Miriam González se empeña en evitar las etiquetas de izquierda y derecha cuando habla de política. Ella quiere hablar de modernización y limpieza, no de etiquetas. “Ha llegado ya el momento después de tantas décadas de intentar conseguir la madurez democrática, de pasar a la fase siguiente, una fase de reforma y modernización”, resume.

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Recibe a El Independiente es su casa en el barrio de Salamanca. Madre de tres hijos y abogada internacional, tuvimos noticia de ella por estar casada con Nick Clegg, cuando era líder del Partido Liberal de Reino Unido, donde vivió muchos años. Vallisoletana de nacimiento (Olmedo, 1968) , es presidenta de la plataforma España Mejor, lleva años observando la vida política española a la espera de canalizar su movimiento en un partido político que, finalmente, acaba de ser registrado: Democracia 21. 

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Cree fervientemente en el capital humano de nuestro país. “El talento que tenemos los españoles puntúa por encima en individual,  que lo que puntuamos en colectivo. Casi todas las cosas que hemos hecho en la vida, pues lo hemos hecho con el sistema en contra”, asegura. Su partido todavía no tiene forma, ni programa, pero sí acumula muchos kilómetros por el territorio español en los que González asegura haber encontrado mucho talento para la formación que van a fundar. En tiempos donde gran parte de la política apela a la emoción y a la identidad, González apuesta por el pragmatismo y une el futuro de nuestro país con términos como productividad, tecnología, conocimiento o valor añadido. 

Pregunta: ¿Tiene espacio Democracia 21 en la España actual?

Respuesta: Ya veremos.

P: Sé que no te gusta hablar de izquierda y derecha, pero antes hubo un partido como Ciudadanos que también rechazaba esas etiquetas. ¿Qué hizo mal Ciudadanos?

R: A veces me preguntan por la situación tanto de Ciudadanos como de Podemos. Sus errores específicos habría que preguntárselos a sus respectivos liderazgos. En ambos espacios había gente que buscaba una reforma y una regeneración del país, más que una modernización en aquel momento, pero por razones distintas no funcionaron. En el caso de Podemos, considero que lo definitivo fue que sus líderes adoptaron posturas que no cuadraban con su manera de vivir; ahí dilapidaron un enorme capital político y traicionaron a mucha gente que querían un cambio real. El caso de Ciudadanos es algo diferente: es un partido casi de diseño, el propio sistema el que genera el partido. Su liderazgo cometió bastantes errores a pesar de tener la capacidad de cambiar las cosas, provocando una desconexión entre la dirección y sus bases que generó mucha frustración. Pero yo viví ambos procesos desde fuera y ni siquiera conozco a los líderes de esos partidos. 

P: ¿Democracia 21 tiene más pulsión o diseño?

R: No tiene nada de diseño, nace completamente de un impulso de necesidad. El sistema actual tiene las púas sacadas como un erizo y no quiere que se mueva nada. Es interesante ver que, aunque el panorama político español parezca polarizado y los partidos azuzan constantemente a los ciudadanos, la política y el entorno de los partidos están mucho más polarizados que la calle. La calle está más triste e impotente que polarizada. Y los partidos por muy polarizados que estén hay una cosa con la que están de acuerdo: no dejar que avance ningún intento de modernización, ni medio milímetro, ni abrir el sistema a más controles, porque eso es lo que realmente tienen en común.

P: ¿Cree que es posible moverse en España sin etiquetas? Los ciudadanos necesitan referencias y, sin ellas, ¿cómo piensa apelar al voto de la ciudadanía?

R: Me preguntas en singular, pero esto es un proyecto en plural. Lo que estamos intentando hacer se define por la etiqueta que más valoramos quienes compartimos este espacio: queremos acabar con una política hiperprofesionalizada e inundada de personas con carné de partido. Buscamos que ciudadanos que hoy están fuera de la política puedan involucrarse de forma natural para aportar, sin venir a vivir de ella. Este planteamiento es mucho más importante que las viejas etiquetas ideológicas, las cuales ya se han desvirtuado por completo. Yo nací en Olmedo, en Castilla y León, y he visto al PP —un partido supuestamente de derechas— gobernar allí durante 39 años con políticas totalmente intervencionistas, colocando al poder público en el centro de todo. Se han infiltrado en todas partes y todo depende de ellos. Por eso, cuando se habla de etiquetas, no sé a cuáles se refieren; no veo una diferencia real en la forma de gobernar ni en el afán de involucrar al Estado en todo, tanto por parte de la derecha como de la izquierda.

