En Europa hay un nuevo clima, es un clima que está en transformación y que va a ser diferente a lo que se ha vivido en la región en los últimos 10.000 años. Es un clima mucho más caluroso en el que los fenómenos meteorológicos extremos tendrán cada vez más protagonismo. Las señales son gigantescas, como los 43,6 °C en Llodio (Álava) o los 41,9 °C registrados al norte de Praga. Las dos olas de calor que han batido récords de temperatura las últimas semanas han dejado una Europa irreconocible: miles de personas bañándose en ríos de todo el continente o regadas por los bomberos en una plaza pública.

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Un calor abrasador al que más allá de los Pirineos no están acostumbrados, ni preparados. La mortalidad se ha disparado estos días por el continente, motivada por el calor. Europa se calienta más rápido que la media mundial. Según Copernicus, el programa de observación de la Tierra de la Unión Europea, el continente ha subido alrededor de 0,56 °C por década desde mediados de los años 90, más del doble del ritmo global, y ya acumula unos 2,5 °C respecto a niveles preindustriales. 

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El calor ha abierto debates en Francia, Reino Unido o Alemania que son viejos temas de discusión en la Europa del sur. Qué hacer con los colegios donde los niños no pueden seguir las clases, qué hacer con un transporte público sin una refrigeración que hasta ahora no era necesaria, cómo gestionar una demanda de electricidad para un país que quiere aire acondicionado en tiempo récord y que, paradójicamente, ha tenido que paralizar sus centrales nucleares por las altas temperaturas al no tener sistemas de refrigeración como las españolas.

Una encuesta realizada, recientemente, por la Agencia Europea del Medio Ambiente señala que más del 80% de los europeos afirman haber sido afectadas por, al menos, un problema relacionado con el clima (calor, inundaciones, incendios forestales, escasez de agua, entre otros) en los últimos cinco años. El calor fue el problema más mencionado: casi la mitad de los encuestados aseguró haber sentido un exceso de calor en su hogar, lugar de trabajo o centro educativo, mientras que más del 60% indicó haber sentido demasiado calor al aire libre en su entorno cercano.

“Europa ya tiene un nuevo clima, es un fenómeno global: estamos en un nuevo clima, en un territorio desconocido desde el punto de vista climático”, afirma contundente Carlo Buontempo, director de cambio climático del programa europeo Copernicus. “Esta semana hemos anunciado que la temperatura de los océanos volvió a situarse, entre el 20 y 21 de junio, por encima de todos los valores históricos. Y es muy probable que, con la contribución de El Niño, volvamos a superar esos umbrales. Pero si miramos más allá, ocurre lo mismo con muchas variables: la temperatura del aire, los glaciares, las montañas, el nivel del mar… Estamos en un clima distinto, que poco tiene que ver con el que conocieron nuestros padres o generaciones anteriores”, añade. 

Estamos en un clima distinto, que poco tiene que ver con el que conocieron nuestros padres

La falta de climatización básica en buena parte de Europa central y occidental evidencia su vulnerabilidad ante las olas de calor. Muchos hogares carecen de aire acondicionado o de sistemas de ventilación adecuados, lo que deriva en situaciones de urgencia cuando las temperaturas se disparan y obliga a la población a buscar soluciones improvisadas para refrescarse.  Más del 22% de los hogares encuestados en Europa reconoce no disponer de ninguna medida de protección frente a impactos climáticos, lo que refleja una preparación insuficiente ante fenómenos extremos cada vez más frecuentes.

A este problema se suma la baja eficiencia del parque inmobiliario: cerca del 75% de las viviendas europeas fue construido antes de la implantación de normativas térmicas modernas, lo que incrementa de forma significativa el riesgo de sobrecalentamiento en el interior de los hogares.

Buontempo habla con nosotros desde la sede de Copernicus en Bonn (Alemania), desde allí atestigua cómo la sociedad está impactada por la nueva normalidad. “El domingo se alcanzaron aquí 40 o 41 grados: es un récord, pero también una situación muy dura desde el punto de vista térmico. Las casas no están preparadas para estas temperaturas, ni la gente, ni la sociedad en general. En ese sentido, países como España, el sur de Italia o Grecia, que históricamente han convivido con veranos muy calurosos, están algo mejor adaptados. Sigue siendo desagradable vivir con más de 40 grados, pero hay cierta adaptación histórica. En cambio, en el norte de Europa la infraestructura y los hábitos no están preparados, y el impacto es mucho mayor. Estuve en Oxford durante el pico de la ola de calor hace unos diez días y era realmente difícil vivir allí”, afirma.

