España

Soberanía de Ceuta y Melilla: el mapa global de los territorios "separados" de sus Estados

Mapa Topográfico Nacional de España a escala 1:50.000
Mapa Topográfico Nacional de Ceuta, Melilla y otras plazas de soberanía española. | IGN

A lo largo y ancho del globo, decenas de regiones, islas y enclaves se sitúan lejos de la masa continental principal de sus países sin que por ello se resienta un ápice su estatus jurídico o constitucional. Y es que la geografía política nos enseña que la continuidad territorial no es un requisito para la integridad de un Estado. Pese a ello, Marruecos lleva años tratando de abrir el debate de la soberanía de Ceuta y Melilla con el objetivo de integrar ambas ciudades españolas en su territorio. Según numerosos analistas, el asalto del pasado 30 de julio a la frontera de Ceuta no es más que el penúltimo episodio de la estrategia híbrida del reino alauí para cuestionar la españolidad las plazas africanas. Pero basta con mirar el mapamundi para sacudirse la falacia geopolítica que alentada por Rabat. La discontinuidad geográfica con plena normalidad institucional es, en realidad, un estándar global.

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Ceuta y Melilla en el espejo del mapa internacional

Cuando se analiza la soberanía de las dos ciudades autónomas, a menudo se olvida que algunas de las potencias mundiales más consolidadas del planeta albergan partes fundamentales de su territorio nacional alejadas por océanos, mares o incluso por otros países.

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El ejemplo más evidente lo ofrece Estados Unidos. Ni Alaska, que está separada por la totalidad de Canadá, ni el archipiélago de Hawái (a más de 3.000 kilómetros del continente) generan debate alguno sobre su estatalidad. Cada cual son estados de la Unión con la misma igualdad de condiciones de California o Texas.

En el continente europeo, Francia representa el caso más extenso de proyección en ultramar. Los llamados "Départements et Régions d'Outre-Mer"(Guayana Francesa en América del Sur, Reunión y Mayotte en el Océano Índico, y Guadalupe y Martinica en el Caribe) son jurídicamente tan franceses como París o Lyon. Sus habitantes votan en las elecciones presidenciales galas y forman parte de la Unión Europea a todos los efectos.

Mapa de los departamentos franceses de ultramar.

Archipiélagos, enclaves y la solidez institucional

El mapa político está repleto de discontinuidades territoriales que gozan de una estabilidad pacífica plenamente reconocida por la Organización de las Naciones Unidas. Una evidente y de actualidad por las rivalidades estratégicas en el Ártico es Groenlandia, la inmensa isla helada que forma parte de Dinamarca. También es el caso de la ciudad de Kaliningrado, hoy parte de Rusia. La antigua Königsberg, cuna de Immanuel Kant y E.T.A. Hoffmann, está situada a orillas del mar Báltico y encajado entre Polonia y Lituania, separada del resto de Rusia por más de 300 kilómetros. A pesar de ello, la ciudad y su territorio forman un óblast plenamente integrado en la Federación Rusa.

Mapa parcial de la Federación Rusa y en rojo, el Oblast de Kaliningrado.

Pero los países europeos no son los únicos en regir sobre territorios dispersos. En África, uno de los casos más notorios es el de la región de Cabinda, en Angola. En este caso se trata de un enclave rodeado por la República Democrática del Congo y la República del Congo, cuya soberanía angoleña se encuentra más que reconocida en la diplomacia africana. Los ejemplos abundan en todo el globo, y van desde el Point Roberts y el Ángulo Noroeste en EEUU hasta Oecusse, un enclave en la isla de Timor Oriental.

Mapa de Angola con Cabinda en marcador rojo.

Raíces históricas más antiguas que los propios Estados

Existe un elemento diferenciador decisivo cuando se examina la soberanía de Ceuta y Melilla en comparación con muchas de estas regiones del mundo. Mientras que numerosos territorios no contiguos se integraron en sus respectivos Estados durante los siglos XIX o XX mediante repartos coloniales o compras territoriales, la vinculación española en las dos ciudades autónomas se remonta a los siglos XV y XVI (Concretamente Melilla en año 1497 y Ceuta en 1580).

La incorporación de Melilla a la Corona de Castilla se produjo en 1497 tras la caída del Reino Nazarí de Granada, cuando una expedición organizada por el duque de Medina Sidonia y comandada por Pedro de Estopiñán tomó una plaza fortificada que se hallaba prácticamente abandonada tras disputas internas, con el fin de asegurar el litoral peninsular frente a las incursiones berberiscas. Por su parte, Ceuta, que había sido tomada por Portugal en 1415, quedó ligada dinásticamente a la Monarquía Hispánica en 1580 tras la incorporación del reino portugués a la Corona de Felipe II; cuando los lusos rompieron esta unión en 1640, la propia población ceutí decidió voluntariamente mantener su lealtad al monarca español, lo que fue reconocido formalmente años más tarde por Portugal en el Tratado de Lisboa de 1668.

Esta profundidad histórica implica que ambas plazas forman parte de la arquitectura estatal española mucho antes de que nacieran como naciones la inmensa mayoría de los Estados que hoy integran la comunidad internacional, incluso antes de la unificación de países europeos como Italia o Alemania, y, por supuesto, antes de la creación de Marruecos.

En definitiva, la distancia física o la separación marítima nunca ha determinado por sí sola la legitimidad de una frontera. Desde los archipiélagos del Pacífico hasta los enclaves en el Báltico o el Caribe, la soberanía territorial responde al Derecho Internacional, a la historia diplomática y a la voluntad constitucional de sus ciudadanos.

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