Su título de "ciudad de las tres culturas" da cuenta de la riqueza de su patrimonio. Baños árabes, sinagogas y conventos, cada esquina de Toledo es un reflejo de la historia de la urbe, hogar de buena parte de los pueblos que habitaron la península ibérica desde milenios atrás. Pero la ciudad acoge vestigios que permanecieron ocultos durante siglos y que hoy en día constituyen auténticas joyas por descubrir.
Los miles de turistas que cada año visitan la catedral de Santa María pasan frente a ellas sin saber en muchos casos que existen. Descubiertas en 1986, las termas romanas de la ciudad se ubican a pocos metros de algunas de las principales atracciones para los visitantes. Sin embargo, el pasado romano toledano pasa más desapercibido. Aún teniendo en cuenta que la urbe romana fue diseñada a imagen y semejanza de Roma, la capital imperial.
Tras la llegada de los visigodos, y después los árabes, los vestigios romanos de Toledo fueron cayendo en el olvido. Así sucedió con estas termas tras siglos de deterioro y reutilización por estructuras medievales y modernas, como silos del siglo XII y aljibes del siglo XVI. Ante este abandono, el Consorcio de la Ciudad de Toledo asumió en 2002 la recuperación del espacio. En este tiempo, el organismo, encargado de la restauración del casco histórico de la ciudad, ha conseguido devolverlo a su antiguo esplendor.
Además de recuperar la historia de la ciudad, el Consorcio de Toledo busca darla a conocer. La entidad puso en marcha hace años sus rutas por el patrimonio desconocido. Gracias a ellas los visitantes pueden adentrarse en los rincones ocultos de la monumental urbe. Por ejemplo, una compleja red hidráulica de galerías abovedadas y arcos de hormigón de cal, tecnología clave que revolucionó la ingeniería de la Hispania romana. Este sistema abastecía de agua limpia a un imponente complejo termal de carácter público, erigido bajo los auspicios del poder imperial.
Capillas visogodas y escondites de la Guerra Civil
Los vestigios de la Toletum romana inundan la ciudad actual. Pero hay que bajar al subsuelo para poder admirarlos con detenimiento. Algunos se encuentran incluso en los sótanos de las casas vecinales. El gerente del Consorcio de Toledo, Jesús Corroto, muestra uno de ellos con entusiasmo. En una de ellas se encontró la estatua de un sátiro danzante hecho con mármol griego.
"Imaginad el potencial económico que tenían estas termas y sobre todo la potencia que tendría esta ciudad romana camino hacia Emerita Augusta", comenta Corroto a los visitantes. Con una extensión estimada de unos 3.000 metros cuadrados, estas termas contaban originalmente con una altura de unos 15 metros y estaban ricamente ornamentadas. Su enorme envergadura explica su actual extensión por el subsuelo toledano.

El gerente explica el funcionamiento de este complejo, "un prodigio de la técnica". Siguiendo el esquema clásico, los ciudadanos disfrutaban de una palestra o patio para ejercitarse y de tres piscinas principales: el frigidarium (agua fría), el tepidarium (agua templada) y el caldarium (agua caliente). Para abastecer este sistema, el agua se traía desde varios kilómetros de la ciudad. El agua viajaba hasta un sifón en el río Tajo y, mediante un acueducto, subía por presión a cisternas ubicadas en los puntos altos de la ciudad, desde donde se redistribuía por gravedad. Una de estas cisternas se encuentra precisamente muy cerca de las termas, las Cuevas de Hércules.
El secreto del calor en las piscinas residía en el hipocausto, un sistema de calefacción subterráneo que funcionaba como un suelo radiante. Debajo del suelo de las termas existía una red de galerías perimetrales y transversales sustentadas por arcos y pilares. En esta zona subterránea, los esclavos trabajaban alimentando los hornos con leña y materiales combustibles. El aire caliente circulaba por estos espacios huecos, calentando el suelo de las piscinas sin mezclarse con el agua. Para evitar el cruce de flujos y por razones de higiene, los esclavos contaban con una entrada y una galería perimetral exclusivas por donde introducían la leña y la ropa sucia.
Las galerías en las que, hace casi dos mil años, los esclavos mantenían vivo el calor de la gran urbe romana los vecinos hicieron su vida. Entre los pasadizos del hipocausto, los cimientos de las viviendas construidos en épocas posteriores se contraponen. Pero los secretos también se mezclan entre las ruinas romanas.
En una de las galerías, se alza la reconstrucción de una gran cruz dorada. Corroto explica que se trata de una capilla, probablemente de época visigoda. Este lugar de culto, además, se usó como refugio antiaéreo durante la Guerra Civil. Así, los vecinos hicieron suyo el espacio, símbolo del antiguo esplendor romano de la ciudad.
Las Cuevas de Hércules, un doble misterio
Además de las termas, Toledo guarda otra maravilla de la energía hidráulica romana. Antaño un depósito de agua para el abastecimiento de la ciudad, las Cuevas de Hércules son un vestigio del pasado más remoto de la urbe, pero también de la impronta que éste tuvo en el imaginario colectivo de sus habitantes en épocas posteriores.
Estructuralmente, el espacio destaca por el uso del opus quadratum -grandes sillares de piedra labrada empleados en cimentaciones y estructuras pesadas- y el opus caementicium, un hormigón romano a base de mortero de cal, arena y roca del terreno utilizado para rellenos y bóvedas. El recinto cuenta además con una capa impermeable de opus signinum y vestigios de una segunda fase constructiva romana que sirvió de sujeción y revestimiento para un posible templo o edificación hoy perdida, detalla el gerente del Consorcio de Toledo.

Sin embargo, más allá de su valor arqueológico, el lugar es famoso por sus mitos. Durante generaciones se creyó que estas cuevas custodiaban la Mesa del rey Salomón o el Santo Grial. Según la leyenda, los reyes godos colocaban un candado en un cofre que guardaba un enigma en este espacio. El rey Rodrigo decidió abrirlo, descubriendo en su interior un pergamino que ilustraba a hombres a caballo con turbantes y espadas de media luna. Este acto, según el mito, abrió las puertas a la invasión musulmana del año 711.
Tras la vuelta al catolicismo de la ciudad en 1085, y ante el desconocimiento del origen romano de las cuevas por la pérdida de registros históricos, el cardenal Cisneros envió una delegación para buscar el supuesto tesoro. Los exploradores realizaron catas y desprendieron piedras de los sillares buscando detrás de los muros. Al no hallar nada, el cardenal puso fin a la leyenda, aportando una conclusión definitiva de que en las Cuevas de Hércules no existía tal tesoro ni templo alguno.
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