Lo hemos visto estas semanas en algunas localidades de Europa en donde la altas temperaturas han impactado en las infraestructuras. El metro de Londres ha sufrido incidencias, se ha derretido el sellado de las vías del tranvía en Leipzig y ha obligado a apagar las centrales nucleares de Francia. Son algunas muestras de cómo nuestro mundo no está hecho para el clima al que nos dirigimos.
Un informe publicado hoy de la Comisión Económica de Naciones Unidas para Europa (UNECE, por sus siglas en inglés) pone de relieve la necesidad de que Europa, Asia Central y América del Norte adapten sus infraestructuras ante la nueva situación climática en la que vamos a vivir, más adversa, entre 2051 y 2080.
Según el informe, Evaluación de los impactos del cambio climático y la adaptación en el transporte terrestre: hacia sistemas de transporte resilientes al clima, las carreteras, ferrocarriles, vías navegables interiores, puertos y aeropuertos necesitan adaptarse a la nueva realidad. Entre los principales riesgos figuran las inundaciones, las altas temperaturas, la reducción de nieve, hielo y permafrost, y el aumento del nivel del mar.

Más calor sobre el pavimento
Las infraestructuras de transporte deberán adaptarse a un incremento significativo de las temperaturas: se prevé que afronten entre 10 y 50 días adicionales al año con registros superiores a 25 °C, con algunas regiones alcanzando hasta 200 jornadas anuales por encima de ese umbral. Este escenario aumentará los riesgos de deterioro del pavimento, dilatación en las juntas de los puentes, deformaciones en las vías férreas y la incidencia de incendios en entornos próximos a estas infraestructuras.
“La resiliencia del transporte es esencial para el funcionamiento de nuestras sociedades y economías. Las interrupciones pueden tener consecuencias dramáticas para las comunidades y suponen costes financieros enormes”, asegura la secretaria ejecutiva de la UNECE, Tatiana Molcean, quien subraya que los fenómenos meteorológicos extremos han dejado de ser una amenaza futura para convertirse en una realidad inmediata. En este sentido, insistió en la necesidad de integrar el riesgo climático en la planificación y gestión de infraestructuras.
Se prevé que las infraestructuras de transporte tengan que soportar entre 10 y 50 días más al año con temperaturas superiores a 25 °C, con algunas zonas experimentando hasta 200 días anuales por encima de ese umbral, lo que incrementará los riesgos de deterioro del pavimento, dilatación térmica de las juntas de los puentes, deformación de las vías férreas e incendios en torno a las infraestructuras.
El 90% de la red ferroviaria europea podría registrar al menos 10 días adicionales al año con temperaturas superiores a 25 °C entre 2050 y 2080, en comparación con el periodo 1970–2000. Además, casi la mitad de la red (47%) experimentará un incremento similar de días por encima de 32 °C. Estas condiciones elevan el riesgo de interrupciones por deformación de vías, fallos en equipos de seguridad y sobrecalentamiento de sistemas de señalización.
En regiones como el entorno de Sevilla, apunta el informe a modo de ejemplo, el número de días con máximas superiores a 43 °C podría alcanzar hasta 12 al año a mediados de siglo, lo que intensificará el desgaste de materiales, el consumo energético y la probabilidad de incendios.

Intensificación de las lluvias
A escala global, las inundaciones concentran cerca del 73% de los daños anuales esperados, mientras que alrededor del 7,5% de los activos se encuentra expuesto a eventos con un periodo de retorno de 100 años. A ello se suma el impacto de fenómenos extremos recientes, como la temporada de huracanes del Atlántico de 2024, cuyos daños se estimaron en 232.000 millones de dólares. En este contexto, los puertos registran pérdidas específicas de unos 7.500 millones de dólares anuales, mientras que el riesgo sistémico para el transporte marítimo global -incluyendo comercio, cadenas de suministro y actividad económica- oscila entre 81.000 y 122.000 millones de dólares cada año.
El informe anticipa un aumento de las precipitaciones intensas en regiones ya expuestas a fenómenos extremos, como la costa occidental de Noruega, los Alpes, los Balcanes, el norte de Turquía, partes de Asia Central, la Columbia Británica y la costa este de Estados Unidos. Este fenómeno incrementa el riesgo de deslizamientos, fallos en terraplenes, saturación de sistemas de drenaje y daños en infraestructuras viarias, ferroviarias y fluviales.
Asimismo, las cuencas medias y bajas de grandes ríos europeos -entre ellos el Danubio, Rin, Elba, Po, Dniéper, Don y Volga- estarán especialmente expuestas a inundaciones significativas, con potencial impacto en zonas densamente pobladas.

Retroceso de nieve y permafrost
La reducción de la cubierta nival y del hielo ártico, junto con el deshielo del permafrost, compromete la estabilidad de los cimientos de carreteras y ferrocarriles en los países del norte de Europa. Desde la década de 1950, la extensión de nieve primaveral en el hemisferio norte ha disminuido de forma sostenida.
De cara a 2050, el 70% de las infraestructuras del Ártico se ubicará en zonas con riesgo de deshielo o subsidencia del terreno, aunque una adaptación temprana podría reducir a la mitad los costes asociados.

Subida del nivel del mar
El aumento del nivel del mar, las marejadas ciclónicas y las alteraciones en el oleaje incrementarán los daños en infraestructuras portuarias y costeras, afectando también a carreteras, ferrocarriles y túneles. Se estima que entre el 71% y el 89% de los puertos del mundo estarán en riesgo para 2100 debido a tormentas marinas extremas.
Regiones como el norte de Europa, Canadá o el este de Rusia presentan niveles extremos del mar significativamente superiores a los del Mediterráneo y el mar Negro. En Europa, cerca de cinco millones de personas -junto con las infraestructuras de transporte de las que dependen- podrían enfrentarse a inundaciones costeras casi anuales a finales de siglo.
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