Opinión

Robots: soberanía a plazos

Un robot manipula alimentos en Pekín.
Un robot manipula alimentos en Pekín. | EUROPA PRESS

China ha puesto a los robots a trabajar y a los hombres a esperar en la puerta. En Kunshan, corazón electrónico del país, las máquinas aprietan tornillos, clasifican piezas y no piden vacaciones; fuera, los obreros hacen cola por un empleo que se va volviendo reliquia. Pekín lo llama modernización. Occidente lo llama a veces oportunidad, a veces amenaza. Es un poco de todo: una revolución industrial sin chimeneas, silenciosa y despiadada, que fabrica más con menos gente y convierte la productividad en munición geopolítica.

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Los datos ya no admiten escepticismo. Según la Federación Internacional de Robótica, China opera unos dos millones de robots industriales, cuatro veces y media más que Japón, y en 2024 concentró más de la mitad de todas las instalaciones del planeta: 295.000 unidades en un solo año. La Unión Europea, con 231 robots por cada 10.000 empleados, está por encima de la media mundial, y España figura entre los veinte países más automatizados. Pero en esta carrera no cuenta la foto, cuenta el ritmo. Y el ritmo lo marca Pekín: mientras Europa delibera, China instala.

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La gran batalla del siglo ya no se libra solo por las tierras raras, las capacidades militares o los estrechos, sino por quién produce más barato sin que se le incendie la sociedad. China lleva ventaja: puede automatizar con una disciplina que en Europa sería una huelga y en Estados Unidos, una campaña electoral. Pero el robot tiene una avería política. No consume como un obrero, no compra una casa, no cotiza a la seguridad social y no protesta, aunque deja detrás a una multitud que algún día lo hará, no tengan duda. El Partido Comunista pretende ganar la carrera tecnológica sin perder el control de la calle, cuadratura del círculo que ni Confucio habría sabido resolver.

La paradoja occidental es formidable. Tememos que China domine la inteligencia artificial mientras nuestras empresas compran componentes chinos, dependen de sus cadenas de suministro y financian con sus pedidos la automatización que luego denuncian. Pekín no aspira solo a fabricar el futuro: quiere fijar su precio, sus estándares y sus dependencias. La nueva soberanía no se mide por cuántos soldados desfilan, sino por cuántas fábricas siguen funcionando cuando el mundo se fractura.

El robot tiene una avería política. No consume como un obrero, no compra una casa, no cotiza a la seguridad social y no protesta, aunque deja detrás a una multitud que algún día lo hará

Conviene decirlo sin diplomacia: quien te vende el robot y te niega el repuesto, te para la fábrica. Quien te vende el sistema de inteligencia artificial y te corta la actualización, o la misma aplicación, te apaga el país. Y da exactamente igual que el vendedor sea China o Estados Unidos: la dependencia no tiene ideología, tiene interruptor. Un aliado que controla tu tecnología es un aliado que, llegado el caso, negocia con ventaja; un rival que la controla ni siquiera necesita negociar. La soberanía no se pierde de golpe, se alquila a plazos: primero el componente, luego el mantenimiento, después el estándar y, al final, la decisión. Europa tiene que pensar esto con la frialdad de quien revisa un contrato, no con el reflejo de quien elige bando. Uno no puede perder su soberanía, ni siquiera ponerla en riesgo.

Y aquí llega lo que de verdad importa: de esto hay que hablar. En España y en Europa, ahora, con datos encima de la mesa y sin anestesia. No dentro de diez años, cuando la transición nos haya pasado por encima; no en seminarios para convencidos, sino en los parlamentos, en los consejos de administración y en la negociación colectiva. Porque la automatización no es una hipótesis que podamos votar en contra: es un hecho que solo admite dos respuestas, anticiparse o padecerla. Todo lo demás —la nostalgia industrial, el pánico tecnológico, el arancel reflejo y la pancarta— es perder el tiempo.

Anticiparse significa cosas muy concretas. Significa una política industrial europea que no se limite a subvencionar lo que se hunde, sino que decida qué queremos fabricar aquí cuando fabricar ya no dependa del coste de la mano de obra, sino del coste de la energía, del suelo disponible y del talento. Ahí España tiene cartas que otros no tienen: territorios con energía abundante y renovable, espacio industrial y una posición logística envidiable entre Europa, América y África. Significa una formación profesional que produzca técnicos capaces de programar, mantener y auditar máquinas, porque el empleo que viene no está en competir con el robot, sino en mandar sobre él.

Los robots chinos ya han tomado posiciones. A España y a Europa les queda decidir si llegan al campo de batalla con un plan o con un comunicado

Significa reducir dependencias críticas —chips, tierras raras, baterías, repuestos, código— y exigir en cada contrato tecnológico garantías de mantenimiento y alternativas de suministro, venga el proveedor de donde venga. Significa con la máxima urgencia revisar los programas universitarios y de formación profesional, y adaptarlos, ya. Y significa llevar este debate también a la defensa y la seguridad nacional, porque la frontera entre la fábrica civil y la capacidad militar es hoy tan fina como una oblea de silicio.

Significa, sobre todo, un pacto social para la transición. Si la productividad se dispara y sus frutos se concentran, la factura la pagará la democracia: ya sabemos cómo votan las regiones que se sienten descartadas. Europa no puede automatizar al estilo chino, ni debe; su ventaja competitiva es precisamente un modelo donde la máquina sirve al ciudadano y no al aparato. Pero esa ventaja solo existe si el modelo funciona, y solo funciona si alguien lo piensa antes de que llegue la ola, no después.

Los historiadores recordarán esta década como aquella en la que se decidió quién fabrica, quién diseña y quién simplemente consume. China ha hecho su apuesta y ha puesto dos millones de robots a trabajar en ella. La pregunta no es si nos gusta; la pregunta es qué hacemos nosotros. En esa guerra sin cañones, los robots chinos ya han tomado posiciones. A España y a Europa les queda decidir si llegan al campo de batalla con un plan o con un comunicado. Hablemos de esto. Lo demás es perder el tiempo.


José Antonio Monago Terraza. Senador Portavoz Adjunto. Miembro de la Comisión Mixta de Seguridad Nacional

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