, más allá de ser una burda y patética maniobra expansionista, es una aberración jurídico-política en toda regla.
Cuesta entender que una política de raza como ella, sobrada de formación académica (se inició en Arqueología, transitó por Economía y se graduó en Medicina) ignore –intencionadamente– la realidad de un pueblo legendario que ha sellado las fronteras de su territorio con la sangre de sus mejores hijos, y cuyo Estado (República Árabe Saharaui Democrática) además de ser reconocido por 84 países (en los cinco continentes) es miembro –fundador– de pleno derecho de un Organismo Internacional (Unión Africana) que cuenta con más del doble de Estados miembros que la Unión Europea.
¿Cómo pueden reclamar justicia para Ucrania y Groenlandia cuando se la están negando al Sahara?
Ahora bien, si el asunto a abordar se refiere a Groenlandia o a Ucrania, los mismos interlocutores (no importa que en el mismo evento, conferencia de prensa o coloquio, estuviesen aludiendo al Sahara Occidental con desdén) cambian automáticamente de registro, y aquí, el semblante, la actitud y la postura son otras, radicalmente distintas. ¿Cómo pueden reclamar justicia para Ucrania y Groenlandia cuando, no solo se la están negando al Sahara, sino que están contribuyendo activamente a eternizar el exilio de su pueblo en el desierto más inhóspito del planeta; y fomentan notoriamente el expolio indiscriminado de los recursos naturales de su tierra? ¿Dónde está la coherencia, el equilibrio y la ecuanimidad que los europeos consideran su seña de identidad? Esta doble vara de medir y esta dualidad moral basada en una justicia selectiva, que legitima la injusticia según se trate de tal o cual pueblo o lugar; solo puede augurar el declive gradual y la decadencia inevitable (como potencia y como ente social) del bloque europeo, al socavar los principios y valores fundamentales sobre los que se cimentó.
Y, a todo esto, cabe preguntarse: ¿Cómo consigue Marruecos que este cuento de nunca acabar, basado en una sinrazón, siga asomando cíclicamente en foros y encuentros bilaterales? ¿Cuándo y cómo comenzó toda esta trama que combina todos los ingredientes (corrupción, espionaje, coerción y violencia) de un macabro thriller político?
La respuesta –más que obvia– a la primera pregunta, se reduce a tres factores: uno, un despiadado aparato de propaganda dotado de cuantiosos recursos, donde el fin justifica los medios (de cualquier naturaleza); dos, la compra de voluntades; y tres, si los puntos uno y dos no surten efecto (algo bastante improbable) entonces se recurre a la represalia, la coacción y la extorsión salvaje y directa.
En cuanto a la segunda pregunta, para responderla hemos de remontarnos a la primavera de 2007; aunque para esclarecer el trasfondo y las circunstancias coyunturales en que surgió esta anomalía jurídica a la que Marruecos denomina “autonomía”, hemos de retroceder –en el tiempo– cinco décadas atrás. En el otoño de 1975, Hasan II concentró en la frontera norte del Sahara Occidental a 350.000 de sus súbditos (marabunta que se conocería en el entorno saharaui como la Marcha Negra) para presionar a España y obligarla a abandonar el –otrora– Sahara Español, dejando inconclusa la descolonización de un territorio que Madrid había administrado a lo largo de más de noventa años.
El 14 de noviembre –6 días antes de la muerte de Franco– se firma el acuerdo tripartito de Madrid que da luz verde a los ejércitos marroquí y mauritano para ocupar –a sangre y fuego– el territorio saharaui por el norte y el sur respectivamente. El Frente Polisario se enfrenta a los ejércitos de Hasan II y Moktar uld Daddah en una guerra abierta, que se extiende como una hoguera incontenible por todo el desierto, abarcando, además del Sáhara y el sur de Marruecos, casi la totalidad de la geografía mauritana. El 5 de agosto de 1978 (antes de cumplirse el tercer año de la invasión) Mauritania capitula y se retira de Tiris (la franja meridional del Sahara situada por debajo del paralelo 24° N) que había ocupado. Hasan II se queda solo en la aventura expansionista que había vaticinado concluir en una semana.
