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La final del Mundial, el otro frente de Marruecos contra España: "Sería una humillación histórica"

El presidente de la federación marroquí de fútbol, Fouzi Lekjaa, con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, en 2019.
El presidente de la federación marroquí de fútbol, Fouzi Lekjaa, con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, en 2019.

Lo que nació como un ambicioso proyecto transcontinental para unir a Europa y África se ha transformado en otro punto de fricción de la complicada relación bilateral entre España y Marruecos. La designación de la sede de la gran final se ha consolidado como uno de los recursos favoritos de Rabat en su pulso permanente con Madrid. El último capítulo de esta contienda lo ha protagonizado el presidente de la Real Federación Marroquí de Fútbol y ministro delegado de Presupuesto del Gobierno alauí, Fouzi Lekjaa, al proclamar abiertamente durante un acto político en Bouznika que la final del torneo se disputará en suelo marroquí.

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En plena crisis entre ambos países por el asalto de finales de julio a Ceuta, y a las puertas de las elecciones legislativas que se celebrarán en el país magrebí el próximo 23 de septiembre, Lekjaa dio por sentada la adjudicación del partido decisivo para el Gran Estadio Hasan II, un recinto con capacidad para 115.000 espectadores aún en construcción en las afueras de Casablanca. El dirigente marroquí aseguró ante sus simpatizantes que la provincia de Benslimane tendría el honor de acoger la final del Mundial, vinculando además el desarrollo de la zona al próximo Ejecutivo. Sus palabras han provocado una rápida reacción de la FIFA, que ha salido al paso para recordar que la decisión oficial no está tomada y que se anunciará a su debido tiempo.

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Reacciones políticas e indignación en España

Sin embargo, la contundencia del mensaje enviado desde Rabat ha vuelto a sacudir el tablero político español. Desde la coalición Sumar, el diputado Nahuel González ha alertado a través de las redes sociales de que fijar la final en Casablanca supondría "una humillación histórica por parte de la FIFA, Trump y Marruecos" hacia España. González instó al Ejecutivo a rechazar la coorganización del torneo con un país "que no respeta los derechos humanos y utiliza a personas vulnerables", en alusión a la crisis de Ceuta.

En la misma línea, el portavoz nacional del Partido Popular, Borja Sémper, criticó con dureza la falta de iniciativa del Ejecutivo presidido por Pedro Sánchez denunciando que ante las pretensiones de Rabat no hay "ni presión, ni estrategia, ni una sola gestión conocida". Sémper advirtió de que en caso de confirmarse los planes marroquíes "la final no se la darían a Marruecos, se la quitarían a España", por lo que abogó por "replantear nuestro papel" en la organización del campeonato. Estas duras críticas se alinean con las tesis defendidas por Alberto Núñez Feijóo, quien sostiene que la condición de anfitriona principal de España y la solvencia de recintos como el Santiago Bernabéu o el Camp Nou deberían garantizar de manera natural la cita final para nuestro país.

Un pulso estratégico que viene de lejos

La tensión por el reparto de protagonismo entre ambas naciones no es algo reciente, sino un conflicto latente desde que se anunció la candidatura tripartita junto a Portugal. Ya en octubre de 2023, tras confirmarse la concesión del torneo, Lekjaa fue el primero en expresar públicamente la aspiración de llevar la final a Casablanca, adelantándose a los tiempos diplomáticos fijados por el máximo organismo del fútbol mundial.

El pulso se intensificó en el verano de 2024, cuando Marruecos desveló el diseño del Gran Estadio Hassan II. Proyectado por el estudio británico Populous e inspirado en las tradicionales carpas del desierto, el complejo fue presentado por los medios alauíes como el estadio más grande y moderno del mundo. Unas intenciones que el propio arquitecto principal de la obra, Tarik Oualalou, confirmó tiempo después al reconocer abiertamente que la infraestructura había sido concebida y calibrada expresamente para arrebatarle la final a las candidaturas españolas.

El fondo de esta disputa excede con creces el ámbito meramente deportivo. Marruecos busca coronar su estrategia de proyección exterior y consolidar la figura de Mohamed VI, apoyándose en el peso político de la Confederación Africana de Fútbol antes del próximo congreso de la FIFA. En agosto, The Times, publicó que su presidente, Gianni Infantino, estaría negociando un acuerdo con la Confederación Africana de Fútbol (CAF) para garantizarse el respaldo de sus 54 federaciones a cambio de que el partido decisivo del torneo se dispute en Casablanca y no en Madrid o Barcelona, las dos candidatas españolas recogidas en el dossier oficial de la FIFA.

Infantino, un mandatario en horas bajas tras su intento de privatizar el torneo y la dura respuesta de la UEFA que le colocó al borde de la destitución, ha demostrado en los diez años que está al frente del máximo organismo del fútbol mundial una notable capacidad para trabajar con regímenes cuestionables desde el punto de vista democrático. Tampoco dudó en inventarse un premio FIFA de la Paz para consolar a Donald Trump por no haber ganado el Nobel el año pasado. Mientras el Gobierno y las autoridades deportivas españolas fian sus opciones a la capacidad logística y las garantías de seguridad que ofrece el país, otros actores no dudan en usar sus bazas en el gran juego, nunca mejor dicho, mundial.

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