Pablo Álvarez (Priego de Córdoba, 1967) ha pasado décadas en la trastienda del mundo editorial, trabajando sobre las obras de otros como uno de los editores y agentes literarios más mano en el sector.  Ha dirigido sellos y departamentos literarios en las grandes empresas del libro como Planeta, Santillana y Penguin Random House y ahora dirige su propia agencia literaria, Editabundo.

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Este año Álvarez ha cruzado la línea que separa al editor del escritor con La necesidad de amar (Planeta), obra galardonada con el Premio Azorín de Novela, en la que un joven veinteañero explora la vida, el amor y el sexo en Roma. Álvarez se sincera sobre la compleja batalla de autoeditarse, la necesidad de reivindicar el amor y la libertad, y analiza el estado actual del sector editorial: desde el arrollador éxito de la literatura juvenil hasta el impacto y los temores frente a la Inteligencia Artificial.

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P: Después de una carrera consolidada como editor y agente literario, decides dar el paso y escribir. ¿Por qué este salto a la novela y por qué ahora?

R: Siempre había querido escribir novelas, pero mi profesión como editor y agente literario me generaba muchísimo pudor. Pensaba que no era posible compaginar ambos mundos. Sin embargo, con los años he madurado y me he atrevido a dar el paso; ya me importa menos el qué dirán. Es una historia a la que he dedicado diez años de mi vida, dándole bastantes vueltas. Una vez acabada, decidí presentarla a concursos, y el Premio Azorín fue el primero que se cruzó en el camino con posibilidades reales.

P: ¿Cómo ha sido el proceso de editarse a uno mismo?

R: Ha sido, sin duda, lo más difícil de todo el proceso. Es muy fácil decirle a un autor: "el capítulo tres no funciona, este personaje no tiene sentido o debes cambiar el tono". Pero juzgarse a uno mismo es sumamente complicado. Todo el tiempo he luchado contra mi propia inseguridad. No tenía el feedback de nadie y mi criterio como editor no parecía funcionar conmigo. Ha sido la gran batalla, aunque cuento con el oficio acumulado en lo referente a la estructura, tono, estilo y género, la novela ha sido escrita desde una profunda inseguridad.

P: ¿Cómo vives el momento en que tu obra empieza a salir del ámbito privado y es leída por otros?

R: Lo que empezó con pudor se ha transformado en ilusión. El jurado del premio [Azorín], especialmente Luz Gabás, dijo cosas muy bonitas. Es muy emocionante ver qué provoca realmente la novela en los lectores, después de haber estado tantos años guardada únicamente en mí.

P: ¿Qué encuentra el lector en este libro?

R: Es la historia de Martí Rocamora, un joven veinteañero que viaja a Roma con una beca de la Academia de España. Su objetivo es investigar y escribir la historia de Beatrice Cenci, una aristócrata del Renacimiento italiano que se convirtió en musa de los románticos y en un símbolo trágico y feminista de la ciudad. Allí, en un palacio decadente del Trastévere y siguiendo las huellas de Beatrice, Martí se cruza con una pareja: Viola y Thomas. Con ellos inicia una intensa relación amorosa y sexual que le enseña lo que es la vida. En el fondo, es una novela de formación donde enfrento al personaje a los grandes pilares de la existencia: el duelo, el amor, el sexo, las dudas y la culpa. A través de este viaje emocional, Martí acaba encontrándose a sí mismo.

Pablo Alvarez
Pablo Álvarez | Javier Ocaña.

P: El título habla de una "necesidad de amar", pero en tu novela el amor tiene matices muy particulares…

R: Quería reflejar el amor como una vía hacia la libertad. Esta novela contiene muchas reivindicaciones personales donde quise pasar revista a varios temas: el maltrato machista -a través del personaje histórico de Beatrice Cenci-, las personas que viven en los márgenes y aquellos que son etiquetados por su condición sexual. Es una defensa de la necesidad de amar como uno quiera, sin ser juzgado, buscando que todo el mundo pueda ser libre. Habla mucho de las libertades que hemos ido conquistando, pero también de aquellas que estamos perdiendo o que intentan arrebatarnos.

P: El amor parece ser el gran motor, no solo de tu novela, sino de gran parte de los libros que gestionas en tu día a día.

R: En mi universo creativo y personal, el amor es fundamental. Todo lo que he escrito a lo largo de mi vida gira en torno a él. Considero que en la actualidad es más necesario que nunca reivindicarlo. Estamos perdiendo el romanticismo, el tratarnos bien, el afecto en general; y no me refiero únicamente al amor de pareja, sino también al amor familiar y social. Lamentablemente, es algo que hace mucha falta defender en esta época.

P: La novela transcurre a caballo entre los años 80 y principios de los 90. ¿Por qué elegiste estos años?

R: Quería ubicar la historia en una época que yo mismo hubiera vivido de cerca; no quería adentrarme en un contexto histórico que no conociera de primera mano. Los 80 y los 90 me parecen una etapa fronteriza, fascinante a todos los niveles, llena de libertades y de un esplendor cultural que hoy miramos con cierta nostalgia. Además, al situarla ahí, lograba alejar la trama de la omnipresencia de las redes sociales actuales.