Francisco Martín, meteorólogo de Meteored afirma que estamos ante una llamada de atención clara:  “Tenemos que adaptarnos, sobre todo los europeos, a una realidad meteorológica y climática para la que no están preparados”, asegura. El verano ha dejado su huella y “no estamos todavía en el momento más cálido del verano, que normalmente es entre el 15 de julio y 15 de agosto, la canícula”, afirma el meteorólogo.

Una playa llena de bañistas en Brighton, Reino Unido.
Una playa llena de bañistas en Brighton, Reino Unido. | Gareth Fuller/PA Wire/dpa

Europa necesita adaptarse al nuevo clima y eso es algo que va más allá de introducir a los alemanes o los polacos en los abanicos, las persianas, los toldos, el aire acondicionado o los ventiladores. Son los hábitos de los ciudadanos, son los cultivos, son las ciudades, son los edificios, son las carreteras, son los seguros… Nada puede seguir igual, porque nada será igual. 

Impacto en la salud

Los indicadores más recientes publicados en 2026 del monitoreo que realiza The Lancet Countdown evidencian un incremento sostenido de los impactos negativos del calor sobre la salud en Europa, tanto de forma directa como indirecta. Entre 2015 y 2024, prácticamente todas las regiones monitorizadas -823, el 99,6%- registraron un aumento de las muertes atribuibles a las altas temperaturas en comparación con el periodo 1991-2000. El incremento medio anual se sitúa en 52 fallecimientos adicionales por millón de habitantes. En paralelo, las alertas sanitarias diarias por calor extremo se dispararon un 318%, con 3,2 avisos más por temporada, reflejando una intensificación de los episodios críticos.

Impacto el calor medido por The Lancet

“Sin duda, podríamos haber hecho más antes. No lo hicimos y ahora estamos donde estamos. Pero todavía se pueden hacer muchas cosas, tanto en adaptación como en mitigación”, afirma Buontempo. “Tenemos la capacidad de cambiar la dirección. Eso sí, algunas variables evolucionan a muy largo plazo: el nivel del mar, por ejemplo, no va a cambiar su tendencia en los próximos 200 o 300 años. En cambio, la temperatura del aire sí podría estabilizarse o incluso reducirse antes de finales de siglo si se convierte en una prioridad social. La decisión no la toman los científicos”, añade.

Tenemos que adaptarnos, sobre todo los europeos, a una realidad meteorológica y climática para la que no están preparados

La información que genera el programa de Copernicus de la Comisión tiene impacto en las instituciones: “Más de la mitad de las ciudades europeas cuentan ya con planes de adaptación climática, muchos basados en datos de servicios meteorológicos, satélites y Copernicus. Ahí el impacto es claro. Ahora bien, en materia de mitigación [reducción de emisiones] entramos en el terreno político. Nuestro trabajo es proporcionar la mejor información posible; las decisiones dependen de los responsables políticos y de los ciudadanos”, reflexiona.

Una de las medidas que se extiende por Europa es el recursos de los refugios climáticos, que todavía tienen mucho recorrido en cuanto implantación se refiere. En España, uno de los países mejor preparados para el calor, suspende en cuanto a la red de esto refugios se refiere. Un análisis de Greenpeace denuncia que sólo 1 de cada 3 capitales de provincia ofrece esta medida, situación casi idéntica a la detectada en 2025 por Greenpeace en su informe Ciudades al rojo vivo.

“El verano que conocíamos ya no existe. El calor es un problema de salud pública que cada año mata en España a miles de personas y no estamos respondiendo a la velocidad que el cambio climático nos impone, ni para frenarlo ni para adaptarnos a sus impactos”,  afirma Elvira Jiménez, responsable de adaptación al cambio climático de Greenpeace. Los refugios climáticos son una medida efectiva a corto plazo para proteger a las personas del calor extremo y, sin embargo, el balance con respecto a 2025 es desolador: casi el 70% de las capitales de provincia volverán a dejar a las personas más vulnerables sin protección ante un verano al rojo vivo”, añade.

Los fenómenos extremos han dejado de ser excepcionales para convertirse en la nueva normalidad

Desde la perspectiva de los más jóvenes, el futuro que los modelos climáticos llevan años anunciado ya ha llegado, no así la respuestas políticas. Guillermo Sabas, portavoz del moviemiento Juventud por el Clima, advierte de que Europa ya no se enfrenta a la adaptación a un escenario futuro, sino a un “nuevo clima” que se ha instalado en el presente. “Los fenómenos extremos han dejado de ser excepcionales para convertirse en la nueva normalidad”, subraya, aludiendo a olas de calor recurrentes, precipitaciones intensas, sequías prolongadas o incendios forestales cada vez más frecuentes.