P: Hablemos entonces del papel del Estado y de sus límites. ¿Esa modernización de España que ustedes buscan pasa por construir un Estado más liberal y menos entrometido en los asuntos de los ciudadanos?

R: No me gusta mucho utilizar el término “iberal” porque creo que se entiende muy mal en España y, realmente, no creo que tengamos que centrarnos en hacer una pedagogía amplia de cosas que se entienden en otros sitios de una manera diferente por razones históricas o por lo que sea. Esto ha evolucionado a una especie de liberalismo muy distinto de lo que ocurre en muchos otros sitios, pero yo creo que por donde pasa es por la aplicación de los criterios de mérito y capacidad a la actuación del Estado. Me parece increíble que en pleno 2026 se mantenga este sistema: llegan los partidos políticos y colocan a personas con carné en todos los puestos, muchas veces sin tener ningún conocimiento sobre la materia. Lo hacen en la administración, en las empresas públicas, en las fundaciones, en los observatorios e, indirectamente, en empresas participadas. Así es imposible adaptarnos a la economía actual, una fase tecnológica basada en el conocimiento y la agilidad. Lo que ellos hacen es todo lo contrario y le hacen un flaco favor al país. El futuro es difícil; engancharse a esa economía tecnológica y moderna es complejo cuando se han hecho tan pocas reformas durante tanto tiempo y se ha mantenido el sistema paralizado, compitiendo básicamente con un modelo de sueldos bajos. Avanzar hacia esa fase ágil y tecnológica es muy difícil cuando arrastras fardos políticos que carecen de talento. El talento en España está en la calle, lo tenemos ahí; por eso hay que empezar a hacer reformas para cerrar la puerta a los cargos inútiles de carné y abrirla al talento de los españoles.

P:¿Estás encontrando talento?

R: En España sobra talento. Si pudiera, te enseñaría los mensajes que recibo día a día. Hay muchísima gente frustrada que quiere aportar según su visión del país. Eso es lo que se percibe en España. Si nos observa de forma individual, cada uno en su profesión y dentro de sus circunstancias -que determinan mucho lo que uno puede hacer-, en España se trabaja de manera seria, mucho y bien, y existe una gran capacidad de reacción y adaptación. Lo vimos en momentos complicadísimos, como en la crisis de 2008, cuando las cosas se salvaron gracias a que la gente se volcó rápidamente en las exportaciones. Ahora vivimos una situación parecida con el sector de los servicios de valor añadido orientados al exterior, que es lo más interesante que ocurre hoy en nuestra economía. Deberíamos impulsar esta área con más fuerza, tanto con los españoles que están fuera como con los que están dentro y con las empresas nacionales. Otros países europeos no van a poder competir en esto, pero nosotros sí. Lo único que nos lastra es el sistema: un modelo hiperpesado e hiperpolitizado en absolutamente todo.

Miriam González.
Miriam González. | Israel Cánovas

“Hay que cerrar la puerta a los cargos inútiles de carné y abrirla al talento de los españoles”

P: Respecto al talento, a veces cuesta atraerlo al sector público porque el sector privado está mucho mejor pagado. Este es un problema en el que es fácil caer en el populismo al afirmar que los políticos ganan demasiado dinero, cuando en realidad sus sueldos no son tan altos si se comparan con los de la empresa privada.

R: Es una discusión que no me agrada, porque no creo que el debate deba centrarse en si los políticos ganan mucho o poco de forma individual. El problema real es que los partidos políticos se llevan demasiado dinero en España, y no todo se reduce a los sueldos de los cargos públicos más visibles. Si observamos las asignaciones públicas que reciben los partidos y sus fundaciones, en ocasiones superan a las de partidos muy consolidados en países mucho más ricos, como Alemania. Se destina demasiado dinero a la estructura política. Además, teniendo en cuenta que tanto la izquierda como la derecha han mantenido de mutuo acuerdo un modelo de sueldos bajos para competir internacionalmente, solo faltaría que, obligando a la ciudadanía a vivir con salarios bajos, ellos se fijaran sueldos mucho más altos.

