Opinión

Listas de periodistas: los cínicos sí valen para este oficio

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, durante una sesión plenaria en el Congreso
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, durante una sesión plenaria en el Congreso | Europa Press/ Eduardo Parra

Era febrero de 1991 cuando Alfonso Guerra advirtió ante un grupo de colegas en el que también había periodistas que su equipo estaba haciendo "una lista"· de todos los tertulianos que iban al programa Protagonistas, que no tenía una línea muy favorable hacia su persona. Guerra no dijo que fuera a haber ninguna medida contra ellos, pero se deducía una intención intimidatoria: "Si alguno de vosotros va allí, me enteraré y ya no podremos seguir siendo amigos".

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El conductor de Protagonistas, Luis del Olmo, se lo tomó bastante mal cuando se enteró de aquello y afirmó en antena que él también había hecho una lista, en su caso de golfos, prepotentes y sinvergüenzas, y que aquella lista la encabezaba el propio exvicepresidente del Gobierno; unas bonitas palabras por las que tendría que dar explicaciones en los juzgados. Del Olmo se justificaría ante el juez diciendo que Guerra encabezaba su lista, pero sólo por "prepotente"; los sinvergüenzas y los golfos eran otros, y así se evitaron males mayores.

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Aquello de Guerra-Del Olmo sí podía considerarse una "lista negra". Lo del equipo de Comunicación del gabinete de Grande-Marlaska se parece más a una wiki fandom de tertulianos para catalogar la tendencia de unos y de otros. Recuerda un poco al informe del tripartido catalán de 2004. Al poco tiempo de que llegara al poder en Cataluña Pasqual Maragall con su tripartido, los de CiU, que estrenaban banquillo de la oposición, desvelaron que el nuevo gobierno autonómico había realizado un informe sobre los posicionamientos ideológicos de gran parte de comentaristas, periodistas y columnistas del momento. Hay que reconocer que los del PSC se lo curraron algo más que el equipo de comunicación de Marlaska, cuyo dosier no puede ser más facilón y vago, con prosa propia de IA gratuita.

Allá por 2021 se hizo público otro informe realizado por Unidas Podemos sobre la TVE de Pérez Tornero que incluía una bonita gráfica de tertulianos; no tenía fotos, pero sí colorines, cual semáforo, para indicar qué porcentaje de tertulianos de la pública de entonces era más progre y cuál era más facha. El autor de ese informe era Roberto Lakidain, periodista de gran prestigio en Torrespaña, y una de las tertulianas peor paradas por su informe-semáforo era Paloma Cervilla, que igual les parecía demasiado facha para estar en TVE a los políticos promotores de aquel trabajo. No se montó ningún tipo de escándalo, pero lo cierto es que a Cervilla no le fue demasiado bien (no volvió a aparecer en TVE). Lakidain, sin embargo, ahora es director de Desarrollo Corporativo y Servicio Público como segundo de a bordo en el equipo de José Pablo López en RTVE.

Una década atrás el periodismo rosa tuvo su propio dosier de periodistas. El productor de cine José Frade lo había encargado supuestamente a José Amedo. Sus fichas parecieron interesar más a los de Antena 3 que al propio Frade, y le dedicaron un especial cuyo principal interés fue airear las que afectaban a la competencia, proyectando en pantalla las intimidades que ahí se contaban de Jorge Javier Vázquez o Carmen Alcayde, entonces estrellas de Telecinco.

¿Algo de sobreactuación?

Cabría esperar cierta indignación, aunque no mucha sorpresa, desde que el ministro Óscar Puente reconoció a Carlos Alsina que tenía a empleados con nómina a cargo del contribuyente dedicados a contar los artículos agresivos hacia él, y lógicas protestas ante el hecho de que una labor propia del gabinete de un partido político se derivara al equipo de comunicación de un ministerio.

Pero no, resulta que una parte no pequeña del sector ha puesto el grito en el cielo esta semana, no tanto por el hecho de que el informe se hiciera usando fondos y tiempo que tendrían que tener destinatarios más útiles para el conjunto de los españoles, sino por la mera existencia de esos informes. Un escándalo, un ataque a la democracia, a la pluralidad, un atentado constitucional aberrante y un insulto a los tertulianos mencionados: poco menos que una persecución al periodismo, porque no había nada más insultante que clasificar ideológicamente a los tertulianos. El conductor de las tertulias de una cadena trataba de transmitir a sus espectadores lo ofensivo e injusto que suponía para un comentarista que expone argumentos de izquierdas y defiende al Gobierno que le digan que es de izquierdas y que defiende al Gobierno, y lo doloroso que era para un tertuliano que exponga argumentos de derecha y contrarios al Gobierno leer que decían que era de derechas y estaba posicionado en contra del Gobierno.

