El 21 de agosto se enterraron dieciocho cuerpos en el cementerio musulmán de Sidi Embarek. De las ochenta y dos personas fallecidas, nueve estaban identificadas. Marruecos rechazó recibir los cuerpos identificados, de modo que las autoridades ceutíes procedieron a enterrarlos en la ciudad. La Guardia Civil había habilitado una oficina en el paso fronterizo de El Tarajal para centralizar las denuncias de desaparición: fotografías, descripciones físicas, muestras de ADN aportadas por los familiares. El 23 de agosto había unos treinta enterrados de los ochenta y ocho cadáveres recogidos, y seguían identificados los mismos nueve. Hubo que ampliar una zona del cementerio.
Tres semanas antes, la noche del 30 al 31 de julio, el Gobierno estimó en unas 72.000 las personas que accedieron irregularmente a Ceuta. La mayor parte cruzó a nado, bordeando los espigones de El Tarajal y Benzú. Interior habló esa noche de hasta 50.000 entradas. En los diez días previos habían entrado unas 2.000 personas, el equivalente al 2% de la población de Ceuta, según el presidente de la ciudad autónoma, que pidió al Gobierno central la declaración de emergencia nacional y el mando único. El Gobierno de Ceuta cifró en unos 1.100 los menores que llegaron sin acompañante.
La reacción automática ante esas imágenes es mirar hacia Madrid. Preguntar cómo pudo desaparecer durante horas una frontera exterior de Europa. La pregunta es legítima y España debe responder por su imprevisión, igual que Europa por haber delegado su frontera en gobiernos a los que teme incomodar. Aquella multitud, sin embargo, no nació en el agua. Llegó de un país que dispone de policía, gendarmería, servicios de información y una administración capaz de cerrar el paso cuando le conviene.
Marruecos se vende en Bruselas como socio imprescindible y estable, y en parte lo es. Tiene alta velocidad, el puerto de Tánger Med, autopistas y una diplomacia eficaz. El gasto en estadios nuevos y remodelados para el Mundial de 2030 y la Copa de África se estima en más de 5.000 millones de euros. Un Estado fallido carece de medios; Marruecos los tiene y los emplea. Lo que ha quebrado no es el Estado, sino aquello que debería unirlo con una parte inmensa de su población.
Hay elecciones, partidos, un Gobierno. El centro del poder queda fuera de discusión. El rey reúne la jefatura del Estado, la autoridad religiosa, el mando militar y la dirección de lo estratégico; los gobiernos pasan y el Majzén permanece. La familia real es accionista mayoritaria de Al Mada, holding con intereses en banca, minería, energía, telecomunicaciones y distribución. No posee el país entero. Basta con advertir que quien arbitra el sistema compite dentro de él.
España debe responder por su imprevisión, igual que Europa por haber delegado su frontera en gobiernos a los que teme incomodar
En un hospital público de Agadir murieron ocho mujeres durante el parto. El 27 de septiembre de 2025 salieron a la calle en Rabat, Casablanca, Marrakech, Agadir y Tánger miles de jóvenes convocados por GenZ212, un colectivo sin liderazgo visible que coordinaba las convocatorias en un servidor de Discord con más de 50.000 participantes. Pedían hospitales que funcionaran, escuelas y empleo, el fin de la corrupción y que el dinero público dejara de irse en estadios. El desempleo juvenil oficial era del 35,8%. Las protestas duraron tres semanas y terminaron reprimidas: tres muertos, veintiocho heridos, más de 2.400 detenidos, más de 1.500 procesados. Después llegó el dinero. El presupuesto de 2026 destinó 140.000 millones de dírhams –unos 13.000 millones de euros– a educación y sanidad, un 16% más que el año anterior, con 27.000 plazas nuevas en ambos sectores. Diez meses más tarde, setenta mil personas se echaron al agua.
Un muchacho que nada hacia Ceuta no es un arma. Es una persona expuesta a la corriente y a los espigones. El arma aparece cuando un Estado relaja la vigilancia, permite que la multitud se acumule y recupera después una eficacia que parecía haber perdido. Si hubo orden expresa, cadena de mando o suma deliberada de pasividades es cuestión que corresponde a los tribunales. El dato político es más pobre y más elocuente: en los días siguientes la mayoría regresó a Marruecos, y ambos países reforzaron sus dispositivos y coordinaron los retornos. Una soberanía que se eclipsa en el momento de máxima presión y reaparece cuando el efecto ya se ha producido no genera confianza; genera dependencia. España y Europa quedan obligadas a agradecer al mismo poder que cierre mañana la puerta que ayer dejó abierta.
Cada entrada masiva es también un plebiscito a pie. No necesariamente contra Mohamed VI: quien huye del paro no redacta un tratado de derecho constitucional antes de arrojarse al agua. Sí es un veredicto sobre un régimen que ofrece a buena parte de su juventud menos futuro del que esa juventud alcanza a ver desde la otra orilla. Los que cruzaron el 30 de julio no abandonaban un país sin recursos.
En Sidi Embarek quedan las tumbas sin nombre. Las familias que llegaron al Tarajal a dejar una fotografía y una muestra de saliva esperan del otro lado de una frontera que su Gobierno cerró en cuanto le convino.
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