En este contexto, defiende que las políticas europeas deben abandonar el enfoque de gestión de crisis y asumir un cambio estructural que distinga entre las necesidades del ámbito rural y el urbano. En el primero, el desplazamiento de los climas amenaza ecosistemas, modelos agrícolas y economías locales. "Si desaparece la dehesa extremeña desaparece toda industria del jamón, poniendo en riesgo no solo los empleos asociados, sino también toda la cultura y el estilo de vida que gira en torno a esta actividad en la región", apunta.

En las ciudades, Sabas plantea una transformación profunda para garantizar la habitabilidad ante el aumento de las temperaturas. Propone ampliar las zonas verdes, crear refugios climáticos y facilitar ayudas públicas para adaptar viviendas, especialmente para los sectores más vulnerables. “El cambio climático ya no es un escenario distópico, es una realidad cotidiana que puede agravarse”, insiste, reclamando a las instituciones europeas que combinen la mitigación de impactos inmediatos con políticas ambiciosas para frenar su intensificación.

Greenwich Park, seco en 2022, los parques no necesitaban riego.
Greenwich Park, seco en 2022, los parques no necesitaban riego. | Dominic Lipinski/PA Wire/dpa

La vieja Europa, más vieja que nunca

Un informe publicado esta semana por la Comisión Económica de Naciones Unidas para Europa (UNECE) subraya la urgencia de adaptar las infraestructuras de Europa, Asia Central y América del Norte ante el escenario climático más adverso previsto para el periodo 2051-2080. Esto es, ya no vale para el mundo en el que nos adentramos.

El documento, titulado Evaluación de los impactos del cambio climático y la adaptación en el transporte terrestre: hacia sistemas de transporte resilientes al clima, advierte de que carreteras, ferrocarriles, vías navegables interiores, puertos y aeropuertos deberán ajustarse a esta nueva realidad. Entre los principales riesgos identifica inundaciones, olas de calor, la disminución de nieve, hielo y permafrost, así como el aumento del nivel del mar.

En Worldsensing, empresa especializada en la monitorización de infraestructuras críticas que trabaja con clientes en más de 70 países en sectores como ferrocarril, minería, construcción y salud estructural, tienen claro que el cambio climático es un elemento fundamental en el cuidado de las infraestructuras que sostienen nuestra actividad social y económica.

Más de la mitad de las ciudades europeas cuentan ya con planes de adaptación climática

Ese es el caso del ferrocarril. El análisis advierte de que el aumento de fenómenos meteorológicos extremos, como lluvias intensas, episodios de erosión, saturación del terreno o inestabilidad de taludes, está incrementando la vulnerabilidad de activos ferroviarios como terraplenes, desmontes, drenajes, túneles, puentes y tramos costeros. Este pasado enero vivimos en Barcelona un accidente en Rodalies motivado por las lluvias que costó la vida al maquinista. 

Según esta empresa la inspección periódica, la detección de defectos visibles y la actuación una vez identificado el deterioro que es modelo que ha habido hasta ahora, ya no funciona. Ha sido eficaz en un contexto en el que los riesgos evolucionaron de forma más gradual y los eventos extremos eran menos frecuentes. Sin embargo, el cambio climático está alterando esa lógica. “El problema no es que las inspecciones hayan dejado de ser útiles, sino que ya no pueden ser la única base para gestionar el riesgo. El clima ha cambiado, los tiempos de respuesta se han acortado y necesitamos modelos capaces de anticipar, medir y priorizar antes de que el daño sea visible”, señala Ignasi Vilajosana, geofísico, CEO y fundador de Worldsensing. 

Trabajos de reconstrucción de instalaciones de Iberdrola. | Iberdrola.

Otro ejemplo de cómo los fenómenos extremos afectan a las infraestructuras críticas lo tenemos en Valencia, donde la DANA, puso la medida de muchas de las realidades a las que nos enfrentaremos en el futuro. Aquel fatídico día, además de las vidas se perdieron o se destruyeron muchas de la infraestructuras  que no estaban preparadas para semejante situación. 

La luz no aguantó la riada y se fue en gran parte de las zonas afectadas, si bien pudo restaurarse bastante rápido, empresas como Iberdrola, se han propuesto hacer que sus redes sean todavía más resilientes frente a los fenómenos meteorológicos extremos. 

La empresa ha invertido 100 millones de euros en el  plan il·lumina que además de reparar los daños 2024, ha hecho “un rediseño de la red eléctrica afectada para hacerla más robusta, digitalizada y preparada frente a fenómenos meteorológicos extremos”, señal Ignacio García Bosch, responsable del plan de la eléctrica.  “El proyecto incorpora medidas de resiliencia aprendidas, como la mayor digitalización y automatización de instalaciones, la incorporación de transformadores inteligentes, soterramientos de red de media tensión, refuerzo del mallado de la red, elevación de aparamenta en media y alta tensión, compactación de subestaciones en puntos críticos y ubicación en altura de sus principales elementos”, añade.