P: En España el tema del identitario es importante. A esa tercera España más regionalista y nacionalista qué le ofrece para atraerla a  un proyecto común

R: Basta con mirar más allá de nuestras fronteras para darse cuenta de lo absurdo que es afrontar el mundo actual con una visión nacionalista, empeñada en empequeñecer los espacios y mirar hacia dentro, cuando competimos con potencias de dimensiones enormes. Si adoptamos la perspectiva europea, entendemos por qué estas identidades quedan desfasadas. Comprendo a nivel humano que, en momentos de grandes cambios y temor hacia el futuro, la gente intente refugiarse en su burbuja; pero en pleno 2026 las cosas están muy claras respecto a las dimensiones globales bajo las cuales nos toca competir. Sobre el resto de las etiquetas o identidades que algunos utilizan, creo que debemos pasar mucho menos tiempo mirando al pasado o prestándole atención a identidades de distracción. La única identidad que me gustaría promover en el país es la identidad de futuro. Ese porvenir va a llegar, tenemos que engancharnos a él y no podemos despistarnos con nostalgias ni minucias. Hay que acometer las reformas necesarias para que la próxima generación de españoles sea próspera en la nueva fase económica que se avecina.

P: El Gobierno ha vertebrado gran parte de su acción ideológica y económica en torno a la transición energética. ¿Cuáles deberían ser los ejes que orienten el futuro económico del país? 

R: Debemos analizar las cosas en su justa medida. La dicotomía que se ha creado entre la regeneración política y el ámbito económico y social no es real. No podemos competir económicamente si arrastramos el lastre de la falta de limpieza institucional; por tanto, la regeneración debe ser una de nuestras puntas de lanza fundamentales en paralelo. Es imposible competir en la fase actual —que ya es una realidad, aunque hablemos de futuro— si mantenemos un modelo con un peso político tan desmesurado, lleno de cargos a dedo que lo ralentizan todo, sin controles, donde cada cual hace lo que quiere sin atender a las necesidades de los ciudadanos. Por otro lado, la formación y la educación están fuera de la agenda política actual, lo cual es una locura. La productividad en España dependerá de nuestra capacidad para adaptar la educación a las exigencias reales.

Respecto a la energía, por supuesto que es importante, pero preferiría una política energética mucho más moderna que incluya todas las fuentes disponibles en el menú: tanto aquellas en las que poseemos una ventaja competitiva, como las renovables, como otras que no podemos permitirnos perder. Sin duda, la electrificación del país es una prioridad absoluta para adaptarnos a las futuras formas de trabajo y competencia. Finalmente, es clave la agilización del Estado, que debe actuar como un facilitador. Contamos con un sistema donde mucha gente depende del bienestar social; para sostenerlo, los recursos no pueden desviarse hacia la estructura política, sino que deben destinarse a competir, producir y ayudar de la manera más ágil posible a quienes lo necesitan.

P: Nuestro estado del bienestar se articula a través de las comunidades autónomas. ¿Cómo valora el papel de las comunidades autónomas? ¿Cree que deberían adelgazar o reducir su estructura?

R: Las comunidades autónomas presentan los mismos vicios que el Estado: son réplicas de un modelo que beneficia a los políticos pero perjudica a los ciudadanos debido a las colocaciones a dedo generalizadas. Y esto no se limita a las autonomías; ocurre igual en las diputaciones y en los ayuntamientos. Toda esa estructura política es la que debe adelgazar. Llevan cuatro décadas actuando de una manera inaceptable en cualquier otro lugar sin que nadie les haya frenado de verdad. Ha habido intentos, pero no se ha logrado limpiar el sistema, y tras cuarenta años ya toca pasar a la siguiente fase. Por otra parte, debemos evolucionar hacia sistemas pragmáticos. La organización autonómica aporta una diversidad que considero un activo económico y social para el país, ya que permite analizar los problemas en 360 grados y activar diferentes enfoques. Sin embargo, hemos fallado en dos aspectos fundamentales. Primero, en la falta de claridad en los objetivos de las políticas generales. Un ejemplo claro es la educación: está descentralizada, lo cual se justificó en su día bajo el principio europeo de subsidiariedad para acercar las decisiones al ciudadano y mejorar el servicio. Sin embargo, hoy nos encontramos con comunidades autónomas que tienen un nivel educativo equivalente al de Canadá y otras al de Turquía. Evidentemente algo ha fallado.

