Cuando Emilio Saracho tomó las riendas de Banco Popular el pasado 20 de febrero, hacía semanas que los inversores habían depositado en él grandes esperanzas. No en vano, las primeras noticias de su nombramiento, el 1 de diciembre del pasado ejercicio, provocaron la mayor subida de la cotización del banco en cuatro años.

Tres meses después de su aterrizaje, aquellas esperanzas parecen haberse diluido, a medida que los problemas del banco se vuelven cada vez más acuciantes, como constatan firmas de análisis y agencias de calificación. Las acciones de Popular valen hoy un 15% menos que el día de la llegada de Saracho, lo que ha supuesto una pérdida de capitalización de 524 millones de euros.

Difícilmente se pueden atribuir a Saracho las dificultades por las que atraviesa un banco que acumula varios trimestres de profundas convulsiones. Asediado por su elevada exposición al riego inmobiliario, que totaliza aún 37.000 millones de euros en el balance de la entidad, Popular no ha logrado contener la desconfianza ni siquiera a través de las distintas ampliaciones de capital que ha ejecutado a lo largo de los últimos años, con las que ha obtenido unos 5.500 millones de euros.

Y buena parte de los renovados recelos hacia el banco provienen de las deficiencias contables detectadas en las cuentas del ejercicio 2016 y que han obligado a la entidad a incrementar el volumen de provisiones para hacer frente a futuras pérdidas.

Pero lo cierto es que algunos de los pasos dados por el máximo mandatario de la entidad han generado cierta confusión, cuando no abiertas críticas, en el ámbito financiero.

Las señales de alarma dadas por Saracho hacen difícil maximizar el precio de venta

Pocos dudan, a día de hoy, que en el momento en que Saracho se sentó en el sillón presidencial de Banco Popular estaba ya firmemente convencido de que la solución a los problemas de la entidad pasaba por una venta. Al exvicepresidente de JPMorgan el balance de la entidad no debía resultarle desconocido, teniendo en cuenta que la firma estadounidense había estado asesorando en 2016 a Banco Sabadell cuando éste se planteó su fusión con el banco entonces presidido por Ángel Ron. Así, conocedor de las dificultades de Popular Saracho ya había estado negociando su venta antes incluso de asumir formalmente la presidencia.

Con tal propósito por delante, la lógica dictaría que Saracho centrara sus esfuerzos en ofrecer la mejor imagen posible del banco, a fin de atraer el mayor interés posible y, por ende, maximizar el precio de venta final. Sin embargo, en el sector señalan que algunos de sus mensajes han contribuido a todo lo contrario. Especialmente relevante fue su advertencia, el pasado 10 de abril, de que si no se vendía el banco se enfrentaba a la necesidad de una macroampliación, lo que desencadenó un severo correctivo en bolsa.

El problema de estas palabras no radica tanto en el mensaje que se transmite a las entidades que pudieran desear pujar por los activos de Popular, ya que al fin y al cabo es de esperar que éstas, antes de ejecutar la compra, llevarán a cabo los pertinentes análisis para conocer la situación real de la entidad. Más grave resulta la desconfianza que pueden inocular estos mensajes entre inversores y clientes -el riesgo de una fuga masiva de depósitos sobrevuela a la entidad desde hace semanas-, ya que, como advertía el pasado viernes la agencia Fitch, por su estructura de negocio, Popular es especialmente vulnerable al sentimiento del mercado.

Urgencia en la venta

En los círculos financieros también se observa con extrañeza la sensación de urgencia que ha transmitido la nueva dirección de Popular a la hora de abordar la venta. El banco ha puesto en marcha un proceso de venta tachado de «atípico» por fuentes próximas a uno de los bancos participantes. «Se ha prescindido de la fase preliminar y se ha ido directamente a la due diligence. Y eso da una clara señal de que corre prisa cerrar la venta», observan esas mismas fuentes. De hecho, JPMorgan y Lazard, los bancos que comandan la operación, han transmitido a las entidades interesadas que la intención es cerrar el acuerdo de venta antes del próximo 10 de junio.

En un primer momento, se esperaba que Saracho pusiera especial énfasis en el traspaso de activos no estratégicos, con el fin de aliviar los problemas del banco y así mejorar su posición, haciendo más factible alternativas como una nueva ampliación de capital. Así divisiones, como el negocio de tarjetas WiZink, la filial estadounidense Totalbank 0 la joint venture que mantiene con Allianz en el área de gestión de activos han sido puestos sobre el tapete vendedor en los últimos meses, con la expectativa de obtener entre 1.400 y 2.000 millones de euros, según los cálculos de distintas casas de análisis.

Se esperaba que Saracho abordara antes ventas de activos para aliviar la situación del banco

Sin embargo, señalan las mismas fuentes, la impresión de que el banco se encuentra en una situación límite provoca que los posibles compradores de esos activos traten de sacar rédito lanzando ofertas muy por debajo de su valor real.

Con todo esto, cada vez más firmas de análisis han ido recortando sus valoraciones sobre Popular, al tiempo que señalan la débil posición negociadora en que se encuentra el banco de cara a un posible acuerdo para su venta. El objetivo de Saracho de obtener unos 4.000 millones de euros por el negocio de la entidad, es visto cada vez más como una panacea y analistas que hace tan sólo unos meses daban por buena la posibilidad de una oferta con prima sobre la cotización del banco hoy se muestran mucho más escépticos.

Así, por ejemplo, Alantra consideraba a principios del pasado marzo que Popular podría resultar interesante a sus competidores a precios hasta un 25% superiores a los que cotizaba, lo que implicaba valoraciones de en torno a 1,1 euros por acción (unos 4.600 millones por el banco). Hoy, la firma vislumbra un rango de precios posibles que en su zona alta alcanza el nivel de un euro (4.200 millones por el 100%), pero que en la baja se sitúa incluso por debajo de su cotización actual.

En la misma línea, los analistas de Fidentiis vienen señalando desde hace semanas que Popular sólo tendrá éxito en su venta si el precio de la transacción se sitúa a niveles inferiores a los que viene cotizando hoy en día.