A finales de los años ochenta, la situación se torna insostenible y Hasan II da por perdida una guerra cuyo coste es ya inasumible. Apela a la ONU en busca de un alto el fuego que le permita recuperar el aliento. Se accede a su petición y el Consejo de Seguridad aprueba por unanimidad (el 27 de junio de 1990) un “Plan de Arreglo”, encaminado a alcanzar dos objetivos principales:
1-Lograr un alto el fuego entre las dos partes en guerra (el Reino de Marruecos y el Frente Polisario).
2-Llevar a cabo un referéndum mediante el cual el pueblo del Sahara Occidental pueda ejercer su derecho a la libre determinación.
Con el fin de llevar a la práctica el “Plan de Arreglo”, se establece el 29 de abril de 1991, la MINURSO (Misión de las Naciones Unidas para el referéndum en el Sahara Occidental). El 6 de septiembre de 1991 –después de 16 años de guerra encarnizada– entra en vigor el alto el fuego.
En noviembre de 1991, la MINURSO culmina –en plazo– la revisión y actualización del censo español de 1974, que (acorde a lo estipulado en el “Plan de Arreglo”) conformaría el cuerpo electoral en el referéndum previsto.
Cuando todo estaba listo para acudir a las urnas, Hasan II (con la aquiescencia del CSNU) sobornó a Javier Pérez de Cuéllar (secretario general de la ONU) y este, ¡en contra de lo pactado!, y desechando el impecable trabajo realizado por la MINURSO, dispuso que la lista de votantes, en vez de limitarse a la población autóctona, debía incluir los cientos de miles de colonos que Marruecos había aglutinado en el territorio. El proceso de paz, a punto de alcanzar el éxito, se estanca definitivamente.
En 2007, 16 años después, Mohamed VI, que –a su pesar– sucedió a su padre en 1999; llega a la conclusión de que:
1-Los saharauis tienen una voluntad a prueba de bombas, nunca mejor dicho. Ni el tiempo, ni las penurias que entraña el exilio en la inclemente y árida Hamada han conseguido desgastarlos. Han nacido para resistir y liberar su tierra o morir en el intento.
2-Si algún día llegase a celebrarse en el Sahara un referéndum legal auspiciado por la ONU, a pesar de las maquinaciones, obstáculos y maniobras de todo tipo; su resultado será un clamoroso SÍ a la independencia, y los más de 120.000 soldados acantonados en el Sahara tendrán que volver por donde habían venido, cargando con el peso de la decepción y la derrota. El Ejército y la sociedad marroquí, tanto tiempo entretenidos –y engañados– con una causa nacional ficticia, pondrán en peligro la estabilidad de la Corona.
Por otra parte, si su padre, que sobrevivió –en 1971 y 1972– a dos sangrientos golpes de Estado consecutivos, y cuya sagacidad, astucia y crueldad, rivalizan con el mismísimo Nicolás Maquiavelo; murió con la amargura de ver truncado su sueño de ver dominado el Sahara; nadie puede esperar que él, un rey “a la fuerza” que detesta la toma de decisiones y lo delega todo en el Majzen, salga victorioso donde Hasan II fracasó.
Mohamed VI decide dar un salto al vacío y proponer un contrasentido: “una autonomía marroquí para el Sahara”, reavivando la utópica y delirante teoría del Gran Marruecos
En vista de todo esto, Mohamed VI decide dar un salto al vacío y proponer un contrasentido: “una autonomía marroquí para el Sahara”, reavivando la utópica y delirante teoría del Gran Marruecos (que engloba el Sahara Occidental, Mauritania, parte de Mali, el sudeste de Argelia, Ceuta, Melilla, y demás peñones e islas (Chafarinas, Perejil) del Mediterráneo bajo soberanía española, teniendo en el horizonte, también, el archipiélago canario).