P: En la novela abordas de forma directa el tema del SIDA, una realidad que marcó a fuego a esa generación.

R: Totalmente. El SIDA marcó profundamente mi juventud. Muchos vivimos condicionados por ese miedo, especialmente al principio, cuando apenas había información y los mitos sobre el contagio generaban un pánico tremendo. Justo cuando parecía que el mundo se llenaba de color y libertad, llegó esta pandemia y lo tiñó todo de oscuridad. Quería recuperar este tema para lanzar un mensaje de advertencia a los jóvenes de hoy: el VIH y otras infecciones de transmisión sexual siguen estando ahí, aunque parezca que se han olvidado o que ya no se hable de ello.

P: En la novela hay un guiño muy especial para los lectores, un cameo inspirado en tu autora más emblemática, Alice Kellen. ¿Cómo surge ese detalle?

R: Sí, hay un cameo a través de uno de los personajes que está inspirado en ella, quien comenta que quiere escribir una novela ambientada en Alaska, que hace referencia directa a El día que dejó de nevar en Alaska, una de las obras más queridas de Alice. Ella es sumamente especial para mí; de hecho, fue la primera llamada que hice en mi carrera como agente literario.

P: El mercado de la novela romántica y juvenil parece vivir una edad de oro constante. ¿Cómo valoras el impacto de esta generación de autoras?

R: El mercado editorial de los últimos años tiene una deuda inmensa con estas escritoras. Las cifras de ventas que manejan son espectaculares y superan con creces a la gran mayoría de autores de narrativa adulta. Alice Kellen supera los tres millones de ejemplares, Joana Marcus roza los tres millones, e Inma Rubiales, Andrea Longarela o Cherry Chic están teniendo un éxito desbordante. Además, han reinventado el género. Ya no estamos ante el concepto decimonónico de la época victoriana centrado únicamente en el deseo de casarse, ni ante las dinámicas de celos de la Regencia. Esta generación escribe novelas románticas profundamente igualitarias donde, en muchos casos, son ellas quienes salvan a los chicos, rompiendo con el estereotipo de la mujer sumisa que espera ser rescatada.

P: También representas a Alfonso Goizueta,que fue finalista del Premio Planeta siendo muy joven. 

R: Alfonso Goizueta es, sin duda, un caso excepcional. Es un erudito con una mente brillante y una capacidad narrativa asombrosa. El día que leí el primer párrafo de su manuscrito me levanté literalmente de la silla, algo que nunca me había pasado. Pero Alfonso es una excepción porque, a pesar de su juventud, su escritura y su madurez mental están enfocadas hacia una estructura y una visión del mundo dirigidas a un público adulto. No es el perfil estándar de lector joven que encontramos habitualmente.

Pablo Álvarez.
Pablo Álvarez. | Javier Ocaña

P: En tu trayectoria has sido pionero en captar talento en plataformas como Amazon o Wattpad. ¿Sigue siendo hoy una vía de descubrimiento factible?

R: Cuando nació la autopublicación en Amazon, existía cierto prejuicio de que allí solo recalaba la literatura de baja calidad. Yo nunca tuve ese prejuicio; al contrario, vi que era una gran cantera para rastrear talento y de ahí salieron nombres hoy indispensables como Alice Kellen, Andrea Longarela o Joana Marcus, esta última procedente de Wattpad. Sin embargo, el panorama ha cambiado. Hoy en día, debido a los algoritmos y a las dinámicas internas de estas plataformas, ya no funciona igual y resulta más complejo realizar esa labor de rescate, aunque siempre hay espacio para encontrar un buen texto sin importar dónde esté.

P: El sector se enfrenta ahora a otro gran cambio tecnológico: la Inteligencia Artificial. ¿Cómo se percibe esta irrupción desde las agencias y las editoriales?

R: De entrada, confieso que me genera bastante miedo. En la agencia decidimos hacer una prueba: introdujimos un informe de lectura detallado elaborado por un profesional humano y le planteamos las mismas preguntas a la IA. Sorprendentemente, la respuesta fue idéntica. Eso nos asustó bastante. A pesar de ello, en nuestra agencia seguimos confiando plenamente en el trabajo y criterio de los lectores y correctores humanos a los que remuneramos.

P: Además del análisis, ya hay textos generados enteramente por IA inundando algunas plataformas de venta.

R: Sí, existe el riesgo de que se inunden las plataformas de novelas escritas al peso por algoritmos, lo cual añade muchísimo ruido y satura el ecosistema. A nivel editorial general, todavía no se han establecido unas reglas de juego claras. Es cierto que la IA ya se está utilizando con normalidad en el diseño de cubiertas, en la publicidad, el marketing y la comunicación corporativa. Pero en lo que respecta puramente al proceso de creación y edición de textos literarios, las directrices y límites éticos están todavía por definir.