Hace tiempo que los periodistas han normalizado que cada vez que se informa de un juez tiene que aparecer etiquetado para que quede claro si es progresista o conservador a la hora de analizar cualquier sentencia; que cuando hablan de alguna noticia militar, inmediatamente te aclaren si el mando de la noticia es una figura conservadora, liberal o ultra; o si hablan de una noticia vinculada a la Conferencia Episcopal, si el último nombramiento para un alto cargo en el clero viene con la etiqueta de ultra o moderado. Pero resulta que algunos de esos tertulianos que etiquetan a todo Dios no son capaces de digerir que se les etiquete a ellos. Haciendo honor a aquello de "puño de hierro y mandíbula de cristal".

No han faltado las trilladas comparaciones de la gestapillo o cloaquita de Marlaska con casos como los que han llevado al banquillo al exministro del Interior como Jorge Fernández Díaz. Tampoco los programas que han titulado abiertamente que aquello era una "lista negra", aunque de ser así, sólo habrían estado en la lista los tertulianos anti-Gobierno, no los pro-Gobierno.

Lo más confuso es que programas de Atresmedia, Mediaset o Telemadrid puedan escenificar indignación por la clasificación ideológica de los tertulianos cuando no es ningún secreto que gran parte de dichos tertulianos son fichados precisamente en función de su ideología, de su sesgo y de qué cuota política representan, ya sea porque se busque equilibrio o desequilibrio. Y no pocas veces los partidos políticos intervienen directamente en esa distribución, ya sea haciendo sugerencias o atendiendo las peticiones directas de los responsables de los programas.

La historia periodística española es la que es. Y demasiados nombramientos periodísticos han sido, como poco, consultados con los políticos como para que ahora nos hagamos los suecos en ese campo. Uno agradece a los que son sinceros, como Pedro J. Ramírez, que nunca ha ocultado que fue un ministro de UCD el que le colocó como director de periódico por primera vez. Jiménez Losantos relata cómo en su fichaje como columnista por ABC en 1997 fue, en parte, co-negociado con Carlos Aragonés, entonces jefe de Gabinete de la Moncloa. Miguel Ángel Rodríguez contó cómo los nuevos dueños de Diario 16 en 1996 quedaron con él para preguntarle si prefería de director a Miguel Ángel Gozalo o a Curri Valenzuela, y así un largo etcétera, ya sean en medios nacionales, autonómicos o hasta municipales.

El expresidente de Telecinco Alejandro Echevarría o destacados accionistas del canal contaban cómo les llamaba el Rodrigo Rato de turno para comentarles quiénes deseaban ver en sus pantallas, según el momento, que si Ónega por aquí, que si no sé quién por allá desde siempre. Y en un mundo tan líquido como el de los tertulianos es algo bastante común. David Jiménez asegura en uno de sus libros que Jorge Bustos inició su ascenso mediático a base de pedir ayuda "a las cercanías del Partido Popular". Carlos Carnicero reconoce que tras ser despedido de la Cadena SER le llamó Alfredo Pérez Rubalcaba y le dijo que intentaría ver si hablaba con "su gente" en otra radio para que le metieran como tertuliano ahí. Cuando Francisco Granados fue despedido como secretario general del PP en Madrid por haber perdido la confianza de Esperanza Aguirre, Génova 13 le colocó en varias tertulias, entre ellas las de Cintora, entonces en Cuatro. Se ha publicado que cuando Libertad Martínez, de Izquierda Unida-Comunidad de Madrid, quedó fuera de la política por la purga de Alberto Garzón en aquella federación, fue Ignacio González, del PP, quien la recomendó como tertuliana en RTVE, como Francisco Camps (PP) llamó telefónicamente a dos para agradecerles que le defendieran en La Noria, y al poco tiempo estaban de tertulianos en la televisión pública valenciana. Como José Pablo López negoció con Podemos la incorporación al plantel de tertulianos de la pública a Laura Arroyo, Manu Levin y el propio Pablo Iglesias. Cuando era tertuliano estrella en toda mesa política, Antonio Miguel Carmona llegó a reconocer que era un tertuliano teledirigido y el PSOE hasta le mandaba los argumentarios que debía exponer.

Parece razonable exigir al PSOE que si quiere hacer wiki-fandom de periodistas, que se lo pague el gabinete de comunicación del partido, y no recurra a personal del ministerio, lo cual roza la malversación de caudales públicos. Pero eso no quita que el espectáculo de ver a tertulianos de cuota, que viven de defender unas argumentaciones claras a ojos de cualquiera que les escuche, ofenderse por ver por escrito tal obviedad sólo acredita lo ingenuo que fue Ryszard Kapuściński al escribir aquello de "los cínicos no valen para este oficio".

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