Tiene claro que este planteamiento, ilegal y carente de base jurídica, no tiene ningún recorrido; pero, justamente, dado su carácter ambicioso y surrealista, tendrá un impacto mediático potente a nivel subjetivo que, a la larga, terminará por confundir a la opinión pública, sacando de contexto el asunto del Sahara y normalizando la ocupación como hecho consumado irreversible.
Así, en la octava Reunión de Alto Nivel (RAN) entre España y Marruecos, celebrada los días 5 y 6 de marzo de 2007 en Rabat; en la que participan el entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero y su homólogo marroquí Driss Jettou, así como el inseparable ministro de Exteriores de aquel (Miguel Ángel Moratinos) entre otros; se perfila, por escrito (con la bendición de Mohamed VI) un exoesqueleto para que este torpe engendro (“autonomía”) eche a andar.
Zapatero, que había recalado –hacía tres años– en la Moncloa, como un pájaro de mal agüero, en medio de la tragedia del 11-M; pone a disposición del Majzen toda la cúpula del PSOE e instrumentaliza el partido socialista (a nivel nacional y europeo) para relanzar la “propuesta” alauí.
Durante toda su etapa como presidente y a lo largo de su trayectoria política posterior, Zapatero, se dedicará en cuerpo y alma a promover el discurso oficialista marroquí, con tanto ímpetu como si le fuera la vida en ello. Esta última metáfora –retórica– solo tiene una explicación posible: Zapatero –lo mismo que Sánchez– presumiblemente, ha contraído una deuda de tal magnitud con Mohamed VI, que se ve conminado a obrar así.
Esta es la intrahistoria del tan manido plan de “autonomía” marroquí. Puro humo reforzado por una propaganda agresiva. A pesar de ello, ha tenido tanto eco en el universo mediático que, en ocasiones, ha llegado a desplazar el debate, desviándolo hacia los derroteros para los que fue pensada esta insolente barbaridad. O sea, como pasó con el trueque que posibilitó el arribo de Sánchez a la Moncloa en 2023, donde los analistas políticos y tertulianos, en vez de centrarse en el fraude evidente que supone el intercambio de toda una ley de amnistía por siete escaños (de los 350 que componen la Cámara Baja) con la única finalidad de hacerse con la Presidencia del Gobierno; se enzarzaron en debates espurios sobre la constitucionalidad de una ley orgánica que nacía de un trueque.
En el caso de la disparatada “autonomía” marroquí pasó algo similar: Los analistas y los medios, en el fragor de la frenética carrera de la información en la que las noticias deben actualizarse casi cada minuto, a veces, se olvidad de la improcedencia absoluta de este ardid, y llegan a apuntar que la “propuesta” marroquí solo consta de tres folios. Oiga, da igual que conste de tres folios o de tres mil. Eso a los saharauis no les incumbe porque no tiene nada que ver con ellos. Se habla de una autonomía en el seno de Marruecos, por tanto, es un asunto intrínsecamente marroquí que únicamente concierne a los súbditos marroquíes. Si Marruecos es tan pródigo en conceder autonomías, ahí está la región del Rif; que forma parte del reino alauí y cuyas reclamaciones son contestadas, constantemente, con una represión brutal.
En la ronda de encuentros, iniciada el domingo 8 de febrero en la embajada de EE.UU. en Madrid, que reúne al Frente Polisario y Marruecos; ha trascendido que el Majzen ha añadido 37 folios a los tres que garabateó en presencia de Zapatero –en Rabat– en 2007. Los saharauis vuelven a decir alto y claro lo mismo que han dicho siempre: Sean 40 o 4000 folios, no es de su incumbencia. Es una cuestión netamente marroquí y, como tal, donde mejor se puede exponer es en la Plaza Jame Lefna, de Marrakech. Seguro que allí los encantadores de serpientes, domadores de monos y aguadores tradicionales, le dispensarán la acogida que se merece.
Abderrahman Buhaia es intérprete y educador saharaui
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