Existen 17 maneras diferentes de enterrar a un fallecido en España; esto carece de sentido

Necesitamos definir objetivos claros, medibles y evaluar su cumplimiento. El segundo fallo es la falta de armonización. Contamos con normativas distintas en casi todos los sectores según la comunidad. Por ejemplo, asistiendo a un congreso de servicios funerarios para escuchar las demandas del sector, constatamos que existen 17 maneras diferentes de enterrar a un fallecido en España; esto carece de sentido. El Estado y las comunidades autónomas deben sentarse en la misma mesa con voluntad de unificar criterios. Trabajé durante doce años como funcionaria en la Unión Europea, donde conviven casi una treintena de países con lenguas, culturas y objetivos muy distintos. No tenemos nada que ver con los finlandeses y, sin embargo, logramos sentarnos a armonizar hasta los materiales técnicos de un vaso. Que esto no se consiga en España entre el Gobierno central y las autonomías evidencia una profunda falta de voluntad política y una polarización absurda cuyo coste termina pagando el ciudadano.

P: Hablemos de su visión internacional. ¿Cómo valora el encaje de Europa en el escenario actual? Y, en este contexto, ¿considera necesario que España incremente su gasto en defensa?

Respuesta: Primero quiero aclarar que le respondo a título personal; cuando presentemos formalmente el partido, lo haré bajo sus siglas. Empezando por la defensa, toda Europa va a verse obligada a aumentar su gasto debido a amenazas muy serias. Al ver que un país como Alemania se prepara a pasos acelerados ante la alta probabilidad de una invasión rusa a territorio europeo en torno a 2030, entendemos la gravedad del escenario y la necesidad de una reacción conjunta. La presión para incrementar los presupuestos militares será constante, y si no se asume, podría quebrar la Unión. Para España, Europa es un pilar fundamental; difícilmente sobreviviríamos, y desde luego no mantendríamos nuestro estado del bienestar, sin la red de seguridad europea. Hay que plantear esta realidad con crudeza, más allá de si el objetivo exacto debe ser un porcentaje fijo u otro. En su día, los debates de la cumbre de la OTAN parecieron un tanto arbitrarios al fijar cifras, pero es evidente que la defensa constituirá una carga importante para los presupuestos europeos. El reto consiste en dinamizar nuestras economías para sufragarla; no es una opción.

Miriam González.
Miriam González. | Israel Cánovas

Europa no puede conformarse con ser simplemente una gran factoría de regulación

Con respecto al funcionamiento de la Unión Europea, arrastramos un problema grave: un sistema de toma de decisiones diseñado para una época más lenta. Hoy en día todo avanza con rapidez y, aun sabiendo qué reformas se necesitan, no logramos ejecutarlas. Creo que deberíamos explorar vías para superar ciertos corsés institucionales. Contamos con hojas de ruta detalladas por informes como los de Draghi o Letta —aunque prefiero el enfoque de Draghi—, por lo que las tareas están claras. Ante una urgencia real, la respuesta institucional no puede limitarse a crear nuevas herramientas burocráticas como una “brújula de competitividad”, que es la línea seguida por el equipo de Von der Leyen. Europa no puede conformarse con ser simplemente una gran factoría de regulación, una visión que parece compartir la vicepresidenta Teresa Ribera, porque de ese modo las cosas no avanzan. Mes a mes perdemos terreno en áreas clave como el desarrollo de capacidad computacional. Equivale a encontrarse a las puertas de la Revolución Industrial sin poseer una sola máquina de vapor, carecer de los medios para fabricarla a corto plazo y no disponer de la infraestructura para hacerla funcionar. Si persistimos en este rumbo, sufriremos caídas abruptas de nivel de vida. Nos encontramos en un momento histórico en el que nuevas potencias emergen con fuerza mientras bloques antes dominantes caen. Lo estamos viendo venir y aún disponemos de margen para reaccionar. No obstante, para reaccionar no basta con diagnosticar el problema; es imprescindible pasar decididamente a la acción, algo que actualmente sigue faltando.

P: ¿Cómo cree que se puede poner freno a ese movimiento sociopolítico de corte negacionista y euroescéptico, que mira de forma proteccionista hacia las fronteras y que se califica como ultraderecha? ¿Cómo contener esa corriente que aboga por el aislamiento en lugar de la apertura?

R: Comparto plenamente ese diagnóstico. Asistimos a un avance generalizado de fuerzas de extrema derecha en diversos países europeos, caracterizadas por políticas identitarias, defensivas y nostálgicas del pasado. Es como estar en un avión, prever turbulencias y, en lugar de preparar a la tripulación y al pasaje para atravesarlas, decidir mirar hacia otro lado, recordar cómo eran las cosas antes y, para colmo, enfrentar a los pasajeros entre sí con el fin de distraerlos del peligro real. Ante esto, la estrategia que promuevo en mi entorno es la reactivación del compromiso político de la ciudadanía. No basta con lamentarse de la situación actual; debemos involucrarnos para proteger nuestras libertades utilizando las herramientas democráticas disponibles. Afrontamos una severa crisis democrática desde múltiples frentes y no es seguro que dentro de veinticinco años mantengamos los sistemas democráticos y las libertades tal como los conocemos. Por ello, este es el momento oportuno para actuar. Aunque existan otras vías de acción, este compromiso es el que hemos decidido asumir.

P: ¿Considera que la inmigración representa un activo o un lastre para Europa?

R: Conviene diferenciar la situación general de Europa de la realidad particular de España. En nuestro país, la mayor parte de la inmigración que recibimos posee una notable facilidad de integración, lo cual constituye una ventaja competitiva de gran valor para afrontar nuestro severo reto demográfico. No obstante, considero un error basar el crecimiento económico de forma exclusiva en el flujo migratorio. La inmigración es un activo, pero el crecimiento por volumen debe complementarse necesariamente con un crecimiento por músculo, es decir, por productividad. Para elevar la productividad es imprescindible transicionar hacia sectores de mayor valor añadido. Al mismo tiempo que preservamos la fortaleza de nuestras actividades tradicionales, debemos incorporar la tecnología en todas sus estructuras. A diferencia de otros países, carecemos de una estrategia clara para impulsar los sectores donde competimos.

 La inmigración es un activo, pero el crecimiento por volumen debe complementarse necesariamente con un crecimiento por músculo, es decir, por productividad

El futuro competitivo estará estrechamente ligado a la tecnología y, por ende, a la formación. Debemos orientar la capacitación laboral hacia los perfiles que demanda el mercado y facilitar la formación continua de la población. Sin estas medidas, es inviable aumentar la productividad. Asimismo, es urgente suprimir las trabas que impone la propia administración. Ciertas regulaciones estatales están plenamente justificadas cuando salvaguardan un fin de servicio público. Sin embargo, en España soportamos una densa burocracia que no atiende a objetivos sociales, sino a inercias históricas decimonónicas vigentes en 2026, y a la necesidad de justificar la enorme proliferación de cargos nombrados por filiación política. Esta maraña administrativa frena el dinamismo y debe ser depurada, conservando exclusivamente aquellas normas que ofrezcan una protección real y justificada a la sociedad.

P: Se ha fijado un reto sumamente ambicioso..

R: No es un reto que me haya fijado yo, es el reto que afronta el país. Ante esto, podemos actuar o podemos seguir postergándolo, algo que ya sabemos hacer muy bien tras cuatro décadas de inacción. En periodos clave de nuestra historia reciente se acometieron reformas importantes porque la sociedad las demandaba y las respaldaba. Curiosamente, ocurrió bajo ejecutivos de distinto signo al actual, que mantiene al país paralizado desde hace años. Sin embargo, en la etapa anterior, durante el gobierno de Rajoy, se desaprovechó la oportunidad de iniciar grandes reformas que nos habrían otorgado una sólida ventaja competitiva; en su lugar, se optó por la inacción. Los desafíos son reales, no ficticios. Podemos resignarnos a una pérdida progresiva de nuestro nivel de vida por no abordarlos, o asumir que la sociedad española es perfectamente capaz de solucionarlos. Sin duda cometeremos errores en el camino, pero el error verdaderamente grave es la parálisis motivada por el miedo a la dificultad o por el discurso político derrotista que afirma que en España no se puede cambiar nada. Todas las sociedades evolucionan. Tomemos como ejemplo la corrupción: en contactos recientes con partidos europeos con los que buscamos tejer alianzas, describí nuestra problemática en torno a una corrupción recurrente. Uno de los representantes irlandeses me comentó que en su país lograron erradicar este problema, el cual fue crítico hasta la crisis de 2008. Su experiencia demuestra que los problemas estructurales tienen solución si se abordan adecuadamente. Que hayamos arrastrado determinadas dinámicas durante cuarenta años no significa, en absoluto, que los próximos cuarenta años deban discurrir de la misma manera.